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Año Nuevo chino del caballo: una historia compartida de poder, afecto y cultura

2026-02-17 - 07:45

Cada vez que China entra en un nuevo año lunar dedicado al caballo, la imagen reaparece con fuerza en esculturas, ilustraciones, sellos conmemorativos, con referencias a la resiliencia, la energía o la nobleza del animal. Pero más allá del folklore y del calendario, el caballo ha sido una pieza estructural en la historia china durante milenios, mucho antes de convertirse en icono simbólico. No como animal abstracto, sino como una extensión en forma de montura, fuerza de trabajo, recurso estratégico y, también, compañero. Hablar de caballos en China no es hablar solo de guerra o transporte, ni siquiera únicamente de tradición. Es hablar de cómo una civilización inmensa, diversa y cambiante ha organizado su territorio, su economía y su poder en diálogo constante con un animal que nunca fue del todo salvaje ni completamente doméstico. Un animal situado, históricamente, en una frontera ambigua entre herramienta y vínculo. El caballo como 'problema' estratégico Durante siglos, el control de los caballos fue una cuestión política de primer orden en China. No disponer de suficientes animales fuertes y resistentes significaba quedar en desventaja frente a pueblos nómadas expertos en la guerra a caballo. De hecho, buena parte de las relaciones diplomáticas, los intercambios comerciales y las tensiones militares del norte del imperio estuvieron condicionados por esta dependencia. Uno de los ejemplos más conocidos es la importación de los extintos caballos de Ferganá, considerados especialmente valiosos por su resistencia y su capacidad para largas campañas. Estos animales, durante mil años, fueron una necesidad para asegurar rutas comerciales tan importantes como la Ruta de la Seda y para sostener un ejército capaz de responder con rapidez. Esta centralidad explica también por qué China fue uno de los primeros territorios en desarrollar un sistema organizado de postas o casas de postas, una red de relevo que permitía transmitir información y desplazarse con una rapidez inédita para la época. Este sistema, esencial para la administración de un imperio tan extenso, sería más tarde adoptado y perfeccionado por los mongoles durante sus expansiones. Sin caballos, sencillamente, ese modelo de control territorial habría sido inviable. Una diversidad equina poco conocida Hablar de “el caballo chino” como si se tratara de una sola raza es una simplificación excesiva. China alberga más de treinta tipos y razas equinas distintas, fruto de una historia compleja de migraciones, cruces, aislamiento geográfico y adaptaciones locales. No existe, en sentido estricto, un “pony chino” único, aunque durante años esa etiqueta se haya repetido en distintas fuentes. Los especialistas suelen agrupar estas poblaciones en el caballo de tipo mongol, los ponis del suroeste, el Hequ, el pony tibetano y el caballo kazajo, entre otros. Muchas de estas poblaciones están adaptadas a entornos extremos, desde las altas mesetas del Tíbet hasta las estepas de Mongolia interior. No son animales grandes, pero sí resistentes, sobrios y capaces de sobrevivir con recursos limitados. Sin embargo, la distribución de estos caballos no es homogénea y se concentran principalmente en el norte y el oeste del país, mientras que en el sureste, donde vive gran parte de la población urbana, el caballo ha desaparecido casi por completo del paisaje cotidiano. Una ausencia física que contrasta con su persistencia simbólica en el arte, la literatura y la memoria cultural. El enterramiento ritual de caballos Las excavaciones arqueológicas confirman hasta qué punto el caballo estuvo integrado en la vida —y la muerte— de las sociedades chinas antiguas. En una tumba de más de 2.000 años descubierta en Xinjiang se hallaron los restos de dos caballos, uno de ellos con una capa palomino. No se trataba de restos enterrados al azar, sino de animales enterrados como parte del ajuar funerario, una señal de estatus, vínculo o ambas cosas. Este tipo de hallazgos refuerza la idea de que el caballo no era solo un recurso intercambiable, sino que en determinados contextos, era un individuo con valor propio, digno de acompañar a su humano en el tránsito final. Una relación que, aunque no se conceptualizara en términos modernos de afecto, iba más allá de lo puramente funcional. Del trabajo al ocio A finales del siglo XX, China llegó a tener la mayor población equina del mundo, con alrededor de 11 millones de caballos en 1985. Sin embargo, la mecanización, la urbanización acelerada y los cambios en el modelo económico redujeron drásticamente su presencia en las décadas siguientes. Desde los años 2000, el caballo ha regresado a China por una vía distinta, la del ocio, el deporte y el estatus social. La equitación moderna, el polo y las carreras han experimentado un crecimiento notable, impulsado por sectores económicamente privilegiados. La proliferación de clubes ecuestres (más de 500 en apenas una década) y la celebración de eventos internacionales, como los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, marcaron un punto de inflexión. Este renacimiento tiene una particularidad, y muchos de los caballos utilizados en la actualidad son importados. Las razas locales, generalmente más pequeñas, no encajan en los estándares del deporte ecuestre internacional, lo que ha llevado a la llegada de caballos franceses, argentinos o europeos en general. El caballo vuelve a ocupar un lugar central, pero en un marco profundamente desigual y elitista. Un vínculo intenso y emocional Aunque históricamente el caballo haya sido clasificado como animal de trabajo, algunas investigaciones recientes muestran que el vínculo emocional que establecen muchas personas con sus caballos no es muy distinto del que se tiene con otros animales considerados de compañía. Un estudio publicado en 2025 en la revista Anthrozoös, desarrollado por investigadoras de las universidades de Turku y Helsinki, ha validado por primera vez una herramienta específica para medir el apego humano hacia los caballos, el Horse Attachment Questionnaire. Basado en modelos utilizados previamente con perros y gatos, este cuestionario permite evaluar cómo las personas se relacionan emocionalmente con sus caballos a través de dos ejes clásicos del apego como son la ansiedad y la evitación. Los resultados, obtenidos a partir de más de 2.200 titulares de caballos en 21 países, confirman que los caballos pueden funcionar como figuras de apego significativas. No como sustitutos, sino como relaciones en sí mismas, capaces de generar seguridad, dependencia emocional o distancia afectiva, según el perfil de cada persona. Aunque el estudio no se centra en China, sus conclusiones ayudan a reinterpretar la relación histórica con los caballos bajo una luz menos utilitarista. Allí donde hubo convivencia prolongada, cuidado cotidiano y dependencia mutua, también pudo haber vínculo. Referencia: Psychometric Validation of the Adapted Pet Attachment Questionnaire in Measuring Human–Horse Attachment. Aada Stahl et al. Anthrozoös (2025)

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