Bad Bunny y sus lecciones artísticas con las que ha revolucionado la Super Bowl 2026
2026-02-10 - 13:05
Y Bad Bunny gritó los nombres de todos los países que conforman América. Bueno, casi todos. Se olvidó de Belize. Entonces, algunos hasta se percataron de que no existen solo ellos en el mapa. Naciones que nombró en español, sí. Pero los nombres de los países no tienen la limitación del idioma. Tampoco la música. Condescendientes consigo mismos los que acusan a que el estadounidense medio no entendió nada del descanso de la Super Bowl. ¿El resto del planeta se ha quejado de que no comprende las canciones de los yanquis que ellos nos traen sin subtítulos a cualquier acontecimiento? Y las bailábamos igual. Porque la música entra por los sentidos. Y Bad Bunny arrasó en audiencia en uno de los descansos de la Super Bowl más vistos y, a la vez, más comentados, pues no solo estaba lanzando fuegos de artificio para salir guapo por la tele y optó por plasmar una historia comprometida con la diversidad que conforma el mundo. La diversidad que, aunque se intente silenciar, siempre se abre camino como la hierba entre las rocas. No es de extrañar que el campo de fútbol americano se llenara de matorrales hechos persona. Muy a lo creatividad de las galas de apertura y clausura de Barcelona' 92. Con esta idea de poner jugar a figurantes y los espectadores desde casa, se creó una estampa viva que permitió que la naturaleza danzara con Bad Bunny y su particular voz. Ahí brota, como el musgo, uno de los grandes aciertos visuales del show: la luminosidad que une desde el Mediterráneo a América. En la Super Bowl hemos visto desde despegar en helicóptero desde el centro del campo a Diana Ross a Michael Jackson cantando Black or White, cambiando para siempre este descanso de la final deportiva. Desde entonces, cada artista lleva el halftime Show a su terreno, y el equipo de Bad Bunny ha apostado por la luz de la celebración que nos conecta a los que hablamos en spanish. Si nos fijamos bien, los planos de las cámaras estaban minuciosamente calculados -como acostumbra este acto- para que la pantalla habitual del graderío del estadio pareciera que era un panel publicitario saliendo del techo de la caseta protagónica en el centro. Que lo mismo podía ser una gasolinera de la Ruta 66 que cualquier casa baja de cualquier pueblo. Esa contundencia de la realización visual se fue enriqueciendo con la imperfección perfecta de que todo se mueve con el nervio que da carácter irrepetible hasta al guion más férreo. Es la capacidad de celebración que alimenta el cuerpo. Hasta cuando parece que no hay demasiado de celebrar. Esa vibra de las plantas, de Bad, del mogollón de gente siguiendo una coreografía sin ser bailarines transforma el entre acto de la Super Bowl en una experiencia sensitiva que invita a levantarse del sofá. Y emocionarse. Bad ha conseguido colocar sus himnos en crescendo y, a la vez, reunir a tanta gente que se ha sentido representada. Ha hecho una fiesta del pueblo con gente auténtica que no solo quiere salir guapa en pantalla. Así ha construido una escenografía colorista, del escenario al vestuario, todos siguiendo una línea artística en sus ropas pero todos, al mismo tiempo, vestidos distintos. Sin las mujeres sexualizadas como acostumbran los del reggaeton. La dirección artística busca un relato y, lo interesante, es que la narración esconde muchas capas para que se continúe hablando de Bad en días venideros. Para que marque. La boda en directo, el cameo de Toñita, una figura legendaria de la comunidad puertorriqueña en Nueva York, el niño que invita siempre a soñar (un Grammy o lo que sea)... el amor a la gente auténtica. Porque hay algo claro, los devenires de la Historia que nos trajo hasta aquí nos confirma que el amor no siempre es más fuerte que el odio, pero sí que solo salimos adelante con el superpoder de la congregación. La verdadera libertad la descubrimos cuando nos percatamos de que no somos autosuficientes. Y eso ha sido su Super Bowl. La aparición de Ricky Martin y Lady Gaga tampoco es gratuita. Hay mensaje. Hay visibilidad. Hay emoción. Hay hasta un hombre, Bad Bunny, cayéndose de la azotea a lo Allá tú. Otra alegoría de la vulnerabilidad de los que no viven en el privilegio. Se sincronizan escenas pregrabadas con el imparable directo en el que no paran de pasar cosas para que la audiencia no pueda parpadear. Para que la audiencia se sienta dentro, con él, de su mano. Las cámaras bien cerca. Hasta cuando están lejos. Se piensa más en la audiencia de casa que la del estadio. Todos estos ingredientes recuerdan qué es una buena puesta en escena en televisión: la que no solo se estira con encuadres que intentan hacer grande a una diva o un divo. Con encuadres que lo aúpa y, a veces, lo alejan. La buena historia nace del abrazo con la mirada en primer plano, se va reproduciendo por los rincones de la vida y, al final, acaba con un buen colofón de recuerdos compartidos con la gente que te hace quién eres. Y aquí, el chimpún, ha sido Bad entre su gente, mucha gente, tras reivindicar los países de América y añadir: “seguimos aquí”, justo antes de lanzar el balón esferoide al campo. Que siga el juego. Y que siga con el color de las banderas americanas, que no solo es una. Y que siga con toda la energía de la música ondeándose más allá de las fronteras. Así, este show tan verbena, ha recordado por qué la alegría de los pueblos molesta tanto a los supremacistas que quieren ser los dueños de un mundo que es de todos. Porque la alegría es la inteligencia emocional más difícil de quitarnos.