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Ahora, también con Shakira: la odisea de comprar entradas para tus artistas favoritos llega al 'Las Mujeres No Lloran Tour'

2026-03-28 - 07:40

Pasó en 2025 cuando Bad Bunny anunció su residencia en España y pasó de nuevo cuando Rosalía sacó las entradas para el tour de su flamante Lux; sucedió en Inglaterra con los tickets para el reencuentro de los hermanos de Oasis y ha vuelto a ocurrir estos días tras saberse que Shakira elegiría Madrid como la sede europea de su Las Mujeres Ya No Lloran World Tour: nadie es capaz de comprar entradas, nadie sabe exactamente qué debe hacer para conseguir entrar en la preventa, nadie, en resumen, puede permitirse ya el precio de muchos shows. Comprar localidades para ver a tu artista favorito, si es que tu artista favorito da la talla suficiente para convertir sus shows en un acontecimiento mediático y de masas, se ha convertido en una odisea digital de colas eternas en webs colapsadas, preventas exclusivas con condiciones imposibles y precios de acceso al ticket más barato que convierten la fiesta de la música en directo en una auténtica experiencia de lujo a la que solo pueden acceder los de fajo más ancho o quienes estén dispuestos a hacer un verdadero sacrificio monetario. La industria de la música se ha transmutado en la industria del directo; lo que ahora llena la cartera de fondos y grandes empresas no son las ventas de discos ni las reproducciones en Spotify y ni siquiera los derechos vendidos para películas y series, sino los shows en vivo: según los datos del Anuario de la Asociación de Promotores Musicales y la SGAE, en el año 2024, el último con datos firmes, la industria de la música en directo generó en España 725 millones de euros; una cifra nada desdeñable que bate con margen los 450 millones de euros que generó la rama discográfica del negocio musical y los estimados 477 millones recaudados por el sector editorial – la rama encargada de gestionar los derechos de autor –. El directo es el negocio más rentable y de mayor crecimiento de la industria musical, y la tendencia es clara; obviando la caída de ingresos del bienio trágico del covid, la facturación bate récord año tras año: en 2019, año prepandémico, se facturaron 382 millones de euros, lo que significa que la cifra se ha casi doblado para 2024. Un momento goloso para la industria que quizá no lo es tanto para los fans, quienes cada vez sufren más para ver a sus artistas favoritos: al caer la facturación en áreas como la ventas de discos o la cada vez más fragmentada industria del streaming, los grandes actores del negocio se esfuerzan en conseguir las rentabilidades pasadas con la venta de entradas, aumentando el margen de beneficio de los conciertos – lo que conlleva un precio cada vez más alto de los tickets – y convirtiendo los espectáculos en experiencias de lujo, exclusivas y casi místicas que justifiquen tanto los precios del boleto como los propios gastos logísticos a los que se enfrentan las promotoras. Por ejemplo, cualquier fan de la industria musical habrá visto con estupor que a pocos minutos de salir a la venta las localidades para un concierto ya se anuncia su sold-out, pese a luego saberse que habrá otras fechas después; o incluso se ha encontrado con conciertos que tienen el dichoso cartel de todo vendido y luego, si con suerte ha conseguido entrada, se ha topado con el recinto casi vacío o con parte de las gradas cubiertas con una tela negra para disimular que solo se han sacado a la venta una parte de las localidades. Puede parecer contraproducente, pero la estrategia de colgar el sold-out antes de tiempo sirve para generar fomo – siglas en inglés de “fear of missing out”, miedo a perderse algo – y lograr que el cliente compre con impulsividad los tickets. Una técnica que puede parecer no tener sentido pero que sirve para mantener al fan siempre pendiente de las novedades del artista, siempre alerta. Además, hay otra explicación tras el rápido cuelgue de los carteles de sold-out que tiene que ver con los cachés y el circuito de festivales en España: “No es lo mismo pasarle un caché hinchado a un festival teniendo a tus espaldas una gira con todo vendido que hacerlo con una gira normal”, explica Jorge Robles, promotor independiente en MOBZZ. Para el experto, tiene sentido que los grandes artistas y promotores se obsesionen con los sold-out, con las inacabables colas digitales, con esa sensación de exclusividad atravesada por el citado fomo que hace crecer el mito del artista para luego traducirlo en mejores condiciones con los festivales, mayores acuerdos, más promociones con las marcas. Es decir, más dinero: se usan los conciertos como un escaparate. Muchos fanáticos también se han encontrado con que la única posibilidad de acceder a una venta más ordenada antes de las desquiciantes colas generales de medio millón de personas – durante la venta de entradas para los conciertos de Bad Bunny en el Metropolitano, hubo colas de hasta seiscientas mil personas en la web de Ticketmaster – es mediante la contratación de productos financieros. Por ejemplo, en la gira Alpha de Aitana, se abrió una preventa exclusiva para clientes de un importante banco español, entidad que ofrece también este mismo servicio de preventa para los futuros conciertos de Shakira. “Es publicidad híbrida”, explica desde el otro lado del teléfono una persona con quince años de experiencia en el mundo del marketing musical. “Los bancos hacen promociones con los artistas, por ejemplo, sacando tarjetas de débito personalizadas, y luego premian a sus clientes con descuentos exclusivos para conciertos. Como campaña de marketing es efectivísima, más todavía ahora que los bancos tradicionales buscan clientes jóvenes porque ven competencia en los neobancos que tanto se anuncian en Youtube”. Es decir, del total de entradas que pueden salir para un concierto, la promotora suele bloquear una cierta cantidad que solo es accesible en la preventa exclusiva, lo que hace todavía más complicado conseguir un ticket. Si a todo este se le suma el precio dinámico, según la demanda en tiempo real, que algunas tiqueteras ya están tratando de implementar en Europa o los criticados por excesivos gastos de gestión de muchas webs – la OCU denunció a Ticketmaster por cobrar entradas para Bad Bunny, cuyo valor era de 80 euros, por 269 tras sumársele los gastos de gestión –, los conciertos se convierten en un cóctel perfecto de fomo, actividad tremendamente rentable y tablón promocional al que cada vez es más complicado acceder.

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