Antonio Tejero: adiós al guardián del franquismo
2026-02-25 - 18:33
Con la muerte de Antonio Tejero Molina desaparece uno de los últimos símbolos del franquismo tardío. El teniente coronel que irrumpió pistola en mano en el Congreso de los Diputados aquel 23 de febrero de 1981 encarna como pocos el residuo una España autoritaria, centralista y militarizada que veía en la democracia una amenaza. Nacido en 1932, hijo de un maestro republicano reconvertido al franquismo por supervivencia, Tejero creció en el búnker castrense de la posguerra. Formado en el orden del régimen, asumió hasta el final la superioridad de lo militar sobre lo civil. Como ha explicado el historiador Roberto Muñoz Bolaños, su acción no fue un simple arrebato personal, no fue el "militar de opereta" con tricornio que la iconografía popular redujo a meme, sino el epítome de una generación franquista que se sintió traicionada por la Transición. El 23-F fue, en ese sentido, tanto un golpe de Estado frustrado como el epílogo de una cultura política agotada. Aquí está la clave: Tejero no era un loco aislado, sino la expresión de un Ejército impregnado aún en gran parte de franquismo puro, donde la democracia equivalía a caos. En su primera intentona golpista, "Operación Galaxia" (1978), quería tomar La Moncloa con Sáenz de Ynestrillas y ultraderechistas como García Carrés. Acabó siete meses en la cárcel, pero ese fiasco no le frenó. El 23-F fue su apoteosis, irrumpiendo con 200 guardias civiles, al grito de "¡Todos al suelo!", forcejeando con un superior, el capitán general Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente del Gobierno de Adolfo Suárez, secuestrando en suma a 350 diputados. Entre ellos, la socialista catalana Anna Balletbó, recientemente fallecida, a quien liberó por encontrarse embarazada, permitiéndole alertar al Rey del terror interior. Esa noche, cuando ya se sabía derrotado, Tejero rechazó el "gobierno de concentración" del también golpista general Alfonso Armada, exigiendo el golpe puro con el que soñaba. El fracaso de las diversas involuciones que se escondían en el 23-F, como tan bien ha explicado Javier Cercas en 'Anatomía de un instante', consolidó la democracia que él aborrecía. Queda la lección de su fracaso, y la memoria de una sociedad que tuvo que mirar de frente a esa sombra para poder ser libre sin miedo Condenado a treinta años de prisión, Tejero cumplió quince antes de salir en libertad condicional. Desde entonces vivió retirado, pintando, escribiendo y participando esporádicamente en actos de nostálgicos del franquismo. Jamás mostró arrepentimiento: seguía convencido de haber hecho lo correcto. La figura de Tejero recuerda que la Transición no fue un proceso idílico, con el éxito asegurado, sino una batalla entre la joven cultura democrática y los fantasmas del pasado. Él fue uno de esos fantasmas con tricornio y pistola en mano, convencido de ser el guardián de la España “una y grande”. Hoy su muerte cierra un ciclo. Queda, eso sí, la lección de su fracaso, y la memoria de una sociedad española que tuvo que mirar de frente a esa sombra para poder ser libre sin miedo.