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Crítica de 'Torrente presidente': el taquillazo que nos merecemos como esperpento de la España del siglo XXI

2026-03-13 - 16:23

Desde el franquismo sociológico original al gilismo marbellí de la segunda, pasando por el turbocapitalismo aguirrista de Eurovegas, la política siempre ha estado presente en la saga Torrente, pues con ella Santiago Segura se ha convertido en implacable retratista de la degradación moral de un tiempo y un país. Sin embargo, en las anteriores entregas, su presencia se maquillaba por la estructura narrativa elegida. Había siempre una excusa genérica (el vigilante, las películas de atracos, el noir), a la que se le unían gags que tenían como principal pegamento sorprendentes cameos de celebridades patrias. Torrente presidente es fiel a la saga, pero va un poco más allá. No parece casual, porque nada lo es en el universo torrentiano, que el filme se abra con una escena de animación al ritmo de Habla, pueblo, habla, icónica canción del grupo Vino Tinto con la que se anunciaba el referéndum de 1976. Es el preámbulo a una enmienda a la totalidad del cacareado Régimen del 78, pues la mera posibilidad de que José Luis Torrente alcance la presidencia del gobierno de España solo encuentra explicación en un decadente panorama social. Para hacerlo, por primera vez, Segura no se decanta por un género americanizado, sino que pretende homenajear algo tan patrio como la españolada transicional, una de sus grandes e innegables influencias. Torrente presidente es su película más ozorista, y tranquilamente podría haber tenido como matriz una obra maestra como ¡Que vienen los socialistas! (1982) sustituyendo a los del puño y el clavel por los "de la caja". No es la única novedad. Al margen de la renovación generacional de personajillos que encarnan Willy Bárcenas o el Pequeño Nicolás, hay todo un catálogo de cameos que funcionan con un significado duplicado: el de su propia naturaleza y el del político de turno al que representan. Hay algunos gloriosos, como Brianeitor haciendo de Pablo Echenique o Bertín Osborne de Pedro Sánchez. Reparte contra todos, pero no en cantidades similares. Recibe mucho el partido de Abascal, y esa tipología de personajes que han medrado alrededor de la nueva derecha ultracentrista o cipotuda, y le sigue en crítica el PSOE. A Podemos y Sumar les toca menos, pero con saña, y contamos pellizquitos de monja contra el PP. La cerecita a la "parodia satírica", como define el director el filme en sus títulos de crédito, llega con el guiño a los fans que supone el regreso de viejas conocidas como Esther Cañadas o Neus Asensi. Por cierto, en una película que busca con esfuerzo hercúleo la incorrección política, son las mujeres las mejor paradas en el pimpampum de Segura. Un último apunte. Probablemente sea la película con más periodistas (o estrellas televisivas, mejor dicho) en pantalla de la historia, con desfile al completo de la productora Atresmedia, de Carlos Herrera a Pablo Motos, pasando por Juan del Val o Iñaki López. A ellos se les ve divertidísimos participando de la broma. Con cierta inconsciencia de que, si las cosas nos van como nos van, y nos van regular, en parte también es por su colaboración activa. Porque tras un tercer acto algo falto de ritmo humorístico, llega un desenlace que no puede resultar más desolador: somos marionetas en ese teatrillo de "glamur chotuno" que es España. O, si se quiere, y por seguir con el símil del espectáculo callejero, casi tres décadas después de su primera aparición pública, nos guste más o menos, la saga Torrente se ha convertido en el Callejón del Gato, el gran espejo deformante y creador de esperpentos de la democracia española del siglo XXI. Y su reflejo, como el de Valle-Inclán, es pavoroso.

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