Cinco destinos con el queso como protagonista
2026-02-05 - 17:16
A la hora de decidir un destino hay quienes se dejan llevar por una foto que han visto en redes sociales, otros por una recomendación o por una oferta. Pero hay quienes se dejan llevar por su olfato, el sentido que saben que no les va a fallar y les va a conducir a un lugar en el que el queso es protagonista. Para estos amantes del queso hay un nombre: turófilos, un término que procede del griego tyros (queso) y philos (amor). Y también varios destinos que en los que disfrutaran a lo grande. Asturias Entre verdes montañas, profundos valles y pequeños pueblos llenos de encanto es fácil encontrar queserías tradicionales donde se elaboran auténticos manjares. Cada valle parece tener su propia personalidad quesera y es que, Asturias es la región europea con mayor cantidad y diversidad de quesos. Más de 40 variedades artesanales reunidas en pocos kilómetros. Entre ellos, algunos cuentan con el sello de Denominación de Origen Protegida como Cabrales y Gamonéu. Cabrales es uno de los más conocidos y especiales. Un queso que parece haberle robado el nombre al pueblo y cuyo olor lo hace inconfundible. La visita a las cuevas en las que se hace la magia es tan didáctica como apetecible. Y sí, al final se degusta un buen Cabrales. La Mancha Si se dice queso, sin más, la inmensa mayoría de nosotros los imaginamos una buena cuña de queso manchego, más curado o más tierno dependiendo de los gustos o del momento. Visitar una quesería, ver cómo se prensa la cuajada en moldes tradicionales, oler las cámaras de maduración y probar las diferencias entre un curado y un semicurado es un planazo incluso para quienes no se saben ni una DOP. De camino, molinos, castillos y horizontes infinitos ponen el decorado perfecto. Si hay que elegir uno, se puede apostar por Adiano, el que ha sido uno de los grandes protagonistas en los últimos World Cheese Awards. La quesería que lo produce se encuentra en El Robledo, muy cerca del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel y los molinos de Consuegra. Una ruta con mucho sabor y encanto. Gruyères (Suiza) En el imaginario quesero, Suiza siempre aparece en los primeros puestos y el pequeño pueblo de Gruyères condensa todo lo que uno espera encontrar: casas con balcones de madera que al primer rayo de sol se cubren de flores, montañas al fondo y olor a leche caliente saliendo de las queserías. Aquí el queso Gruyère se sigue elaborando en grandes calderos de cobre y es fácil asistir al momento en que la cuajada se corta, se prensa y termina convertida en esas ruedas enormes que luego maduran durante meses. Después toca la parte más agradecida: una fondue con las mejores vistas. Países Bajos, más allá del queso de souvenir Edam, Gouda, Alkmaar... sus nombres llenan estanterías de medio mundo, pero nada tiene que ver comprar un queso envasado que verlo nacer donde le corresponde. En los pueblos queseros de Países Bajos, los mercados tradicionales siguen siendo una mezcla de teatro y comercio: productores con sus ruedas alineadas en la plaza, carros, pesajes simbólicos y turistas cámara en mano. Entre canal y canal, se pueden visitar granjas donde todavía se elabora queso de forma artesanal, conocer qué diferencia a un Gouda joven de uno añejo y descubrir variedades más sorprendentes con hierbas, especias o comino. Y como bonus, siempre queda tiempo para acercarse a Ámsterdam donde puede que el cielo esté gris, pero sus quesos lo llenan de color. Normandía (Francia) En el norte del país galo, el paisaje sabe a mantequilla salada, a sidra y, sobre todo, a quesos con nombre y apellido: Camembert, Livarot, Pont-l’Évêque, Neufchâtel... En el corazón del Pays d'Auge, los pueblos parecen maquetas con sus casas de entramado de madera, flores en las ventanas y pequeñas granjas donde todavía se elaboran quesos casi como antaño. Muchas ofrecen visitas y catas en las que se explica cómo se transforma la leche en piezas redondas, cuadradas o con forma de corazón, y cómo cambian los aromas según el tiempo de maduración. Entre degustación y degustación siempre hay tiempo para pasear por localidades con mucho encanto, como Beuvron-en-Auge o Pont-l’Évêque, y rematar el día con una crêpe y un vaso de sidra.