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Chillida cierra su centenario en Madrid, adonde regresa 25 años después

2026-03-10 - 16:53

Se le echaba de menos en Madrid. En 1998-99, el Museo Reina Sofía dedicaba a Eduardo Chillida (1924-2002) , uno de los grandes nombres del arte en España en el siglo XX, una completa retrospectiva, aún en vida del escultor vasco. Desde entonces han sido muchas las exposiciones de su obra, especialmente con motivo de la conmemoración del centenario de su nacimiento en 2024. Un amplísimo programa de actividades, que comenzó el 2 de diciembre de 2023, con una exposición en Chillida Leku, 'Universo Maeght', y al que ahora se pone punto final. Veinticinco años después, regresa a la capital, donde hay esculturas monumentales en espacios públicos de la ciudad, como la Plaza del Rey, la Fundación Juan March, el jardín del Museo Reina Sofía o el Museo de Escultura al Aire Libre en la Castellana. Tras su paso por La Lonja de Zaragoza, 'Eduardo Chillida. Soñar el espacio' llega, en una versión distinta, a Madrid. Reúne, hasta el 21 de junio, 98 obras del creador vasco (20 esculturas y el resto, obras sobre papel). Organizada por la Fundación Ibercaja, con la colaboración del Ayuntamiento de Madrid, la Fundación Eduardo Chillida-Pilar Belzunce y Chillida Leku, abarca toda su trayectoria: esculturas, dibujos, obra gráfica, collages, retratos... En las paredes de la sala, fotografías del artista en plena faena o junto a su mujer y compañera de vida, Pilar Belzunce. «La escultura debe siempre dar la cara y estar abierta a todo lo que alrededor de ella se mueve y la hace viva», decía Chillida. En la veintena de esculturas expuestas hay ejemplos de todos los materiales que utilizó (yeso, alabastro, acero cortén, granito, hierro forjado, tierra chamota -que descubre en Saint-Paul-de-Vence de la mano del ceramista Hans Spinner y que usaba en sus 'Lurras', bloques compactos y macizos de arcilla-, bronce, madera, hormigón armado...). Se incluyen algunos torsos figurativos de su juventud (realizados en 1948), proyectos de obras como 'Monumento a la tolerancia', 'Elogio del horizonte' o 'Múnich-Buscando la luz' y la maqueta para 'Homenaje a Hokusai'. No faltan series emblemáticas como 'Lo profundo es el aire', que comenzó en 1983, inspirada en un célebre verso de Jorge Guillén. Tampoco, sus collages (prolongaciones de su pensamiento escultórico), grabados, las 'Gravitaciones' (dibujos en el espacio, recortes de papel superpuestos, suspendidos por hilos y tensiones invisibles, que parecen flotar en el aire desafiando la gravedad)... Sus dibujos , advierte Alicia Vallina, conservadora de Museos Estatales y comisaria de la exposición, «lejos de ser obras preparatorias, poseen su propia singularidad y autonomía; son muy intuitivas. Constituyen el germen, la esencia de su pensamiento. Esta exposición muestra la importancia del papel en su trayectoria, en la investigación de la materia, el espacio y el vacío». A tinta, carboncillo o sanguina, cuelgan dibujos de figura humana, de línea fija y de manos (abiertas, recogidas, entrelazadas, casi escultóricas). También se exhiben bocetos para esculturas y retratos , «profundos y expresivos»: uno de Pili, otro de sus hijos Pedro e Ignacio y un espléndido autorretrato a tinta, de 1971, que dedica a su esposa: «Para Pili Belzunce, mi amiga de siempre». Cierra la muestra un documental, 'Retrato de un artista', de 1985, dirigido por Laurence Boulting, que nos acerca a su vida y su proceso creativo. Mikel Chillida, nieto del escultor y director de desarrollo de Chillida Leku, explica en el catálogo de la muestra que «celebrar a Chillida no es solo recordar a un artista, sino reivindicar una forma de mirar, de construir y de pensar el mundo». Y desvela el vínculo silencioso de Zaragoza con la obra de su 'aitona' : «De la tierra aragonesa proviene el alabastro con el que trabajó sus esculturas más luminosas. Aquel material traslúcido, nacido de la piedra pero atravesado por la luz, le fascinaba por su dualidad: era sólido y, al mismo tiempo, frágil; opaco y transparente, terrenal y casi espiritual». Comenta Mikel Chillida que «si el hierro era el lenguaje de la densidad, la fuerza y la materia, el alabastro era el de la luz, la intimidad y el silencio . Lo que buscaba en cada pieza no era tanto esculpir una forma, sino liberar un espacio interior, un vacío que, al ser atravesado por la luz, se convertía en presencia. En esas obras hay algo profundamente aragonés, casi místico. La luz, tan presente en su obra, tiene en Aragón una calidad particular. Es una luz limpia, directa, sin concesiones, que parece nacer del mismo suelo. Una luz que no adorna, sino que revela». Fernando Savater recordaba a Eduardo Chillida como un hombre erguido, en pie, frente al mar. La comisaria destaca su vigencia: «Tiene un lenguaje propio, una estética humanística, mística, en equilibrio con la naturaleza (el viento, el mar). Aborda temas universales. Fue siempre un amante de la paz y la libertad , con un gran sentido de la dignidad. Un hombre honesto, un poeta y un místico abierto al mundo». Su obra, dice su nieto, «sigue viva porque habla de lo esencial: del espacio, del respeto, de la libertad, de la luz, de la tolerancia». Una lección más necesaria hoy que nunca.

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