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Aún quedan jueces en Washington

2026-03-03 - 10:13

Es conocido en el mundo del Derecho el caso del “molinero prusiano”. Los hechos descansan en la orden de Federico II el Grande, Rey de Prusia, de expropiación para su demolición de un viejo molino que afeaba las vistas de su Palacio Sans Souci en Potsdam. Resumidamente: el molinero afectado no aceptó la generosa oferta de adquisición real y recurrió a la Justicia en defensa de sus derechos esgrimiendo una orden judicial que prohibía a la Corona expropiar y demoler un molino solo por capricho personal. El juez condenó al monarca a pagar daños y perjuicios y a reedificar el molino. Cuando todos creían que el Rey se negaría a cumplir la sentencia, el rey exclamó satisfecho: “Veo con alborozo que “aún hay jueces en Berlín” (“Es gibt enoch Richter in Berlin”). El caso del molinero, realidad o leyenda, y la frase “todavía quedan Jueces en Berlin”, suele invocarse como manifestación del sometimiento del gobernante al Derecho con independencia de su rango y poder. El imperio de la ley -diríamos- frente al despotismo del mandarín de turno. Cada época histórica tiene sus características. La actual, ya entrado en el primer cuarto del siglo XXI, quiere parecerse a los inicios del S.XX por sus titubeos democráticos, producidos en parte y sólo en parte por la nueva sociedad tecnológica, el gran talismán que deslumbra. El estadounidense Curtis Yarvin, ha querido teorizar sobre lo que denomina la ilustración oscura, que pretende convertir el Estado en una start-up y poner fin al fallido experimento de la democracia liberal de los dos últimos siglos. El fin -espántense- es instaurar una nueva monarquía. Una suerte de nuevo cesarismo-bonapartista, aderezado con terminología tecno-empresarial en la que el Rey-Sol de nuestra época llámese Trump o Xi Jinping, pretende convertirse en el CEO del pueblo, sin intermediación alguna. La reciente sentencia del viernes día 18 de Febrero del Tribunal Supremo americano, la envidiada Supreme Court, ha embridado el poder despótico de Trump de poner aranceles en tiempo y cuantía ilimitadas, con el argumento tan elemental como contundente de que la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional de 1977 (IEEPA) no le autoriza a establecer su política arancelaria de manera punitiva para el comercio con los demás Estados del orbe. Seguramente como ha hecho ya, Trump pretenderá recular y ganar tiempo utilizando otros agujeros legales del sistema jurídico (legal hole) americano para mantener los aranceles por más de 150 días, como el nuevo arancel global del 15% para todos los países del mundo. Pero su política está herida de muerte, pese a la incertidumbre que ha sembrado y siembra en los mercados mundiales. Y ello ha sido posible porque los nueve jueces que integran el Tribunal Supremo con su presidente a la cabeza (John Roberts nombrado por Bush hijo en 2005), le han parado los pies, pudiendo repetirse el dicho prusiano, todavía quedan jueces, ahora, en Washington. Es cierto que como no cabría esperar otra cosa del magnate estrafalario, les ha insultado con toda clase de improperios, incluido el de ser antipatriotas. Pero tendrá que acatar la sentencia. Los analistas norteamericanos ya habían anunciado a raíz de diversas impugnaciones ante los Tribunales inferiores, que Trump se excedía de sus atribuciones y que debía pedir autorización al Congreso americano en casos como éste. Sin embargo a raíz de la actual composición de la Supreme Court, donde Trump nombró a dos Magistrados (Neil Gorsuch y Amy Coney Barrett) se pensó que el TS fallaría a favor de Trump. Pero pese a que la decisión final ha sido de 6 a 3 (con el voto discrepante de B. Kavanaugh junto con T. Clarence y S.Alito), la alianza entre los llamados liberales y los nuevos conservadores han podido encontrar el punto de acuerdo mediante el diálogo judicial que ha fijado los límites del poder en un sistema democrático, donde el cumplimiento de la Constitución y la ley es el primer test en una democracia frente al que pretende ser el nuevo CEO del mundo, mediante su despótico modo de gobernar; lo que podríamos calificar como el nuevo show-business autoritario. A la vista del esfuerzo de los integrantes del TS americano nos podríamos preguntar si nuestros magistrados del TC, divididos como dos grupos parlamentarios disciplinados e irreconciliables, no podrían salvar algunas de sus diferencias invocando el diálogo, lo que quizás en España en el momento presente es un desideratum imposible . En EE.UU ese papel lo ha cumplido, de momento, la Supreme Court, y habrá que ver si en el futuro un Congreso más equilibrado logra restaurar, aunque sea solo en parte el check and balances, que Trump ha deteriorado. Lord Acton nos adviritió hace más de un Siglo (1887), que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. El tiempo pasa y el mundo parece incurrir en los mismos errores, aunque aun quedan Jueces en Berlín o en Washington

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