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Andrés de Inglaterra, el hijo mimado de Isabel II que se creyó impune y con licencia para infringir la ley y tapar polémicas

2026-02-21 - 07:13

Andrés Alberto Christian Eduardo Mountbatten-Windsor vino al mundo el 19 de febrero de 1960 en Londres, entre oropeles y sedas, refinados salones de té y monarcas que compartían reuniones y mantel con su madre, Isabel II. Paradójicamente, el peor día de su vida ha sido el de su 66 cumpleaños (19 de febrero de 2026), al ser detenido por un presunto delito de traspaso de información privilegiada al pederasta Epstein. Cuentan las crónicas que el tercer hijo de Isabel y Felipe de Edimburgo era el predilecto de la imperturbable reina. Carlos, el mayor, y Ana, la única mujer, se llevan con él 10 y 9 años. La llegada del menor, Eduardo, cinco años después, no modificó ese favoritismo por quien estaba llamado a ser considerado el miembro más atractivo y seductor de la familia real, con su sonrisa abierta y perfecta, su porte de marino, sus ojos grandes... Era un mirlo blanco en la corte de Su Graciosa Majestad. Andrés vivió su condición de hijo de reina con todas las ventajas posibles que le otorgaba una prensa embelesada entonces y la protección materna, lo que con el tiempo, ha hecho pensar de él que se creyó impune ante cualquier decisión que pudiera tomar y también para esquivar y tapar polémicas molestas. La prensa británica actual, que desde hace años está volcada en desnudar al personaje por sus conexiones probadas con el pedófilo Jefrrey Epstein, ha dicho de él que Andrés se ha sentido siempre fuera de toda norma, convencido de que sus acciones, aunque sean delictivas, inmorales, incomprensivas y estén lejos de toda racionalidad, le serían perdonadas. De ahí quizás su rostro pavoroso, con los ojos muy abiertos y deslumbrados por los flashes, cuando el mismo jueves en que fue detenido salió de la comisaría doce horas después en un coche, tumbado para no ser visto. Pero la pericia de un fotógrafo ha hecho que esa imagen de hombre mancillado pase a los anales de la historia, como prueba, de que nadie está por encima de la ley, ni siquiera él que parecía más un caballero medieval con derecho a pernada, que el ejemplar hijo y hermano de reyes. Algunos han comparado esa foto para la posteridad con los conejos que se cruzan en una carretera con un coche y antes de tomar la decisión de dejarse arrollar o salir en dirección contraria, miran al conductor con cara de pedir clemencia ante una muerte certera. Antes de ser degollados y llevados a la cazuela. La popularidad de Andrés, volviendo a la historia reciente, se vio notablemente aupada cuando en 1986 contrajo matrimonio con la simpática y alegre Sarah Ferguson, una aristócrata pelirroja que nada tenía que ver con la melancólica Diana, casada cinco años antes con el heredero y, como se vio luego, profundamente infeliz en esa unión. Aquella pareja colmó la dicha de los británicos que veía a su guapo príncipe casado con una mujer que traería vientos nuevos a la monarquía: espontánea, querida por su marido (no como su cuñada), carne de artículos jugosos, apreciada por la reina Isabel (lo que no podía decir todo el mundo...). Tan contento estaba Andrés con su esposa, que mandó colgar del carruaje real en la boda uno de sus ositos fetiche. Para que le diera suerte, quizás. Porque el expríncipe adora los peluches en forma de oso, que colecciona y almacena de manera ordenada y meticulosa. En total, ha trascendido que tiene más de 70 y que ocuparse de ellos es la tarea principal del servicio. Su divorcio de la tal vez exuberante Sarah para las exigencias de palacio (el oso en la carroza no le dio suerte) en 1996 no supuso la enemistad con ella, como le pasó a Diana con Carlos. Al contrario, se convirtieron en dos best friends o mejores amigos estupendos que se apoyaban y se seguían queriendo, ya sin los corsés del matrimonio. Ambos han vivido bajo el mismo, lujoso y barato techo juntos hasta ahora por razones diversas: su aprecio mutuo y la situación económica de ella, siempre por debajo de sus costosas posibilidades y con más números rojos de los que cuestan la vida real. De ahí, que la relación con Jeffrey Epstein a través de su exmarido haya sido tan rentable para ella. Mientras, al parecer, Andrés se convertía en socio necesario de las atrocidades del americano, ella se dejaba conquistar por la fortuna y atenciones de Epstein. Esto también se lo ha recordado la prensa ahora a la infortunada 'ex' que quiso ser princesa y se quedó en compañera de piso. Fue un 'trío' que funcionó durante años, y que incluso, contó con la presencia, aparentemente involuntaria de las hijas del matrimonio, Beatriz (un clon de su madre) y Eugenia (más parecida al padre), ambas primas hermanas muy queridas del heredero actual, Guillermo de Gales en los escenarios de esta extraña relación. Andrés de Inglaterra comenzó a perder el favor de su madre cuando esta le retiró privilegios y sobre todo, agenda. Aunque la sociedad británica nunca pensó que esto fuera suficiente, a medida que creía su implicación en el caso Epstein y con una fallida entrevista autoexculpatoria de por medio, reclamaba más hechos contundentes. Carlos asumió el trono en 2022 y amplió ese cordón contra su hermano, pero han tenido que pasar tres años para que incluso se preste a colaborar con la Justicia para poner a Andrés en su sitio (quitarle todos los títulos) y para respaldar su detención, un hecho jamás visto antes en la protocolaria monarquía inglesa. La corte británica ha tenido infieles, corruptos, y muertos antes de tiempo, como Diana de Gales, pero nunca un príncipe pederasta (si así lo determina la Justicia) entrando en una comisaría como un delincuente común. Andrés, que no ha prescindido de los placeres de la vida real como montar a caballo, es posible que de momento se recluya en su vivienda prestada mientras las leyes continúan su trabajo y las puertas de su familia se van cerrando con él fuera. Sarah, su único apoyo, está en paradero desconocido, y sus hijas no le hablan. Por no citar a su sobrino Guillermo, que está horrorizado del testigo que le está dejando cuando llegue a rey. La seductora sonrisa de Andrés es ya una metáfora pasada de moda que sustituyen sus ojos muy abiertos tratando de explicarse: "¿Por qué a mí, si yo no he hecho nada?".

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