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Crítica de 'Amarga Navidad': el nuevo autorretrato honesto de Almodóvar, un yonqui del cine

2026-03-18 - 14:50

Que la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas es algo que uno descubre con el tiempo o al escuchar a Mercedes Sosa cantar ese poema que es la nostalgia misma. En Amarga Navidad, Amaia versiona esta Canción de las simples cosas en una escena que es puro Almodóvar (por artificiosa, por multitonal, por abigarrada, por cómo funciona y emociona a pesar de todo esto) y, a la vez, contiene en pocos gestos el corazón de la película, una película que trata sobre volver a los viejos sitios donde se amó la vida y sobre comprender cómo están de ausentes las cosas queridas. Es decir, sobre la imposibilidad de revivir la felicidad que sentimos antaño. Nuestro cineasta insignia lleva años contando la misma historia. Lleva varios autorretratos lamentando esa dicha que ya no vuelve. Nos lo contó en Dolor y gloria, en la que derrumbó la fachada del éxito para mostrarnos que detrás había un artista con sus luces y sombras. Y vuelve a hacerlo en Amarga Navidad, una película en la que el artefacto metaficcional multiplica la sensación del espectador de estar ante un autorretrato de una honestidad brutal. Un autorretrato en el que se desnuda como la puesta en escena de la película subiendo la apuesta minimalista de su cine más íntimo. Leonardo Sbaraglia interpreta a un cineasta aclamado en el mundo entero que se despide de su mano derecha (Aitana Sánchez-Gijón) mientras se enfrenta a una crisis creativa que proyecta en la película que está escribiendo. En ella, Bárbara Lennie es su alter ego, una directora de culto que no logra superar la muerte de su madre y que, para volver a escribir, se inspira en las tragedias vitales de sus amigas (Victoria Luengo y Milena Smit) mientras descuida su relación con el stripper bombero al que da vida Patrick Criado. Esta película dentro de la película empieza enganchándonos irremediablemente, no solo por el striptease del susodicho, magnífico, sino por la interpretación soberbia de Bárbara Lennie, que inunda cada plano de su carisma creciente. Pero, según va avanzando el metraje y las subtramas de las amigas cogen fuerza, la película pierde fuelle y uno se cuestiona por qué abandona al personaje de Criado y se enfanga en esas historias tan dramáticas que tampoco se abordan en profundidad. Entonces, Almodóvar hace una pirueta metacinematográfica fantástica e inesperada y se cuestiona sus propias decisiones, escribe la crítica a su película que ningún crítico nos atreveríamos a hacerle (con esa excepción en la que estás pensando, claro) y, más aún, enjuicia su carrera reciente implacablemente. Todo esto lo hace volviendo a la primera película, la que protagoniza Sbaraglia, en una secuencia final brutal con el argentino y Sánchez-Gijón enfrentados en un duelo dialéctico que pasará a la historia del cine. Obviamente, Amarga Navidad es una autoficción y no todo lo que cuenta es verdad, pero los ecos, como en el cine que nos gusta, el que nos acompañará siempre, son más profundos. Y al final queda claro que esta es una película sobre un vampiro de historias, sobre un yonqui del celuloide, con trazas de Zulueta, que no logra ser feliz volviendo a los lugares en los que una vez lo fue. Todos menos uno: el cine.

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