1996, el año que la democracia madurez
2026-02-28 - 18:43
Este 2026 se cumplen treinta años de la llegada al Gobierno de José María Aznar . Tres décadas después, cuando la alternancia vuelve a ser objeto de discusión –explícita o implícita– conviene recordar por qué 1996 marcó un antes y un después en nuestra vida política. Desde la aprobación de la Constitución hasta 1996, España vivió una Transición ejemplar, con avances indiscutibles y el Estado democrático consolidado, pero tras más de trece años de gobiernos socialistas, una parte relevante de la opinión pública había asumido –a veces sin formularlo– que el centro-derecha estaba condenado a una oposición permanente, tolerada, pero no del todo legítima, mientras que la izquierda gobernante aparecía como gestora natural del Estado. Un nuevo gobierno de centro-derecha demostró que reformar no equivalía a romper. Las transformaciones económicas, sociales y de proyección internacional que acompañaron la recuperación de la Monarquía y el restablecimiento de la democracia se profundizaron con un nuevo impulso, situando a España en una posición inédita desde el inicio del régimen constitucional. A diferencia de lo que ocurre en otros países, donde la apelación a la tradición política y a las grandes figuras del pasado forma parte natural del lenguaje público, la política española es parca en citas históricas, más inclinada a la consigna inmediata que a la evocación intelectual de una genealogía. Aznar, sin embargo, recurrió con frecuencia a Cánovas, no como adorno erudito ni como nostalgia conservadora, sino como referencia sustantiva: la idea de que gobernar consiste en dar continuidad a la historia de España, no en interrumpirla ni en refundarla cada legislatura. Aquella evocación canovista se tradujo en hechos desde el primer momento. No hubo revisionismo sistemático ni revancha histórica, sino alternancia sin ruptura, reformas profundas sin demolición de los consensos de la Transición, en una voluntad explícita de continuidad histórica. Con aquel cambio, España dejaba atrás, al menos eso pareció durante un tiempo, la lógica de los bloques heredados del pasado. Conviene recordar, treinta años después, la negativa a desclasificar los papeles que podían comprometer al anterior presidente del Gobierno, el primero socialista que gobernaba en España con la Monarquía, en coherencia con una actitud de respeto institucional y personal, ausencia de toda depuración ideológica en la Administración, y continuidad de las políticas de Estado. La lectura de Unamuno también ayudó al joven Aznar a extraer lecciones de una tradición intelectual exigente. Aquella advertencia del vasco en los años veinte, «sobra codicia y falta ambición», fue tomada como un estímulo político: España necesitaba menos acomodo y más proyecto, menos resignación y más horizonte. Su acción de gobierno partió de una confianza profunda en las posibilidades de los españoles, en su capacidad para asumir esfuerzos, competir sin complejos y aspirar a metas altas, siempre que se les ofrezca un rumbo claro y reglas estables. Pero la importancia de aquel momento no se explica sólo por su significado político e institucional, por importante que sea, sino también por los resultados concretos, lo que permite salir del terreno de las intenciones o de los relatos y situar el balance en hechos verificables. En muy poco tiempo, una economía frágil y sometida a continuas tensiones presupuestarias, dio paso a un país capaz de cumplir los criterios de convergencia e ingresar en el euro; las infraestructuras cambiaron como nunca antes lo habían hecho; la atención a la cultura en el interior y su proyección exterior fue una constante; se logró una inserción internacional sin complejos; y se fortaleció el Estado de derecho y la profesionalización de la Administración, manteniendo los grandes consensos de la Transición. Gobernar implicaba reformar, pero también preservar los equilibrios constitucionales, porque la legitimidad democrática se erosiona cuando se confunde mayoría con hegemonía. El camino hacia 1996 había comenzado años antes. Desde su incorporación a la vida política nacional, sobre todo a partir de la presidencia de la Junta de Castilla y León y, de manera decisiva, desde que pasó a dirigir el PP en 1990, Aznar tuvo claro que el centro-derecha español sólo sería alternativa real si ampliaba su base electoral y se convertía en un partido homologable a los europeos del centro y la derecha. Se trataba de unir todo lo que está a la derecha de la izquierda, con un rumbo que se marcó en el congreso refundacional de Sevilla: 'Centrados en la libertad'. Ese esfuerzo de ampliación y normalización permitió superar viejas etiquetas, desterrar complejos y ofrecer a los españoles un proyecto reconocible, reformista y plenamente democrático. La alternancia de 1996 fue posible porque antes hubo un trabajo paciente de construcción política, intelectual y organizativa, orientado no sólo a ganar una elección concreta, sino a merecer el Gobierno. Aznar no llegó al poder como un líder carismático en el sentido clásico ni como un tribuno arrebatador. Lo hizo como un dirigente con una idea clara del Estado, del papel del Gobierno y de los límites del poder. Su investidura, sobria y programática, fue ya una declaración de principios. Gobernar no consistía en ocupar el espacio del adversario, sino en ejercer una responsabilidad de forma distinta. La primera legislatura tuvo, además, un valor pedagógico de largo alcance. Nacida de una mayoría exigua y del diálogo parlamentario, demostró que el cambio político no conduce necesariamente a la inestabilidad, que la alternancia no implica parálisis y que la moderación puede ser una forma eficaz de firmeza. España comprobó que era posible cambiar de Gobierno sin cambiar de régimen, sin sobresaltos institucionales ni fracturas sociales inducidas. Desde 1996, la democracia española dejó atrás la tentación hegemónica y entró en una etapa de competencia política, en la que para ganar hay que convencer y para gobernar hay que rendir cuentas. Fueron ocho años en que se respetaron los consensos básicos, las reglas del juego y no se recurrió a la polarización como instrumento de poder. España cambió mucho, pero con plena continuidad constitucional y la convicción de que sólo perduran las reformas que se integran en un marco compartido. Treinta años después, recordar aquel momento no es nostalgia, sino un acto de responsabilidad cívica: la alternancia es una exigencia permanente de toda democracia y sólo se mantiene viva con proyectos capaces de ofrecer a los ciudadanos una alternativa creíble de gobierno, con liderazgo reconocible, ideas claras, equipos capaces y respeto escrupuloso por las reglas del juego. Eso fue lo que ocurrió en 1996, cuando el PP de José María Aznar no sólo aspiró a gobernar, sino que demostró estar preparado para hacerlo, algo que los españoles supieron percibir y respaldar, convirtiendo aquella victoria en un punto de referencia imprescindible para entender, tres décadas después, la plena madurez de la democracia española.