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Aragón o hablemos de Vox

2026-02-08 - 09:45

Es la más que probable novedad que nos pueden traer las elecciones aragonesas que se celebran este dominical 8-F: un notable ascenso de Vox que incluso supere al PSOE y obligue al PP a compartir gobierno autonómico. Y para explicar el 'sorpasso' voxístico no nos sirve la fácil lectura del auge de la ultraderecha. Si ya Vox es por sí mismo un conglomerado de diferentes procedencias ideológicas, más plural lo es aún su electorado. En éste caben, desde ultracatólicos que no votan al PP porque les parece un partido abortista, hasta aconfesionales que celebran las críticas inclementes de Abascal a los obispos por su "blandura" en la cuestión de la inmigración; desde conservadores que ven en el partido de Feijóo un entreguista sesgo socialdemócrata, hasta rebotados de la izquierda más antisistema, y socialistas de la vieja escuela lambanista que no se reconocen en el sanchismo y que, puestos a desmarcarse de sus propias siglas, prefieren hacerlo por una opción frontal a éstas antes que quedarse en la medias tintas y dar el voto a la tímida alternativa de la moderación que encarna Jorge Azcón. Ese trasvase de votos hacia Vox desde las izquierdas es un fenómeno que tiene su explicación en la visceralidad de su enfado. No es psicológicamente extraño que el socialista que deja de votar socialismo por cabreo con los suyos se vaya a la opción cabreada que sintonice con su estado anímico. Dicho metafóricamente, el cuerpo le pide sangre. Y, por otra parte, es también comprensible que en su corazón o en su hígado pesen los años de aversión a ese PP que fue su gran rival. Ha salido de su trinchera, de acuerdo, pero no del trincherismo. Y no lo ha hecho para pasarse a la trinchera que durante tantos años consideró enemiga. Digamos que la vieja inquina sociata al PP ha creado tradición en una sentimentalidad política que, como sabemos, en este país va más allá de lo racional. Dicho de otro modo, antes que votar a su rival tradicional, vota una opción novedosa aunque sea más derechista que éste. Su cabeza no está preparada para lo que sería una inadmisible concesión. Sí. El voto a Vox no es solo el de la extrema derecha sino es también, y creo que sobre todo, el del cabreo. Tiene que ver más con una decepción del bipartidismo en un momento de la política española que se percibe como un atasco, un callejón sin salida, una encrucijada de difícil solución. De hecho, hay una población electoralmente flotante que, antes de llegar a ese voto, ha pasado por todas las opciones que se presentaban como ajenas al esquema bipartidista: Por Podemos y toda la sopa de letras en la que se bifurcó, Ciudadanos, UPyD, Alvise o Teruel Existe, ya que hablamos en el contexto aragonés, si bien estas autonómicas van a sustraerse como nunca de las claves locales. Y es que pocas veces unos comicios regionales se van a dar de tal manera en una clave nacional. Como pocas veces, la lectura que hagamos de esos resultados va a servir para adelantar los resultados que tendrían unas generales. No. El ascenso de Vox no va a suponer una deriva del electorado a la extrema derecha sino una simple rotura de las costuras del bipartidismo. Vox crece hoy por la derecha del PP como Ciudadanos creció ayer por su izquierda. Y crece por el descontento aunque no aporte ninguna solución. Crece con todas sus contradicciones internas, que son muchas. Vox va de euroescéptico, pero a la vez tiene la fe y el humor de juntarse con los Patriotas por Europa, o sea, con lo mejorcito de cada casa. Cuestiona el sistema autonómico y el constitucional, pero no sería nada sin las autonomías y, por suerte, no ha hecho nada hasta la fecha que vaya contra la Constitución. Es liberal y al mismo tiempo autárquico, ultracatólico y a la vez capaz de enfrentarse a la Conferencia Episcopal con una naturalidad a la que no se atrevería nunca el PP. En el río revuelto de un cabreo nacional, recoge peces el pescador que parece más cabreado. En efecto, todo hace pensar que lo que veremos este domingo por la noche en el mapa electoral aragonés va a ser el ocaso del sanchismo y un desgaste del PP de la calle Génova, que va a purgar el propio Jorge Azcón de manera injusta y que resulta imperdonable porque no se ha producido en el poder sino en la oposición.

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