Crítica de 'Scarlet': Mamoru Hosoda se pasa a la épica reescribiendo 'Hamlet' en el infierno
2026-02-27 - 12:13
Siempre afable y siempre modesto (al menos, comparado con otros directores japoneses de animación), Mamoru Hosoda ha pasado casi cinco años trabajando en esta película. Lo cual hace ver que tras la aparente discreción de buena parte de su carrera latía una ambición oculta, de las que dejan a otros cineastas en mantillas. Una ambición que ya podía intuirse en Belle (2021) y que, como entonces, se apoya en una historia conocida para saltar más allá. Porque, si aquella película partía de La bella y la bestia para explorar asuntos mucho más terrenales, aquí el director sube la apuesta con una reescritura de 'Hamlet' ambientada en el infierno (o el purgatorio, según se mire) donde el príncipe de Dinamarca es una princesa y donde la sed de venganza va más allá de la muerte. Ahí queda eso. Tras descartar los chistes fáciles a cuenta de Chloé Zhao y los Oscar, toca pasmarse con este viaje viaje a un mundo tan ciclópeo como reseco, cuya imaginería está más cerca de los cómics de Kentaro Miura o los juegos de Hidetaka Miyazaki que de Summer Wars o Mirai, mi hermana pequeña. Si aquellas películas, y otras del mismo autor, tenían un pie en lo cotidiano y otro en el apocalipsis, Scarlet se lanza a lo segundo sin pensárselo dos veces. Paisajes desolados y aparentemente infinitos, océanos suspendidos en el cielo, apabullantes escenas de masas y combates con su buena dosis de gore son los primeros peldaños de una escalada que culmina en un dragón cadavérico cuyas apariciones dejarán boquiabierto a más de uno. ¿Y Shakespeare, qué pinta en todo esto? Pues muchísimo, empezando por la forma en la que Hosoda reimagina a sus personajes: desde Claudio y Gertrudis a Rosencrantz y Guildenstern, las figuras de Hamlet aparecen aún más obsesivas, aún más encerradas en los parámetros de una tragedia a la cual las murallas de Elsinore se le han quedado tan pequeñas como ese "ser o no ser" que aquí cruza a veces las fronteras del horror cósmico. Y en eso último está la clave: Scarlet no se conforma con llevarse a Shakespeare al inframundo. En vez de eso, y mediante un agudo respeto, Hosoda hace que el original se mire a sí mismo y cuestione sus valores: el honor, la obsesión, los pensamientos que han de ser sangrientos o no ser nada. Es ahí donde descubrimos que el director ha renunciado a muchas cosas, pero no a la fe en la humanidad. Otra cosa es que la película triunfe en el desafío que se impone a sí misma. Los experimentos de Mamoru Hosoda con la animación digital, así como la ambición de una trama y una puesta en escena empeñadas en ir siempre más allá, seducirán a algunos y harán opinar a otros que al director se le ha ido la pinza. Pero nunca que le ha faltado valor para ponerse (y ponernos) a prueba. En plena temporada de premios, cuando toca hablar de cintas que han jugado a lo seguro para caer bien ante jurados y comités, 'Scarlet' ofrece ambición a raudales y pasiones a corazón abierto. Algo que se agradece, aunque a veces uno eche de menos al difunto Yorick (o los sepultureros, ya que estamos) para reírse de tanta seriedad post mortem.