TheSpaineTime

Crítica de 'Esa noche': Clara Galle se deja la piel en un desigual thriller vacacional que brilla en su ligereza

2026-03-13 - 13:03

Hay noches y noches. Por un lado, están las noches en las que uno se niega a salir de casa y prefiere quedarse tranquilo lidiando con el FOMO. Por otro, aquellas en las que uno sale a comerse el mundo, pero al día siguiente acaba comiéndose las consecuencias de todos sus excesos. Pues bien, Esa noche, la nueva serie de Netflix protagonizada por Clara Galle, pertenece sin duda a la segunda categoría. Caótica y divertida en sus primeras horas, pero desconcertante en su resaca. La historia, que adapta el best seller de la autora británica Gillian McAllister, empieza con tres hermanas navarras, las Arbizu, de vacaciones en República Dominicana. Solo con ese sintagma ya se masca la tragedia. Paula (Claudia Salas) y Elena (Clara Galle), que es una madre primeriza, viajan a la isla para visitar a Cris (Paula Usero) y, de paso, convencerla de que vuelva a Pamplona. La noche menos pensada, Elena llama a sus hermanas para pedirles ayuda. Acaba de matar sin querer a un hombre. A partir de ese momento, la serie se despliega en forma de caleidoscopio para contarnos, desde la óptica de cada uno de los personajes, los pasos que las han llevado hasta allí y, sobre todo, las decisiones que toman para ocultarlo desde entonces. De primeras, el tono es desconcertante, pero el ritmo que plantea el guion de Jason George acaba por contagiarse con la insistencia de todo compás caribeño. En los tres primeros capítulos, lo cómico, lo trágico y lo descabellado bailan juntos una bachata hipnotizante. Desde el Caribe a Pamplona, el furor inicial pierde fuelle Hay volantazos de guion, ex amantes, pruebas de embarazo y todo ello ubicado en idílicas playas y desaforados complejos turísticos. Vamos, como los realities de parejas que se ruedan en la misma República Dominica, pero con la mala baba de series como The White Lotus. Paula Usero está divertidísima encarnando a la típica pija con ingenuos ramalazos hippies, Claudia Salas destaca, como siempre, en su contención y Clara Galle se entrega en cuerpo y alma al desbarre. Y lo hace muy bien. La puesta en escena también es ágil y sabe disfrutarse a sí misma. Pero detrás de todos estos fuegos artificiales, se esconde un gran secreto familiar relacionado con el pasado de las tres en Pamplona. Paradójicamente, cuando esa adrenalina nocturna se agota y el trauma más profundo sale a la superficie, la historia se empieza a desinflar. Los personajes, y la propia serie, pasan del calor del Caribe al frío de Pamplona. Pero a ninguno de los dos le sienta del todo bien el cambio. O por poner otro ejemplo más claro y musical, utilizando las canciones de la propia serie: del dembow pegajoso de El Alfa en Deconecte, pasan al folk profundo y aterrador del cantautor vasco Mikel Laboa en Baga, biga, higa. Y ese salto es, quizás, insalvable. Lo sufre, sobre todo, el personaje de don Javier, el padre todopoderoso, interpretado por el implacable Pedro Casablanc. El actor está siempre bien, pero la dureza que mostró en series como Querer aquí corre el riesgo de desentonar con el tono establecido. Con don Javier llega el peso de la culpa, la religión y, por supuesto, del gran trauma familiar. La policía entra también a investigar y la serie pasa de thriller vacacional a thriller judicial. Pero por mucha carne que se ponga en el asador, ya es irremediable preguntarse si, acaso, no se está utilizando la parrilla correcta. Además, en la relación de los medios con el crimen resuenan ecos del polémico caso Daniel Sancho que tampoco terminan de ayudar. En todo este desbarajuste brilla, sin embargo, la actriz Nüll García, el gran descubrimiento de la serie. Interpreta a la pareja de Claudia Salas, que intenta ayudar a la familia hasta que descubre que están condenadas a un interminable ciclo de culpa y autoflagelación colectiva y decide apartarse. Hace bien, porque, como demuestra la propia serie en una de sus giros más cuestionables, las Arbizu son capaces de pasarse décadas replicando las mismas dinámicas. Decisiones arriesgadas Para el desenlace, la historia vuelve a República Dominicana décadas después con la hija de Elena. La idea no es mala, allá donde hubo fiesta y juventud, solo queda culpa y decrepitud. Pero por mucho maquillaje que le echen a las protagonistas —aún así, las actrices se dejan literalmente la piel —, la decisión de casting es muy arriesgada. Clara Galle tiene 23 años y Alícia Falcó, la actriz que interpreta a su hija, tiene solo un año menos. Así, entre pelucas y postizos, se enturbia de artificialidad una conclusión que, por lo demás, propone preguntas bien interesantes sobre los límites del amor familiar incondicional y la posibilidad de expiar la culpa. Planteado de otra manera: ¿Merece la pena disfrutar de las mieles del éxtasis nocturno, a cambio de arrastrar luego la culpa y el desconcierto de la resaca? Esta pregunta, curiosamente, se aplica para los personajes, pero también para la desigual progresión de la propia serie. Y la respuesta recae única y exclusivamente en cada uno de los espectadores. Como bien saben las Arbizu, se trata de una cuestión de fe.

Share this post: