Antonio Jiménez, profesor: "No hablé, leí ni escribí hasta los 10 años, pero nadie pensó que podía ser autista"
2026-02-24 - 06:03
Antonio Jiménez vive en Chile, es profesor de Geografía e Historia y convivió 40 años con autismo sin saberlo. Y su caso es realmente curioso, por un lado, porque, a pesar de que no habló, escribió ni leyó hasta los 10 años, descartaron que fuera autista, y, por otro, porque a pesar de esos primeros años de vida de retraso en el desarrollo y en el aprendizaje, y de no tener los apoyos adecuados en el colegio, llegó hasta la universidad y hoy es un exitoso profesor autista. Como nos cuenta Antonio desde Chile que decidió hacerse las pruebas para saber si era autista tras conocer el diagnóstico de su hermana, hace tres años, “empecé con un proceso largo de diagnóstico con un terapeuta durante meses y me confirmó que yo también era autista”, recuerda. A raíz del diagnóstico, no solo echó la vista atrás y encontró un sentido a todo lo que había pasado hasta ese momento, sino que se interesó tanto y empezó a estudiar tanto sobre el tema que ahora, además de profesor, se ha convertido en un gran divulgador sobre el autismo a través de conferencias, charlas y en su cuenta de Instagram, donde cuenta con más de 110.000 seguidores, “a mis alumnos les encanta tener un profesor que tiene tantos seguidores en las redes sociales”, confiesa orgulloso. Una infancia dura marcada por la falta de diagnóstico Antonio, que ahora tiene 43 años, pasó toda su infancia sin el apoyo educativo que necesitaba, por eso ahora cuenta su perspectiva del autismo, más enfocada al entorno educativo, y crea material didáctico para las familias puedan apoyar a sus hijos en casa. Su intención es ayudar a otros para que no tengan para pasar por lo que él pasó, pues con un diagnóstico más temprano y algunas adaptaciones, su infancia habría sido muy distinta. Lo curioso es que el primer diagnóstico que tuvo en su vida, a muy temprana edad, fue el de TDAH. Sin embargo, y a pesar de las frecuentes visitas al neurólogo para vigilar su medicación, el autismo estaba descartado, según cree Antonio porque, por aquel entonces, aún se relacionaba con un autismo de más necesidades de apoyo. Ni siquiera se pensó en el autismo “cuando no hablé, leí ni escribí hasta los 10 años, lo achacaban al TDAH, a un retraso en el desarrollo, a un trastorno del lenguaje...”, recuerda. Aun así, y a pesar de necesitar apoyo educativo, en la etapa obligatoria, nunca lo tuvo, pues en Chile existen lo que se llama ‘programas de integración’ para apoyar a niños con necesidades especiales, pero no se crearon hasta 1998, cuando él ya estaba en la secundaria, “así que pasé toda mi educación básica sin apoyo y sin conocimiento del autismo”, asegura. Pasé toda mi educación básica sin apoyo y sin conocimiento del autismo Y no solo eso, sino, lo que es aún más doloroso, fue objeto de burla, tanto por parte de alumnos y profesores, “fue una época muy dura porque no hablaba, no leía, no escribía, pero yo lo entendía todo, los profesores decían que era un trastornado, me agredían... fue muy muy duro”. En esos años, pasó por nueve colegios distintos, repitió curso tres veces, nunca aprobaba matemáticas... pero algo hizo ‘clic’ en su cerebro, y con mucho esfuerzo, llegó a la universidad, “empecé a los 23 años. Cuando aprendí a leer y a escribir me gustó, es más fue como un refugio para mí. De hecho, una de los motivos por los que estudié Pedagogía en Historia y Geografía fue porque me gustaba mucho la historia del siglo XXI”. Como muchos otros autistas, más que vivir, sobrevivió en un mundo que le era hostil, por eso el diagnóstico cambió tanto su vida, “empecé a mirar hacia atrás y me di cuenta de que muchas de las cosas que le ocurrieron tiene que ver con mis rasgos autistas, el bullying en el colegio, el agobio laboral, relaciones sociales y con la familia...” Cuando le diagnosticaron empezó a leer, a informarse, a estudiar sobre el tema y, como es profesor, se propuso el desafío de explicar el autismo, pero ya no desde el punto de vista académico, “sino de las cosas que nos pasan, les digo cómo estudio, los desafíos que tengo como persona autismo en el trabajo... Empecé a divulgar porque cuando yo supe que era autista no sabía nada del autismo y lo poco que sabía era todo muy estereotipadas. Y también lo hice para mí mismo, fue mi manera de gestionar mis emociones con respecto al autismo, para poder explicarme lo que me estaba pasando. La gente me dice mucho que se identifican con mi contenido y a verdad es que está teniendo muy buena acogida, aunque yo soy de los que persiguen likes, en realidad”. Un profesor autista en un entorno 'caótico' En general, a las personas autistas le gusta el orden, la rutina, la tranquilidad... y llevan mal, el desorden, el caos, los cambios inesperados, el ruido... Entonces, “¿cómo ‘sobrevive’ un profesor autista en un colegio? “Los colegios son muy caóticos sensorialmente y ser profesor autista en un colegio público es tremendamente desafiante”, confiesa. Un desafío para que el que, también con la compresión de alumnos y profesores, logra sobrellevar, “en las aulas hay mucha gente, mucho ruido, olores, contaminación lumínica, tienes que gestionar emociones propias y emociones del otro... así que he tenido que ir desarrollando mis propias adaptaciones. Junto con los responsables del colegio, los profesores y mis estudiantes hemos podido hacer algunas adecuaciones. En el aula, uso canceladores de ruido cuando estoy muy saturado, salgo a veces a pasear, en la sala de profesores respetan mucho mi silencio, me dejan mi espacio si lo necesito, no me siento obligado a estar socializando todo el rato, he ido desarrollando acciones para no saturarme sensorialmente, aunque a veces lo hago igualmente y llego a casa agotado”, reconoce. Cuando yo supe que era autista no sabía nada del autismo, y lo poco que sabía era todo muy estereotipadas Con estas pequeñas adaptaciones, Antonio puede llevar a cabo un trabajo que le encanta y que espera poder compaginar con su labor como divulgador, pues su objetivo es hacer de los entornos educativos lugares más amables para alumnos con necesidades educativas especiales, que sigue haciendo mucha falta, pues él mismo comprueba a diario que, aunque ha cambiado desde que él estudiaba en el colegio, todavía queda mucho por avanzar, “los profesores, al menos en Chile, siguen sin comprometerse mucho y lo delegan todo en el profesional de apoyo, a los niños los sacan de clase, y creo que esa no es una inclusión real. Además, tampoco hay todavía mucho conocimiento del autismo. Ahora de la universidad sí salen con un poco más de conocimiento del autismo, pero queda mucho por hacer”. En Chile, como explica, la educación especial apenas existe, y la ley prohíbe casi totalmente la selección alumnos, es decir, que tienen que admitir a alumnos con discapacidad, pero solo lo exigen a los públicos o los que reciben fondos públicos, lo que se traduce en que en los colegios privados apenas hay diversidad, “se concentran en colegios públicos, como el mío, donde podemos encontrar desde niños con síndrome de Down, hasta niños con movilidad reducida, ceguera, autismo, TDAH... niños con cualquier tipo de discapacidad. Y está bien, pero es cierto que falta mucha preparación en el profesorado y eso provoca agobios en los profesores. En mi colegio estamos creando algunos recursos, como un espacio de calma... pero queda mucho por hacer”. Él, por su parte, seguirá poniendo su granito de arena porque esto cambie, tanto dentro como fuera de las aulas. Sus próximos proyectos, ya los tiene claros: un libro sobre cómo relacionarnos con personas autistas, ya sean niños en el colegio, adolescentes o adultos, “está muy poco explorado y creo que puede ser muy útil. En el libro explico a los profesores cómo es vivir siendo autista y cómo trabajar con los niños autistas. Para escribirlo, no solo he contado con mi propia experiencia, sino la de otros autistas que me han ido contando la suya, y creo que es un proyecto muy bonito. Mi idea es presentarlo a la editorial a finales de marzo y mi idea es sacarlo este año”. Además, quiere llevar a cabo un proyecto de entrevistas en vivo con profesionales especialistas en autismo, más allá de los psicólogos; va a empezar una asesoría en la Universidad católica de Chile y está creando, junto con una red de personas neurodivergentes, una corporación en su región para formar vínculos con otras organizaciones de Chile y tener un espacio físico en el que desarrollar charlas para padres, talleres... “nuestro sueño es organizar un congreso nacional y un diplomado que esté”, asegura. También, cuando tenga más tiempo, quiere terminar un libro más vivencial sobre su experiencia al recibir el diagnóstico en la edad adulta, para ayudar a otros en el difícil proceso de perdonarse a sí mismos, porque “cuando la persona sabe que es autista es una información de vida tan importante que le obliga a plantearse cómo ha vivido la vida, comienza a no culparse”. Y es que, tras todas estas acciones, hay un objetivo común: hacer entender el autismo al mundo para que el mundo sea más amigable para las personas autistas, porque cuando él supo de su diagnóstico solo recibió “cuestionamientos y falta de empatía”.