12 kilos menos en 40 años: la estricta dieta que ha seguido el Goya en la historia de los premios
2026-02-27 - 06:03
Pueden decirse muchas cosas en favor de Miguel Rellán. Destacarse innumerables virtudes de este actor que fue fantasma parlanchín en El bosque animado, hombre de confianza del detective Areta en El crack y que hasta se desdoblaba por accidente en el pueblo de Amanece que no es poco. Sin embargo, la fortaleza física no es, a priori, una de sus mejores facultades. Por eso, esperamos que alguien lo hubiese advertido que el premio que acababa de ganar en 1987 pesaba 15 kilos. Se llamaba Goya y, como el presidente González-Sinde había anunciado, había venido para quedarse. Miguel Rellán, al alzarse como mejor secundario por Tata mía (uno de los pocos premios de aquella gala que no fue a parar a El viaje a ninguna parte), se convirtió en el primer propietario de un Goya. Desde entonces, han pasado casi 40 años. ¿Cómo ha cambiado el premio Goya? El primer Goya era, a un primer vistazo, diferente al actual: ensamblaba el busto del pintor con una cámara cinematográfica, y era obra del escultor Miguel Ortiz Berrocal. Les llevó tres ceremonias darse cuenta de que había un problema, aunque este podía haberse detectado en la primera, cuando Fernando Fernán Gómez (que tampoco es Mario Casas) se vio con tres premios Goya de una sentada. Es decir, con 45 kilos con los que acarrear un par de horas. En 1990, se presentó el nuevo Goya, en esta ocasión diseñado por José Luis Fernández, que pesaba 12 kilos menos. Es decir, los tres actuales y que permiten estampas como las que hemos visto hasta la saciedad, en la que un ganador especialmente afortunado ofrece a los fotógrafos una montaña de premios Goya. José Luis Fernández se vio diseñando otro Goya unos años después, cuando el por entonces presidente de la Academia José Luis Borau propuso cambiar, de nuevo, la imagen de la escultura. Se presentaron varios proyectos, entre ellos uno del propio Fernández, pero se decidió que las cosas que funcionan es mejor no tocarlas y, desde entonces, el Goya no ha cambiado de peso. Algunos podrán preguntarse cómo se ha adelgazado tanto sin variar, a priori, la estampa. La respuesta es sencilla: el busto, reproducción del original de Mariano Benlliure de 1902, es de escayola y se encuentra vaciado por dentro. Para que el efecto sea más convincente, se revisten con unos retoques de bronce, desde 2023, reciclado, para que sean más sostenibles, y una pátina de agua de mar mineralizada, en lugar de los antiguos ácidos, que le impedían al Goya ser todo lo ecologista que querría.