Chuck Norris en modo Indiana Jones: la película de aventuras que hay que rescatar del tipo más duro de Hollywood
2026-03-28 - 08:00
Las muertes de actores activan las sesiones a modo de tributo cinematográfico. El fallecimiento de Chuck Norris, uno de los grandes tipos duros para los hijos culturales de los 80 y los 90, impulsa a ver títulos como Desaparecido en combate, Invasión USA, Código de silencio o Delta Force. Sin embargo, he preferido decantarme por uno de sus trabajos atípicos, El templo del oro (1986), su incursión en la temática de aventuras. Una propuesta que, al igual que otros reflejos de su trayectoria, puede encontrarse en Amazon Prime Video. Cannon, la productora detrás de tantos y variopintos filmes de género de aquellos años, quiso seguir la estela de En busca del arca perdida y de Indiana Jones y el templo maldito y aprovechar la coyuntura para modular ese perfil de historia según sus parámetros y estándares y con Norris como rostro. A pesar de la evidente fuente de inspiración, más que una película de explotación se trata de una aventura de serie B indicativa de la época. De hecho, El templo del oro (Firewalker en el original) tiene poco de Indiana Jones, cuyos ecos se reducen al descubrimiento en la cueva al inicio del relato y a la resolución en el templo, pasajes que denotan el escaso presupuesto manejado. Menahem Golan y Yoram Globus, a través del director J. Lee Thompson, llevaron la aventura a su estilo al abordarla desde los resortes de las buddy movies, con Norris acompañado de Louis Gossett Jr., quien venía de ganar el óscar de reparto por Oficial y caballero. Ambos encarnan a dos aventureros buscavidas con habilidad para meterse en problemas, dos socios y amigos que ayudan a una atractiva joven (Melody Anderson) a encontrar un tesoro. La llegada de ella a una taberna perdida en el desierto buscando dos tipos fuertes, el hecho de que haga la propuesta a los primeros con los que habla (previa recomendación del barman), la aceptación de la propuesta sin plantearse más cosas y la rapidez con la que se hacen amiguísimos señalan las licencias que toma continuamente el guion. Simpática ligereza El templo del oro cuenta con acción, pero sobre todo juega con el humor y la aventura ligera. Tan ligera que en varios momentos se acerca conscientemente a lo ridículo. Está plagada de diálogos y situaciones emparentadas con el lado risible de las malas películas (habría mucho que comentar de su tramo final). Sin embargo, sorprendentemente entretiene bastante, en buena medida porque su ligereza cae simpática, en lo que también influye lo que ejercen los vínculos establecidos entre los tres protagonistas. Chuck Norris no oculta que no se toma muy en serio su papel, circunstancia que casa con el tono y que motiva que Max Donigan tenga su carisma. El componente de aventuras implica que su perfil no se ciña tanto al de tipo duro, lo que en absoluto impide que demuestre su habilidad con los puñetazos y las patadas, como resaltan la pelea en el bar o el enfrentamiento del cierre. Gossett Jr., fallecido en 2024, se muestra cómodo en su registro y transmite sintonía en pantalla con Norris. Y Melody Anderson (Flash Gordon, Muertos y enterrados), con encanto y magnetismo, sabe moverse bien en su arquetípico rol. Juntos, los tres dejan escenas como la del tren, en la que aparecen disfrazados de sacerdotes y de monja para pasar desapercibidos, o la del cierre portando toda aquella cantidad de oro en unas pocas bolsas. En el terreno de los secundarios, llama la atención la pequeña participación de John Rhys-Davies, nada casual al ser un rostro del imaginario en torno a Indiana Jones. El actor, igualmente conocido porque después sería Gimli en El Señor de los Anillos, interpreta a un amigo de Norris que ha hecho fortuna en la jungla, convirtiéndose en un jefe cual señor de la guerra. Sonny Landham, uno de los actores de Depredador, da vida al 'cíclope rojo', el endeble y arquetípico villano, mala y pobremente descrito más allá de que es un nativo americano con poderes y que ansía seguir el camino de sus ancestros. Representa la vertiente floja de la historia, como ocurre con su popurrí inicial referente a la daga azteca y maya hallada en la cueva de la reserva india, descubrimiento que a su vez enlaza con los españoles conquistadores del siglo XVI. Nativos y latinos Los tópicos rigen el tratamiento relativo a los nativos. Peor es lo que sucede con lo latino si se atiende a su asociación al subdesarrollo en la descripción de San Miguel, el país ficticio en el que se desarrolla después el relato. La película se rodó en México, país de coproducción. Detrás de El templo del oro estuvo el prolífico J. Lee Thompson, director de Los cañones de Navarone o de El cabo del terror, así como de varios títulos construidos en torno a la figura de Charles Bronson. No obstante, no cabe duda de que lo eligieron por Las minas del rey Salomón, también con el sello de la Cannon de Golan y Globus. A pesar de que el filme se enmarca en su etapa de declive, Thompson deja apuntes de su oficio.