Crítica de 'One Piece': aciertos y errores de una adaptación con mucho que demostrar pero muy poco tiempo para hacerlo
2026-03-11 - 16:43
Todos los ojos están puestos en Netflix. La expectación era tanta que incluso la plataforma experimentó caídas en su estreno. No es casualidad: regresa la adaptación a imagen real de One Piece, una de las historias de aventuras más exitosas de todos los tiempos, el manga creado por Eiichirõ Oda, que luego se convertiría en una espectacular serie de animación o anime. Un relato que cuenta con millones de fans en todo el mundo, quienes siguen emocionados las historias de Luffy, Zoro, Sanji, Nami, Usopp, Chopper y el resto de la tripulación de los Sombrero de Paja. La adaptación en carne y hueso de historias de animación japonesa ha tenido una compleja historia reciente. Netflix parece estar empeñado en hacerse con este mercado, a pesar de haber tenido algunos fracasos y cancelaciones, como el live action de Cowboy Bepop o el de Death Note. Detrás de este interés hay varios motivos. Principalmente, la capacidad de crear contenido original de productos que ya tienen una increíble base de seguidores, con lo que se aseguran atención inicial. Pero también, el inicio de negociaciones para obtener la exclusividad de la explotación del material primigenio, forzando así a suscribirse a su plataforma a cualquiera que quiera continuar viendo su serie favorita. En el caso de One Piece, Netflix ha aprendido ciertas lecciones. Entre ellas, quizás la principal, incluir al creador en la producción ejecutiva del nuevo proyecto. Eiichirõ Oda ha estado muy involucrado en el desarrollo de estas dos temporadas, tanto en la elección del reparto como en la promoción o en la producción (o, al menos, muy involucrado para el secretismo que envuelve siempre a un hombre que jamás muestra su rostro). Pero, ¿qué tal les está saliendo el plan por ahora? ¿Qué retos tienen por delante? ¿Merece la pena ver esta adaptación? Aciertos: tono, ambientación y personajes Empecemos con lo bueno. Si esta versión de One Piece no se ha cancelado todavía, es porque, evidentemente, tiene un buen puñado de aciertos. Diría, para empezar, que el reparto sujeta prácticamente todo lo demás. Iñaki Godoy, Taz Skylar, Emily Rudd, Mackenyu y Jacob Romero son una gozada. No solo sus físicos o sus personalidades nos recuerdan constantemente a los personajes animados, ellos han sabido también, desde sus interpretaciones, suplir las carencias que un mundo tridimensional impone. Muestran profundidad donde antes no la había, compensando quizás la comedia o espectacularidad de las páginas a las que tienen que dar vida. Hay un gran trabajo de ambientación que rodea siempre a este tipo de proyectos, y en One Piece no es menos. La inversión en maquillaje, peluquería, vestuario y decorados de calidad suele defenderse, ya sea por razones económicas (sigue siendo razonablemente barato construir un barco, en comparación con el coste de diseñarlo digitalmente sin parar), o porque es la puerta de entrada más clara para el espectador a la hora de sumergirse otra vez en mundos que ya conoce. En cualquier caso, esta segunda temporada tiene grandísimos escenarios que hacen que el visionado sea hipnótico y uno pueda pasar horas buscando referencias ocultas. No es un logro cualquiera, sabiendo lo mucho que Oda se esfuerza en diseñar bien su universo. Por último, la serie en esta segunda temporada es capaz, una vez más, de encontrar con exactitud ese tono que siempre ha identificado a One Piece, en el que se pasa con ligereza y eficacia de la comedia más absurda a la emoción más punzante. Hay tontería, pero también hay drama, hay diversión junto a momentos de angustia. No era fácil, pero han dado en el clavo. Fallos: limitaciones claras y falta de identidad propia Sin embargo, hay elementos que, por desgracia, impiden (y me temo que lo harán siempre) que esta serie sea relevante o cumpla una función mayor que la de aplacar cierta melancolía. El primero de ellos es la incapacidad de mostrar, con efectos prácticos, actores de carne y hueso o creaciones digitales, todo lo que ha diseñado la mente de Oda. No necesito irme a la forma en la que Zoro usa las espadas, ni a los gags físicos que son imposibles de replicar (¡las caras, la expresividad!) o a la violencia que no está ni se espera en un producto tan familiar (¡más sangre, hace falta más sangre!). Vale con pensar en las complexiones de los personajes. Callum Kerr hace un buen Smoker, pero ¡es bajito! ¡No intimida tanto y jamás podrá hacerlo! Estamos acostumbrados a gente de dos metros y medio, que no abunda en la vida real. Tampoco consigue ni conseguirá jamás esta traducción del material original obtener las dosis de emoción que conseguía el manga, y especialmente el anime. Es un tema de formato. Si el anime puede ofrecer cien capítulos para entender quienes son Kuma y Bonnie, aquí podremos contar con dos o tres como mucho. Es decir, miles de minutos menos para conocer a un personaje y enamorarnos de él o de ella. La única razón por la que seguimos celebrando ver a Chopper, o a Dorry y Brogy, es porque ya sabemos quienes son. Si no supiésemos nada de One Piece y esta fuese la primera vez que nos encontramos con este mapache reno, nos daría exactamente igual. Para contrarrestar todo esto, hay dos opciones. La primera, más anodina, es intentar hacerlo lo mejor posible en la copia y mostrar Grand Line, o Little Garden, o Drum Island entre la exactitud y, sencillamente, lo que se puede hacer, consiguiendo en la mejor de las ocasiones un aprobado general por todos aquellos que solo quieren repetir una experiencia y, en el peor de los casos, una decepción por no cumplir nunca con las altísimas expectativas. La segunda opción, más estimulante, es ofrecer algo nuevo. Contratar autores que, con inventiva y cinematografía, sean capaces de mostrarnos todos estos universos y personajes como nunca los habíamos visto antes. One Piece ha elegido la aburrida. Pongo un ejemplo. El señor de los anillos. Cuando Peter Jackson adapta la obra de Tolkien, las referencias son pocas. Algunos dibujos e ilustraciones por aquí, aquella película de animación por allá, pero nada muy sólido en el imaginario colectivo de los fans del libro. Gracias a ese lienzo en blanco, Jackson hace lo que le da la gana, permitiendo que la imaginación de todos los fans de la Tierra Media vuele. Coge su experiencia como director gamberro y crea unos orcos únicos, unos parajes propios y unas respuestas visuales innovadoras a lo que antes solo eran palabras. Luego, llega El hobbit. Y se rumorea que puede ser una película dirigida por Guillermo del Toro, una nueva visión a este universo, un cuento de terror. Pero a alguien le entra miedo y dice: no, hagamos lo mismo. Mismo director, una trilogía, mismo aspecto. Y se da luz verde a tres películas que no ofrecen nada diferente. Que no emocionan. Porque cuando algo funciona, la industria se confunde y cree que, en vez de experiencias originales, buscamos lo mismo una y otra vez. Los espectadores queremos emocionarnos. Si lo único que tenemos para ello es un pastiche de algo que ya hemos visto, lo aceptaremos. Pero preferiríamos algo propio. Y, por desgracia, el live action de One Piece no tiene nada de original. Carece por completo de identidad. Entiendo que esto es un tema complejo, porque hay quien quiere que este tipo de adaptaciones sean un calco de lo que ya han visto y, de hecho, se suele llamar al boicot si no se cumplen las expectativas de los seguidores más tóxicos. Pero creo que este no solo es un profundísimo error, sino también una condena como espectadores. Nunca nos ofrecerán comida visual de calidad si celebramos lo procesado. Ojalá llegue un futuro en el que Netflix permita que diferentes voces jueguen con esta aventura pirata. Incógnitas de futuro Este live action vive con una maldición particular: existe pendiente de su futuro. Los que lean los cómics o vean los capítulos de la serie animada sabrán que necesitaremos décadas para alcanzar el presente de esta historia. Es injusto y difícil para una obra audiovisual vivir con esa clase de presión, sin duda, pero uno no puede dejar de preguntarse qué ocurrirá. ¿Detendrán el rodaje dentro de unos años? ¿Cambiarán de actores? ¿Llegará por fin el turno de proponer otro desenlace y darle vida propia a este producto? Sea como sea, estaremos atentos. Solo por la posibilidad de sentir una pizca de lo que vivimos antes. Porque nosotros, también estamos atrapados en este barco llamado nostalgia.