Autónomos primerizos, la libertad tenía una cuota: "Siempre está el miedo a hacer algo mal y que un error acabe en multa"
2026-01-25 - 21:05
A Joaquín Palomares el alta como autónomo no lo pilló desprevenido. Sabía, por el anecdotario popular, por el radio macuto laboral después de muchos años, de las muchas dificultades adheridas a la responsabilidad de la cuota. Nunca creyó que su pulso se alteraría como un contador Geiger al cerrar su primer trimestre como autónomo, pero ahora que está a punto de concluirlo, reconoce que siente algo nuevo. Una mezcla entre tensión y reinicio vital. Veinticinco años trabajando para otros no te preparan para irte a vivir al otro barrio: al de la cuenta propia. “Fue la sensación de dar un paso más en mi carrera profesional”, explica. Una mezcla de ilusión y vértigo que conocen bien quienes han visto su nómina fija metamorfosear en un calendario de impuestos. Junto a su socio, Palomares ha puesto en marcha LAóFI; una agencia digital y castiza desde la que ofrecen consultoría, diseño y desarrollo de productos. Una decisión tomada lejos de la impulsividad pero, claro, tampoco exenta de dudas. “Al mismo tiempo aparece la incertidumbre”, reconoce, “ya no hay una nómina fija a final de mes, reportas directamente a la administración pública y la burocracia no siempre acompaña”. Una frase que podría resumir el espíritu colectivo de los miles de autónomos que han dado ese crítico salto de fe por primera vez en los últimos años. España despidió 2025 con el mercado laboral en máximos históricos, después de que la Seguridad Social sumara más de medio millón de afiliados (506.451 personas) por cuarto año consecutivo, hasta situarse muy cerca de los 21,9 millones de ocupados. Según datos del gobierno, el avance del empleo se consolidó a lo largo de todo el año, tanto en términos medios como desestacionalizados, con una evolución positiva en prácticamente todos los grupos de edad y entre ambos sexos. El crecimiento fue especialmente visible en sectores vinculados a actividades de mayor valor añadido, como información y comunicaciones en un contexto de creación sostenida de empleo. El entusiasmo del comienzo y el peso de hacerlo todo Los primeros meses como autónomo vienen cargados de una energía difícil de replicar después. Quien lo probó, lo sabe. Joaquín habla de una etapa intensa, casi vertiginosa. “Han ocurrido muchas cosas positivas en muy poco tiempo”, cuenta. Destaca la flexibilidad horaria, la posibilidad de organizar su agenda y el control directo sobre su propio proyecto. También la riqueza de los encuentros. Nuevos clientes, nuevos colaboradores y la sensación de que, con ganas y empuje, los proyectos pueden tomar forma rápidamente, sin los palos en las ruedas de jerarquías, inquinas o malas sangres, muchas veces inevitables, cuando uno está enmarcado en un grupo mayor. Esa libertad, sin embargo, convive con una realidad menos gozosa: la multitarea constante. “Hay que ocuparse de todo: captar nuevos proyectos, asumir tareas administrativas y controlar la gestión financiera”. A ello se suman factores externos imposibles de manejar del todo, como los vaivenes del mercado o los parones vacacionales, que en determinados sectores pueden marcar meses enteros de ingresos irregulares. Como reza el dicho, cuidado con lo que deseas... Ana Fernández Vázquez — más conocida como Nit— lleva algo más de un año y ocho meses como autónoma en el ámbito de la comunicación. Su historia no arranca con una vocación empresarial clara, sino como epifanía por desgaste. Trece años en una empresa en la que no se sentía valorada, un fuerte burnout y la maternidad como punto de inflexión, iluminaron la senda. “Sé que es común a muchas mujeres”, reflexiona, “la maternidad nos revuelve las tripas y el corazón y a veces nos atrevemos a lanzarnos”. En su caso, el paso llegó casi sin buscarlo. Durante una excedencia tras el nacimiento de su segundo hijo, cursó un máster de copywriting y apareció un primer cliente importante. Un mecenas, por así decirlo, que brindó a Fernández una seguridad inesperada. “No buscaba ser autónoma, pero me lo encontré”. La sensación inicial fue, sobre todo, de desconocimiento. “Sentí que era una ignorante”, confiesa, no por falta de experiencia profesional, sino por enfrentarse a un mundo —el fiscal y administrativo— del que nadie le había hablado con claridad. Algo que rodea constantemente a millones de personas, es una asignatura totalmente desconocida para los no iniciados. No por un raro ocultismo, sino porque la secta del autónomo es una responsabilidad pantanosa para la que hay que echarle ganas, y bemoles, para querer entrar. Ese aprendizaje forzado del que habla Fernández es una constante entre los nuevos autónomos. La experta en comunicación admite que casi no sabía hacer una factura ni entendía qué significaba realmente la declaración del IVA. “Esto no nos lo enseñan”, lamenta. Una carencia formativa que, según ella, debería abordarse desde etapas tempranas, igual que se enseña educación financiera básica. Hasta que llega el alta, todo es abstracto; después, cada trimestre se convierte en una lección. Los autónomos, como los pájaros, aprenden a volar cuando saltan a ciegas del nido. Descifrar el sistema: impuestos, gestores y la soledad administrativa Para Elena Salvador, artesana afincada en Almería, su inicio como autónoma fue casi un acto de celebración. Dos años atrás decidió profesionalizar su proyecto y acceder a ayudas que hasta entonces no estaban a su alcance. Pero el entusiasmo duró poco. “Cuando te das de alta, aparece otra preocupación que no esperas: ¿podré pagar todo lo que tengo que pagar?”. Esa pregunta, repetida como un mantra, le trajo a Salvador insomnio y una presión mental constante. Los problemas de salud mental suelen abordarse en la empresa privada, pero poco se habla del pesado madero que carga sobre sus hombros el sector autónomo, que debe bregar con sus déficits anímicos y psicológicos casi siempre sin red de seguridad clara. Cuando te das de alta, aparece otra preocupación que no esperas: ¿podré pagar todo lo que tengo que pagar? Salvador describe su relación con el sistema fiscal como un proceso de descifrado permanente. Poco menos que un código Da Vinci. “Entender qué es el IVA, entender qué es el IRPF... todavía no lo he conseguido del todo”. La palabra no es casual: nadie le explicó el funcionamiento de forma clara y progresiva. Todo llegó a retazos, a base de leer, preguntar y equivocarse. “Nadie te viene y te enseña nada, tienes que ir descifrando según lo que te cuenta uno o lo que lees por ahí”. La figura del gestor aparece en casi todos los relatos, y no siempre como solución. Joaquín Palomares reconoce que sin asesoramiento el proceso habría sido confuso y propenso a errores. Elegir el tramo de cotización sin una previsión clara de ingresos, por ejemplo, genera dudas incluso entre perfiles con experiencia. “Siempre está el miedo a hacer algo mal y que un error acabe en multa”, afirma el socio de LAóFI. En el caso de Elena Salvador, la experiencia fue directamente frustrante. Cambió de gestor tras recibir cobros sin previo aviso y descubrir que no se habían presentado correctamente una parte importante de sus facturas. Pánico en las cuentas, vaya. Hoy se encarga ella misma de las gestiones, con ayuda puntual de un amigo con experiencia bancaria. Prefiere eso a pagar por un servicio que no le ofrece explicaciones ni transparencia. Alrededor del 30 % de los autónomos cerró 2025 con pérdidas, una cifra que explica por qué muchas altas no se traducen en proyectos sostenibles a medio plazo Las asociaciones de autónomos llevan tiempo denunciando estas carencias estructurales. La Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos (ATA) calcula que los trabajadores por cuenta propia dedican unas 200 horas al año sólo a cumplir con obligaciones burocráticas. Además, según sus datos, alrededor del 30 % de los autónomos cerró 2025 con pérdidas, una cifra que explica por qué muchas altas no se traducen en proyectos sostenibles a medio plazo. Desde ATA reclaman un mejor acompañamiento para los nuevos autónomos, especialmente en los primeros años de actividad, así como herramientas digitales públicas más claras y una administración que tenga en cuenta la diversidad de perfiles y niveles de ingresos. Las previsiones para 2026 apuntan a un crecimiento del empleo autónomo, pero condicionado a reformas que reduzcan la presión fiscal y administrativa. Conciliación, identidad y la decisión que no se deshace Más allá de los números, hay una dimensión emocional que atraviesa todos los testimonios. Ana Fernández habla de la carga mental de querer cumplir con todos sus clientes al mismo nivel. “Tú tienes cinco clientes, pero tú para ellos eres el único”. Esa exigencia constante se suma a la vida personal y, en su caso, a la maternidad. Aun así, no se arrepiente. “Necesitaba ser dueña de mi tiempo, necesitaba poder elegir”. Joaquín Palomares comparte esa sensación de reafirmación profesional. Emprender, dice, ha sido una forma de recuperar el control y volver a ilusionarse con su oficio. “Hoy en día estoy muy satisfecho con la decisión”. Los números, admite, serán los que terminen de confirmar si el proyecto se sostiene, pero la experiencia ya está siendo estimulante. Elena Salvador, por su parte, subraya que, finalmente, el gran reto no fue el trámite, sino la gestión de ansiedades y frustraciones a los que induce la inestabilidad del autónomo. “Como gestión emocional, no es nada sencillo”. Por eso dudó durante más de un año antes de lanzarse. No obstante, hoy no se plantea volver atrás. La autonomía le permite combinar actividades y aceptar trabajos que no podría asumir con un horario rígido. Los tres testimonios coinciden en algo: ser autónomo no siempre compensa en términos económicos, al menos al principio, pero sí en el plano personal Los tres testimonios coinciden en algo esencial: ser autónomo no siempre compensa en términos económicos, al menos al principio, pero sí en el plano personal. Como le dijo un colega a Ana Fernández, “a nivel económico nunca te va a compensar del todo; a nivel personal, te lo compensa todo”. Quizá por eso, pese a las dificultades, ninguno piensa tirar la toalla, aunque bese alguna vez la lona. En un país donde cada año decenas de miles de personas dan el salto al trabajo por cuenta propia, las historias de los autónomos primerizos revelan una verdad incómoda: emprender en España sigue siendo, en gran medida, un ejercicio de resistencia. Un aprendizaje atropellado al que habrá de sumársele una incertidumbre prácticamente asumida, por no hablar de que la libertad nunca deja de estar vigilada por las cuotas y los plazos trimestrales.