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Crítica de 'Proyecto Salvación': Ryan Gosling, el sol que más calienta en una maravillosa odisea

2026-03-27 - 13:20

No fui un niño muy cautivado por E.T., seguramente porque vi demasiado tarde tanto esa película como toda la hornada ochentera de aventuras de chavales que entablan amistad con seres fantásticos o de otro planeta, hallando en ellos una conexión especial que con sus iguales les resulta ajena. Eran historias con efecto esperanzador, para aprender que, por muy solo que te sientas, siempre existirá allá fuera la posibilidad de conectar y ser visto en una amistad duradera; solo hace falta no rendirse y buscarla en los lugares más insospechados. Quizás dice mucho del estado de nuestro devenir, empujados por el capitalismo individualista al aislamiento social furibundo (en España, una persona de cada cinco sufre soledad no deseada, según la Fundación ONCE), que ese tipo de relato reconfortante que hace unas décadas se dirigía al público infantil ahora se oriente a espectadores por encima de la treintena y además sea una de las mejores películas del año, con madera de clásico generacional. Proyecto Salvación evoca el añejo espíritu Amblin de asombro ante lo desconocido y defensa de los buenos sentimientos sin apoyarse en reciclajes nostálgicos ni distanciarse con cinismo posirónico. Es genuina como película de ciencia ficción que trata sobre la muerte del Sol y plantea angustiosas preguntas existenciales en el espacio profundo, pero al mismo tiempo te calienta el corazón como un abrazo. Una pirueta conceptual con 200 millones de dólares de presupuesto que necesitaba dos especialistas en misiones improbables como Phil Lord y Christopher Miller al frente para salir bien, aunque aquí no firmen uno de sus habituales guiones multicapa. No hay necesidad, dan flow y ponen en imágenes un libreto con certificado de eficacia: Drew Goddard adaptando un libro de Andy Weir; repetición del dúo de Marte (The Martian) (2015), de la que persisten no pocos estilemas. Si aquella pilló a Ridley Scott con el piloto automático de la solvencia parpadeando, los directores de La LEGO película (2014) se crecen en la construcción de imágenes de plasticidad cósmica para lo que en esencia es un estudio de personaje: Ryland Grace, el astronauta que despierta solo en una nave espacial a años luz de la Tierra, único superviviente de una misión desesperada para salvar el planeta. Para impulsarse, el combustible de Proyecto Salvación es una de las fuentes de energía renovable más poderosas del universo conocido: el carisma de Ryan Gosling. El actor sostiene la película al completo en su papel de astrofísico con piel de profesor de colegio, inseguro en las relaciones terrestres (por mucho que Sandra Hüller le regale una escena de karaoke) pero que, enfrentado a la inmensidad estelar, empleará el trabajo físico y científico como vía de comunicación interespecies con una facilidad que ruborizaría a la Amy Adams de La llegada (2016). Efectos artesanales tan adorables que despertarían simpatía por un canto rodado redondean la odisea emocional de Lord y Miller, un relato de confort afectivo para seguir creyendo que, si el mundo se acaba, queda la calidez de los otros.

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