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Alba Flores, Jordi Évole y el espectáculo de la cotidianidad

2026-01-26 - 00:04

Madrid amanece en un domingo prenavideño. Como adelantándose a 2026, Jordi Évole espera a Alba Flores en la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo. Ella aparece con un premio que ha recogido solo unas horas antes, por la película documental Flores para Antonio. El Forqué. Con sus cinco "kilitos" de peso. Palabras mayores. “¿Has dormido algo?”, pregunta Jordi. Brota la culpa. La grabación de Lo de Évole ha podido impedir a Alba celebrar hasta el alba el trofeo. “Me he portado bien”, contesta, mientras su mirada contagia el optimismo de la curiosidad que abre mentes. Ajenas y propias. Juntos, de abajo a arriba, empiezan a caminar por El Rastro de Madrid. Aún los tenderos están montando sus puestos de quita y pon. Siempre distintos y siempre iguales, siempre repletos de vidas que albergan en el frío y refrigeran en el calor. “Os voy a mostrar el vaciado que está revolucionando la cocina creativa”. Un comerciante realiza una demostración de utensilios de cortar digna de Teatro Español. Imposible no pararse a contemplar la función. Imposible no comprar el pack de peladores a 20 euros. Imposible suprimir la escena del programa. Aunque, a priori, no posea ningún vínculo con el contenido de la emisión. O tal vez sí. Qué seríamos sin la seducción de la buena educación. En la siguiente parada, están apiladas viejas revistas. “Seguro que abres y sale mi familia en algún sitio”, pronostica Alba. No falla. Ahí está, su padre, recién nacido. Estrellita Castro le regaló un sonajero. Entonces, el quiosquero recuerda que hasta su madre salió en Interviú. La madre de Alba, no la del quiosquero. “Y mi abuela”, añade, Alba, a la vez que comparte cómo también ella misma fue fotografiada por los paparazzis de la revista que cosificaba a las mujeres: “Si aparece mi Interviú quémalo. Yo tenía 17 años y esperaron a que tuviera 18 para publicarlo. Fuimos a juicio y acabé ganando, porque pude demostrar que era menor de edad”. Un poquito más allá, los vinilos asoman. "¿Te molan?", clama Évole. Rápido, separa un acetato con Amor, amor de Lolita. Pise donde pise, Alba Flores se cruza con su familia, que no a su clan. “El lenguaje genera pensamientos”. Alba subraya a Évole el racismo que esconde que nos refiramos constantemente a las familias gitanas como clanes. No es poesía, pues no lo solemos utilizar con la familia de Rocío Dúrcal, María Teresa Campos o Las Pombo. Con ellas, no tiramos de un término que remite a los trapicheos de Los Soprano. La estigmatización se naturaliza en la manera en la que empleamos las palabras. En una televisión repleta de tertulias con ideas que suelen caducar inminentemente, Lo de Évole alcanza un retrato documental que traspasará el tiempo desde la congregación del rastro. Porque la cotidianidad es el gran espectáculo de la vida de todos. Nos acompaña. Nos sobrevive. Incluso nos enseña que uno es verdaderamente libre cuando se percata de que jamás será autosuficiente. ¿Cómo sentir mejor esa autenticidad de la convivencia? Paseando. Paseando mucho. Que los paseos son gratis. En la vida. Y en la tele. Ni siquiera hay que alquilar un plató. Es suficiente con un buen equipo de sonido, un buen equipo de cámaras, un buen enfoque en primer plano. Y que la complicidad se abra camino. Eso es más sencillo si sabes escuchar, admirar, festejar. Si sabes barriear, en definitiva. Évole escucha, admira, festeja... barriea. Alba, también. Así Lo de Alba emociona. Callejea hacia otros rincones, no se queda parapetado en el previsible cliché de los Flores clásico y rompe muros desde al superpoder de la cordialidad que siempre está. Aunque algunos quieren que no esté. Alba abraza a otro comerciante. "¿Os conocéis?", Évole, de nuevo, sorprendido. “Mi abuela vivía aquí encima y ellos tienen la tienda aquí de toda la vida”. La familia paterna y la familia materna, la familia carnal y la familia hallada, se van reuniendo en el rastro. “Su madre y mi hermana, íntimas amigas”, cuenta el dependiente que, de repente, suelta con entusiasmo: “Tu madre está por aquí, acabo de verla”. Y sí, en la tienda de al lado, con su amiga íntima, aparece Ana Villa. El programa ya tiene la imagen del achuchón entre madre e hija. Y las confesiones brotan antes de la hora del aperitivo, donde se une la prima: Elena Furiase. Que llega cargada de recuerdos y alguna nana de Lola Flores para no dormir. Ya lo sintetizaba Carmen Martín Gaite. “La vida es encontrar interlocutor”. Comienza la segunda parte del documental, donde Alba conoce a la directora Carla Simón, en casa, tras cocinar un cocido vegano. Allí Évole se ha puesto de pinche, cual Bertín Osborne en Mi casa es la tuya. Hay posiciones en taburete que atraviesan a los opuestos ideológicamente. Pero toca afeitar a una zanahoria y aparecen los peladores que compraron por la mañana. La trama se empieza a cerrar. El programa sabe que somos una suma de matices y cuida el arco narrativo desde los detalles. De principio a fin. Hasta el giro final. Cuando no quieres que se acabe la complicidad del paseo compartido y, en ese instante, adviertes que hay un coro cantando bajo la estatua de Federico García Lorca en la Plaza de Santa Ana. Te acercas y te suenan los primeros acordes de una canción. Es No dudaría, de Antonio Flores. Difícil no emocionase. Demasiada casualidad. O simplemente el triunfo de los guiños de la cordialidad. La transgresión de la amabilidad nunca será demasiada casualidad.

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