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¿A dónde vas, humanidad?

2026-03-12 - 18:33

La vertiginosa aceleración tecnológica y los hitos de la ciencia contemporánea despiertan un asombro justificado ante las capacidades de la humanidad. Sin embargo, esa admiración convive con un sentimiento de incertidumbre no menos profundo. La fragilidad a la que estamos expuestos se hizo patente durante la pandemia, en la crisis ecológico-ambiental o ante los conflictos bélicos que presenciamos. Somos testigos de un desarrollo que exige un discernimiento ético y espiritual urgente para dilucidar en qué medida nos hallamos ante un progreso verdadero o frente a un retroceso imparable. A mediados del siglo XX, Martin Heidegger formuló una paradoja que hoy cobra una vigencia casi profética: «Ninguna época ha sabido tanto y tan diversas cosas del hombre como la actual; pero tampoco ninguna época ha sabido menos qué es el hombre que la actual». El filósofo alemán no se limitaba a constatar un inconveniente, sino que veía en esta paradoja una oportunidad para pensar lo humano en todas sus dimensiones. A la misma tarea somos convocados en este primer tercio del siglo XXI. El desarrollo tecnocientífico ha dado alas a propuestas de «humanidad aumentada» que no se detienen ante la frontera de lo biológico o lo social. Tendencias culturales y filosóficas como el transhumanismo y el poshumanismo dominan ya el imaginario colectivo global. Los transhumanistas consideran que el hombre puede emplear la tecnología para superar por completo sus límites físicos, especialmente el envejecimiento y la propia muerte. Es una visión antropocéntrica unilateral y, en cierto modo, ingenuamente optimista, que bordea la presunción. Por su parte, el poshumanismo es más sombrío: critica el humanismo tradicional hasta rechazar la existencia de una forma humana que merezca ser custodiada en cuanto tal. Al enfatizar la cibernética y desdibujar la frontera entre lo humano y la máquina, el poshumanismo se muestra pesimista sobre nuestra condición concreta. Estas corrientes reflejan de algún modo una aspiración inconfundiblemente «humana»: el deseo de ir más allá, de alcanzar una plenitud intuida pero no poseída. Solo los humanos somos conscientes de nuestra finitud y, por ello, somos los únicos capaces de confrontarla con lo infinito, por muy distintas respuestas que se ofrezcan a esta tensión insoslayable, como bien sabía Kierkegaard . Pero ambas obligan a preguntarse si este afán por alcanzar algo «sobrehumano» no desembocará, más bien, en lo «inhumano». El asunto no reside en el anhelo de superación, que todos compartimos, sino en la pretensión de llevar a cabo el imperativo nietzscheano: «Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado». Sin duda, hoy disponemos de recursos que modifican la comprensión de nosotros mismos. A diferencia de otros saltos tecnocientíficos, ya no se trata de meros instrumentos supuestamente neutrales que se pueden usar bien o mal. La convergencia NBIC constituye un «entorno de vida» que moldea y altera nuestras relaciones fundamentales: con la naturaleza, creando la ilusión de que dejaremos de depender de las leyes físicas y biológicas; con los demás, sustituyendo el calor de la comunidad viva por una conexión global, fría e impersonal; con uno mismo, reduciendo la identidad humana a un conjunto de datos optimizables; con Dios, eclipsando el misterio humano y divino bajo el deslumbramiento de la auto fundamentación tecnológica. A medida que delegamos el conocimiento en la IA , se debilita el saber crítico y es frecuente excluir del canon del conocimiento todo aquello que el algoritmo no pueda procesar a gran velocidad, como los porqués filosóficos o religiosos. También están a la vista las oportunidades. La teología contemporánea invita a acompañar el desarrollo desde un humanismo que lo convierta en verdadero progreso. Entre otros, un paso decisivo es recuperar la memoria (anamnesis) de la vida personal y social, que desciende hasta esa irreductible y misteriosa profundidad de la conciencia en la que se distiende el tiempo: pasado, presente y futuro, frente al instante efímero y omniabarcante de la red, sin raíces ni futuro. En la Urban Age, donde media humanidad vive en megalópolis hiperconectadas, propone además cuidar las tradiciones vivas de las familias y los pueblos para que no sean sustituidas por una conexión anónima en la infosfera global. La Comisión Teológica Internacional en su reciente documento 'Quo vadis humanitas?' reivindica la apertura típicamente humana hacia el infinito a través del diálogo con los otros, y con el Otro, es decir, con Dios. Dante acertó a describir el proceso cuando reconoció un «transhumanar» inefable, prometido en el cielo a los que crecen aquí en la experiencia de la gracia. Mientras vivimos, se anticipa esa promesa en el intercambio de «llamada y respuesta» entre Dios y el hombre, en el que la existencia aparece como un don recibido y una tarea que nos vuelve protagonistas de la aventura intransferible que es cada vida personal y comunitaria. Desde esta perspectiva, la CTI llama a colaborar con los representantes de los saberes, de las ciencias y las artes, en un esfuerzo común para plasmar una humanidad integral. Hace unas semanas, en un foro con líderes del sector informático a nivel mundial en el que tuve el honor de participar, uno de los expertos de la revolución digital nos lanzó una pregunta estimulante a los teólogos: «¿Cómo pueden ustedes comunicar lo que están diciéndonos aquí y ayudar a los ejecutivos de las grandes tecnológicas a descubrir esta riqueza de la experiencia humana?». No rechazó la propuesta cristiana; se preguntó cómo hacerla llegar a los centros de poder tecnológico y económico. A sesenta años de la clausura del Concilio Vaticano II, la teología propone este trabajo interdisciplinar para el bien común. El mundo no necesita precisamente un salto cualitativo hacia lo poshumano, sino un desarrollo integral y solidario, de todo el ser humano y para todos los seres humanos. Solo así podremos vivir según esa «estatura infinita» que sostiene y alienta nuestra preciosa finitud. Dante, de nuevo, nos indica el camino, como hizo Ulises con sus compañeros: «Pensad en vuestra naturaleza. No fuisteis hechos para vivir como los brutos, sino para alcanzar virtud y conocimiento».

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