A vueltas con el no a la guerra
2026-03-06 - 05:23
Soy militar, y no político. Quizá por eso no entiendo la guerra como una mera continuación de la política por otros medios, sino como un último recurso para enfrentarse al mal. Así lo vio, por poner un ejemplo histórico, Abraham Lincoln, uno de los más insignes predecesores de Donald Trump. Él nunca tuvo dudas de que ese era el precio de la abolición de la esclavitud. Si yo hubiera sido político —un congresista norteamericano, por ejemplo— y tuviera que votar la autorización para la guerra antes del comienzo de los bombardeos —ahora la cosa no tiene vuelta atrás y Washington está moralmente obligado a buscar una salida que garantice la seguridad de los iraníes— habría votado que no. Pero no lo habría hecho bajo la pancarta del 'no a la guerra'. En todo caso, me habría pronunciado contra 'esta guerra'. No hace falta remontarse mucho para recordar que todos los demócratas europeos le pidieron a Washington un 'sí a la guerra' en 1939 que, decidido a tiempo, habría ahorrado al mundo muchos sufrimientos. En la piel de ese imaginario congresista norteamericano, tampoco me habría opuesto a la guerra por respeto a la legalidad internacional. Ese me parece un debate profundamente equivocado. La piedra angular de esa legalidad que algunos defienden a ultranza —olvidando que también la legalidad prohibía en su día el voto femenino y otras muchas cosas que hoy nos avergonzarían— es la Carta de las Naciones Unidas. Sin embargo, su articulado no permite condenar esta guerra —ni la de Ucrania, ni lo que ocurre en el mar de China Meridional, ni las recientes masacres en el propio Irán— porque el único que puede hacerlo, el Consejo de Seguridad de la ONU, está sujeto al veto de algunas de las personas menos recomendables de nuestro tiempo: Putin, Trump y Xi Jinping. ¿Es esa la legalidad que queremos defender? El Consejo de Seguridad de la ONU está sujeto al veto de algunas de las personas menos recomendables de nuestro tiempo: Putin, Trump y Xi Jinping" Ni siquiera habría rechazado la guerra por falta de motivos. Esta no es la guerra de Irak. Irán sí tiene un programa nuclear. No lo denuncia la CIA, sino los observadores de la ONU. Cualquiera que se ponga en la piel de los norteamericanos entenderá que no se sientan muy felices de saber que quien saca a sus acólitos a la calle para gritar "muerte a los EEUU" tiene la capacidad de matarnos. Quizá esa sea una de las razones —la otra es la represión de las manifestaciones de principios de año— por las que la imagen de muchos millones de ciudadanos clamando en las capitales europeas por el no a la guerra en 2003 se haya visto sustituida por la del presidente Sánchez, repitiendo la misma consigna, pero en la soledad de su pedestal. Entonces, ¿por qué me opondría a la guerra de Irán? Porque el presidente Trump todavía no ha explicado cuáles son sus objetivos y, por desgracia, los que de verdad importan no sé si son posibles. La guerra, considerada como último recurso, solo debe usarse si es un mal menor. No estoy convencido de que lo que salga de la derrota militar de Irán, que será aplastante, vaya a contribuir a que ni el mundo ni el propio Irán sean más seguros o más justos. Si no fuera trágico, escuchar a Donald Trump asegurando que tenían tres candidatos con los que se podría tratar para reemplazar a Jamenei, pero que los han matado también, me recordaría a Groucho Marx en Sopa de Ganso. Y esa es una comparación poco tranquilizadora. Con todo, yo no soy un congresista norteamericano, sino un jubilado español. Desde la invasión de Ucrania, ya no me considero protegido por la legalidad internacional. No acepto la necesidad de elegir entre la Carta de la ONU o la ley del más fuerte. Lo que tenemos ya es la ley del más fuerte... con el agravante de que se reconoce a los matones el derecho a autoabsolverse. Lo que necesitamos es otra cosa. Necesitamos un nuevo orden en el que Europa, una Europa unida, tenga algo que decir y, además, la fuerza necesaria para que se oiga nuestra voz. Y, la verdad, como el camino es largo, me gustaría mucho ver a nuestro Gobierno remando con los demás líderes de nuestro continente en la misma dirección.