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Audrey, Javier y María: el tridente del esquí alpino que reinventa el invierno español en Milán-Cortina

2026-03-05 - 07:03

No comparten edad ni recorrido vital, pero sí una certeza: quieren que se hable de tiempos, de técnica y de rendimiento. "Que nos vean como deportistas, no como ejemplos", resumen casi al unísono Audrey Pascual, Javier Marcos y María Martín-Granizo cuando se les pregunta por la etiqueta que más persigue al deporte paralímpico. El esquí alpino será la disciplina con mayor peso dentro de la delegación española en estos Juegos. Y ahí confluyen experiencia internacional, sacrificio personal y una generación joven que ya no pide permiso para competir. Justo antes de la prueba, para cualquiera de ellos, solo existe la nieve italiana. No proceden relatos épicos. No se piensa en superación o en etiquetas. No hay público, no hay cámaras, no hay pasado; solo el rugido del viento contra el casco y la línea perfecta que el instinto dibuja sobre la nieve virgen. Es el "silencio del portillón", ese instante sagrado en el que la gravedad deja de ser una ley física para convertirse en una aliada peligrosa. Allí, en la cima, solo se miden las centésimas, la exactitud del artesano, el milímetro que separa la gloria de la caída en un Slalom donde el margen de error es, sencillamente, inexistente. Audrey Pascual: la abanderada que custodia el cristal El liderazgo de este equipo tiene un nombre propio que resuena con fuerza en los glaciares europeos: Audrey Pascual. La madrileña, que tendrá el honor de ser la abanderada de la delegación española, llega a la cita olímpica tras haber conquistado la cima del mundo. Ganar el Globo de Cristal, ese trofeo que acredita la regularidad y el dominio durante toda una temporada, ha sido para ella "la consecuencia del trabajo bien hecho". Sin embargo, la responsabilidad de portar la bandera en su debut no la distrae del rigor de la competición. Para Audrey, el éxito es una construcción diaria: "Para mí es un orgullo, pero no lo vivo como un peso añadido; cada carrera empieza de cero". Esa mentalidad analítica es la que define su estancia en el portillón de salida. Mientras el resto del mundo ve en ella a la rival a batir, ella se sumerge en un mantra personal que transforma la tensión en fluidez técnica. "Me digo que sé hacerlo, que no es nada nuevo. Sólo tengo que esquiar como yo sé y ser yo". Su objetivo en Milán-Cortina es nítido: "Hacerlo de 10 según mis posibilidades", consciente de que en el Slalom el triunfo se mide en milímetros y la gloria es tan frágil como el propio hielo. Marcos, Martín y la arquitectura del Sitting y el Standing El desafío técnico del esquí alpino adaptado se divide en categorías que determinan la estrategia en pista. En la modalidad de Sitting (LW11), compiten tanto Javier Marcos como Audrey Pascual. En esta modalidad, el deportista se funde con un sit-ski de un solo esquí, asistido por unos estabilos -pequeñas muletas con esquís en los extremos- que actúan como sensores de equilibrio sobre la pista. Javier Marcos, que llegó a este mundo buscando la velocidad y el riesgo que otros deportes que había probado no le ofrecían tras su accidente de bicicleta, describe la complejidad de esta danza mecánica: "Al ir solo con un esquí y no con dos, las fuerzas hay que gestionarlas de diferente forma". Para que esta máquina se convierta en una extensión real de sus decisiones, el ajuste debe ser milimétrico. "Todo el material influye: el monosquí hecho a medida, los estabilos, los esquís... el conjunto tiene que funcionar perfectamente". Javier, tras superar una grave lesión que le obligó a pasar por quirófano esta temporada, ha encontrado en la psicología deportiva el anclaje necesario para recuperar la "confianza absoluta" que exige lanzarse por una pendiente helada. Su camino hasta aquí ha sido, en sus propias palabras, un trayecto "muy bonito pero muy sacrificado", marcado por entrenamientos bajo ventiscas donde nadie querría estar. Por su parte, María Martín Granizo compite en la categoría de Standing, utilizando una prótesis para caminar y esquiar. María inyecta al equipo una dosis de competitividad feroz, especialmente en el Slalom, la disciplina que ella misma define como "técnica y agresiva". "Me encanta tener que ser rápida, el hecho de tener que pegarte contra los palos y ser así, rápido". María rechaza cualquier visión edulcorada de su deporte. Lejos de infravalorar la disciplina, destaca su intensidad: "La gente se piensa que bajamos lento, pero en verdad bajan que se matan todos; es un deporte de altísima velocidad y superdivertido de ver". El cuchillo entre los dientes y la apuesta vital Detrás de cada tiempo en meta hay una historia de renuncias que rara vez sale en la fotografía del podio. En el caso de Javier Marcos, la llegada a los Juegos es el fruto de una apuesta vital compartida con su mujer, Lourdes. Juntos tomaron la decisión de dejar sus trabajos y mudarse a vivir a la montaña, en La Molina, para que él pudiera entrenar a diario y luchar por entrar en la Copa del Mundo. "Ella era la que tiraba del carro cuando yo estaba cansado; la mitad de este premio es de ella". Javier confiesa que, paradójicamente, el accidente de bicicleta le ha dado una vida que no cambiaría: "He descubierto que ahora mismo soy mucho más feliz; me dedico a lo que me gusta cada día y me levanto con un objetivo. Este accidente, que desde fuera podría verse como una desgracia, ha sido lo que me ha dado vida y felicidad, permitiéndome dedicarme por entero al esquí. La verdad es que no volvería atrás". He descubierto que ahora mismo soy mucho más feliz... no volvería atrás Esta entrega absoluta es común a los tres. Audrey, por su parte, compagina la exigencia de la Copa del Mundo con sus estudios de Comunicación Audiovisual, aprovechando las horas muertas en hoteles de medio mundo para mantener su disciplina académica. La logística, aseguran, es la verdadera diferencia con el esquí olímpico: el transporte de material pesado y la planificación de desplazamientos accesibles suponen un "esfuerzo añadido importante" que el gran público ignora. Aun así, rechazan cualquier trato de favor o lástima. "Me molesta mucho la gente que nos mira con cara de pena", afirma Javier. Si Audrey aporta el equilibrio y Javier la resiliencia, María Martín-Granizo inyecta al equipo una dosis de agresividad competitiva que ella misma define con naturalidad. Esta leonesa, que alterna el surf con la nieve, se siente atraída por la brutalidad técnica del Slalom. "Me encanta tener que ser rápida... el hecho de tener que pegarte contra los palos". María no entiende de medias tintas; su objetivo para Milán-Cortina es vaciarse por completo: "Estaría contenta con saber que no me he dejado nada bajando, que lo he hecho con el cuchillo entre los dientes". Esa autenticidad también se traslada a sus redes sociales, bajo el nombre "@conelpieizquierdo", donde educa a sus seguidores con una franqueza que desmonta prejuicios. Su filosofía de vida es un grito de libertad que no acepta tutelas: "Puedes hacer lo que te salga de las narices realmente; la vida es tuya". Sin embargo, ese espíritu indomable también guarda un espacio para la nostalgia y el arraigo; tras el fragor de los Juegos, su meta es regresar a León para celebrar con sus amigos en Semana Santa o perderse en las olas de Salinas para desconectar del rigor del cronómetro. Más allá de la etiqueta del héroe La marea roja española tiene una misión clara: erradicar el relato de la heroicidad para sustituirlo por el de la profesionalidad. Audrey prefiere que la definan por su técnica antes que por su valentía, pues "la técnica es trabajo y profesionalidad". María, por su parte, se rebela cuando intentan consolarla tras una mala carrera apelando a su mérito por estar allí: "A mí me ha salido la carrera mal y punto, no pasa nada... estoy entrenando igual que cualquier otro atleta". Consideran que el deporte paralímpico debe ocupar su lugar basándose en "tiempos y técnica", no en "historias y barreras". Audrey lo resume así en una frase: "Cuando se empieza a hablar de tiempos y técnica, es cuando el deporte paralímpico ocupa, por fin, el lugar que merece". Para Javier, el objetivo social es que el espectador valore "el esfuerzo deportivo y se olvide de la discapacidad". La meta no es inspirar, sino competir en igualdad de exigencia física y mental. Por eso, exigen que las estaciones se pongan "las pilas" en accesibilidad e inversión, para que el deporte adaptado no dependa solo de la voluntad individual o de asociaciones como la Fundación También, sino de oportunidades estructurales reales. Milán-Cortina será el escaparate donde demostrarán que el esquí paralímpico no es el "hermano pequeño" del olímpico, sino una disciplina feroz, rápida y visualmente impactante donde la excelencia es el único requisito para el éxito.

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