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Burdo 'influencer' o brillante referente, esa es la cuestión

2026-03-13 - 09:03

Las actrices y los actores también posan. En alfombras rojas, en cócteles, en la revista Marie Claire... La sociedad los siente estrellas. Porque cuando toca promoción de su trabajo son vestidos con la ensoñación del cine clásico. Con sus focos, con sus brillos, con la percepción de éxito que Hollywood nos metió a presión en el imaginario colectivo. Posaba Ava Gardner, posaba Cary Grant, posaba Bette Davis, posaba Sara Montiel. Posa Lola Herrera, posa Blanca Suárez, posa Maribel Verdú, posa Quim Gutiérrez... Posaban y posan de sí mismas después de interpretar a alguien que solo fueron en una película. Así nos ponían a imaginar más allá de nuestra rutina. Así se convirtieron en influyentes. Sin necesidad de llamarse a sí mismas eso: ¡Qué ordinariez!, exclamarían. Pero, que nadie se engañe, por posar las actrices habitualmente no facturan. Que diría Shakira. Sus estelares reportajes son, habitualmente, para visibilizar su trabajo. Y por la promoción no se paga. Y eso provoca que cuando se produce un parón profesional sientas el vértigo de que te pidan que sigas manteniendo actitud de celebrity cuando, en el caso de la gran mayoría de intérpretes, te quedan cuatro euros en la cuenta. Normal que muchos curritos de la ficción intenten reproducir fórmulas de los influencers de hoy en las redes sociales. Por si suena la flauta. Y conseguir cobrar un pastizal publicitario con una publicación que solo cuesta lo que se tarda en hacerse una foto y subirla a las redes sociales. Encima, a menudo, el caché es bastante mayor que el de una jornada de rodaje en cualquier serie. Con todo lo que supone: estudiar el texto, un buen madrugón, mantener la concentración en cansinas esperas entre secuencia y secuencia, repetir una y otra vez la escena para encontrar la mejor toma... La ficción es el trabajo en equipo en el que cada oficio cuenta. El cine es la artesanía fruto de la paciencia. Instagram y TikTok, en cambio, es la inmediatez del individualismo. Uno no necesita más que un móvil para grabarse y, quizá, triunfar. El usuario tampoco siente que dependa de nada más. Un smartphone con el que dar like e incluso sentirse celebrity. De ahí que exista tanta gente anónima, con tres seguidores, que hablan a sus amigos como si fueran millones de followers. Replicamos las estrecheces que vemos todo el rato. Y que los algoritmos premian. Cosa que a las buenas actrices y a los buenos actores no les sale. Sobre todo cuando hay un compromiso con la cultura. Entonces, queda muy atrás el vacío de los adanismos, hedonismos y otros lerdismos de la excitación del ego. Porque el trabajo te ha llenado de la curiosidad de la empatía. Esta es la elección de cientos (miles) de actores que pelean por su sueño: apostar todo a tu vocación. Aunque los años pasen, aunque la economía atosigue, mantienen esa prioridad vital por encima de lo demás, incluso rechazando la posibilidad de crecer profesionalmente en otros ámbitos. Se sacrifican. Eligen mantenerse a base de trabajos, muchos de ellos precarios pero con horarios particulares. No vaya a ser que les impidan estar disponibles para realizar un casting que surja. Mejor permanecer, por ejemplo, en empleos de media jornada con esa flexibilidad que facilite compatibilizarlos con un microteatro, un personaje episódico en una serie o un cortometraje. Siempre a la espera de la gran oportunidad que les permita vivir únicamente de su pasión artística. La pasión siempre gana en prioridad, aunque la posibilidad de sobrevivir en el mundo actoral sea, en muchos casos, una utopía. Es lo habitual en un oficio desprotegido, constantemente en la cuerda floja de la intermitencia. Solo unos pocos logran colocarse en un lugar de estabilidad profesional, algo que termina convirtiéndose en un hecho casi inaudito, posible solo para unos cuantos nombres. La mayoría vive en la incertidumbre, pero su implicación con la cultura, al final, termina fructificando de un modo u otro. Aunque pasen los años, aunque el gran público nunca descubra su talento, crear es una necesidad para los artistas, capaces de anteponer el arte a su estabilidad próspera. Siempre priorizando el arte de comunicar una historia que nos descubra otros mundos que nos ensanchan nuestra propia forma de mirar a la vida. Hete aquí, tal vez, la diferencia esencial entre ‘influencers’ y ‘referentes’. La clave para distinguirlos es fácil: unos alimentan la burda ambición de su ombligo, otros interpretan por la adrenalina de la experiencia de conocer, entender y emocionar a los demás. Incluso más que a sí mismos.

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