2003
2026-03-05 - 04:23
El verano de 2002 fue, en muchos aspectos, el último verano del siglo XX, irresponsable y convencional. Sonaba Aserejé en las terrazas (en todas partes, en realidad), calculábamos aún que el café costaba cien pesetas si nos pedían sesenta céntimos. Las Torres Gemelas se veían como una herida reciente pero ya lejana, televisiva, casi irreal. Y, sin embargo, el mundo giraba hacia otra época: avanzábamos lenta pero inexorablemente hacia la guerra de Irak y en febrero de 2003 millones de personas salieron a la calle, primero en Cataluña, luego en toda España para decir no a un conflicto que intuíamos largo, turbio y con consecuencias imprevisibles. Hoy, más de 20 años después, escucho de nuevo "No a la guerra"; la diferencia es que, sin ingenuidad, nadie puede alegar sorpresa. En 2003 aún creíamos que la historia avanzaba hacia alguna forma de estabilidad liberal y que los gritos en la calle servían para algo. La Unión Europea se ampliaba, el euro prometía prosperidad, internet era una promesa más que una amenaza. El terrorismo del 11-S había sacudido las certezas, pero no había desmantelado del todo la fe en un orden internacional reconocible. La guerra de Irak, con su retórica de armas de destrucción masiva, fue el primer gran golpe a esa confianza. Descubrimos que la verdad podía moldearse políticamente y que la legalidad internacional era más frágil de lo que imaginábamos. Si algo hemos aprendido desde 2003 es que la pasividad tiene costes y que las mentiras estratégicas acaban pasando factura. Hoy no discutimos si hay armas ocultas, sino si el conflicto será regional o global, si afectará al petróleo, a la energía, a las migraciones, a nuestra seguridad digital. Dónde quedó el euro: vivimos con la inflación, con crisis encadenadas, con la certeza de que cualquier chispa —en Teherán, en Washington, en el estrecho de Ormuz— altera nuestra vida cotidiana. En 2003 la guerra era una tragedia; ahora es una variable estructural, una indignación que se fragmenta en burbujas digitales.