Brechas
2026-02-19 - 05:33
Hace tiempo que la brecha educativa en España dejó de ser una grieta y se convirtió en una frontera. Las cifras oficiales celebran la bajada del abandono escolar hasta el 12,8%. Aplausos, regocijo, estamos mal pero no tanto. El peor dato real pasa inadvertido, la habitual letra pequeña: entre los jóvenes de origen extranjero el abandono ronda el 30%. El sistema mejora en promedio, empeora en desigualdad. Aquí no hablamos solo de renta: debemos tener en cuenta el capital cultural, el idioma, las expectativas familiares, la llamada (ah, los eufemismos, paladeemos este, por favor) precariedad habitacional. Un adolescente que vive en una casa con otras tres familias no compite en igualdad con quien estudia en su habitación propia. Es más cómodo acusar a los profesores y sus carencias, pero es que el problema, lejos de ser pedagógico, se hunde en lo estructural. Se concentran alumnos vulnerables en determinados centros difíciles, se cronifica la segregación, se descuida la FP y luego nos sorprendemos (o maquillamos) los resultados. ¿No se puede hacer nada? Probemos dos cosas: romper la concentración de la vulnerabilidad con una zonificación realista, con una financiación adicional vinculada a la complejidad social existente, no a discursos puntuales. Y un refuerzo intensivo en los primeros años: apoyo lingüístico temprano, tutorías individualizadas y estabilidad del profesorado en los entornos más frágiles. La rotación constante de interinos se da precisamente allí donde se necesita más continuidad. Hablo de incentivos, por si no ha quedado claro. Nos gustaba repetir, porque en mi caso fue cierto, en mi generación se convirtió en la norma, que la educación era el gran ascensor social. No creo que podamos continuar diciéndolo por mucho tiempo más. Ese ascensor comienza a funcionar con moneda, y se avería con mayor frecuencia en los barrios donde más falta hace. Ya sé que es más cómodo fingir que esto no existe. Ahora todos somos clase media.