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Contra la leyenda del artista

2026-03-22 - 15:50

Durante el siglo XX, una parte significativa de las vanguardias artísticas mostró simpatía o adhesión hacia los grandes totalitarismos europeos, especialmente el fascismo y el comunismo soviético. Futuristas italianos celebraron el proyecto de Benito Mussolini y la retórica de la guerra como regeneración histórica; al mismo tiempo, numerosos artistas e intelectuales europeos miraron con entusiasmo a la Unión Soviética de Lenin y después de Stalin como escenario de una revolución cultural total. Este episodio histórico revela un error que aún pesa sobre nuestra imaginación política: la idea de que la condición de artista concede una especie de clarividencia política. Muchos creadores pensaron que si eran capaces de romper con las formas estéticas del pasado también estaban especialmente dotados para interpretar el sentido de la historia y orientar el futuro de la sociedad. La experiencia demostró lo contrario. La sensibilidad artística puede captar tensiones simbólicas o expresar conflictos humanos con gran intensidad, pero la política exige otro tipo de saber: prudencia, conocimiento institucional, memoria histórica y responsabilidad por las consecuencias. La intuición estética no sustituye al juicio político. La leyenda romántica del artista (el genio visionario que anticipa el porvenir) reforzó durante décadas esta confusión. Sin embargo, cuando los creadores entraron en el terreno de la política mostraron la misma mezcla de entusiasmo, error y ceguera que cualquier ciudadano. Recordarlo no disminuye el valor del arte. Al contrario, lo sitúa en su lugar propio. El arte puede iluminar la experiencia humana, pero no otorga autoridad política. Confundir ambas cosas fue uno de los mitos más persistentes de las vanguardias. María Victoria Torres. Madrid Leí en el ejemplar del pasado día 16 una frase de Ignacio Camacho, «Castilla y León sigue representando en buena medida el alma histórica de España», como eco de aquel lejano dicho de la Generación del 98 de que «Castilla es el alma de España». No cabe mayor error de enfoque y, además, muy peligroso. Sin duda, Castilla es una tierra maravillosa, con un gran pasado histórico. Isabel la Católica fue una Reina excepcional (como excepcional fue su marido, Fernando de Aragón), pero afirmar algo parecido a lo que hace el articulista es sencillamente suicida. Una de las muchas ventajas de ser español es que hay muchas maneras de serlo: castellano, catalán, aragonés, andaluz, vasco... Los separatistas vascos y catalanes no buscan otra excusa para irse de España (exprimiéndola antes, claro) que oír repetida una frase como esa, identificando exclusivamente España con Castilla. Así se les pone en bandeja la excusa que necesitan para sus delirios, rompiendo los vínculos que unen a todos los pueblos de la nación española, pueblos que en realidad son uno solo, aunque cada uno tenga su propia personalidad. Es una diversidad que no separa, sino que une a la gran nación que es España, le pese a quien le pese. Para hablar de los vínculos que nos unen habría que empezar por la lengua común, el español, aunque algunos se empeñen en llamarla castellano, cuando esta lengua romance medieval fue la que está en el origen de lo que no es más que español a secas (y así se conoce a nuestro idioma en el mundo). Nótese que los independentistas, al hablar de la lengua común, siempre dicen 'castellano', para degradar a lengua regional lo que es nuestra lengua nacional. Ganar el relato a los separatistas y combatirles empieza por el lenguaje y los términos que se emplean. Javier Motis. Zaragoza

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