Crecer en el sistema de acogida, la única salida con futuro para muchos menores: "Volver a casa no era una opción"
2026-02-01 - 07:45
Nissrin tenía apenas nueve años cuando entró en un centro de acogida con su hermana mayor. "Sufríamos maltrato por parte de nuestra madre y lo notaron en el colegio", cuenta la joven, que ahora tiene 20 años. Habla tranquila, directa y con la determinación de quien tiene las cosas claras. Pasar a formar parte del sistema de acogida, dice, es lo mejor que le pudo pasar. "Volver no era una opción", sentencia. Los últimos 11 años de su vida, su adolescencia, no han sido habituales para una chica de su edad. Aunque ella asegura que, pese a todo, nunca se ha sentido tan diferente al resto. Tiene a sus amigas, sigue estudiando y sueña con tomar las riendas de su vida, viajar y tener un trabajo estable. "Lo normal", asegura. La joven cuenta su historia a 20minutos desde una de las oficinas de Aldeas Infantiles, una entidad que proporciona un hogar y un entorno familiar a aquellos niños que no pueden vivir con sus padres. A través de sus programas, Nissrin no solo ha tenido la opción de salir de una situación de violencia, o del "caos", como ella dice; sino que también ha podido crecer en un ambiente amable y atento a sus necesidades, con profesionales que la han acompañado y ayudado a formarse y, poco a poco, a ser independiente. Gracias a eso, afrontar la vida sola le da mucho menos vértigo. El sistema se rige por "Aldeas", que es como denominan a cada vivienda en la que viven entre seis y siete niños y jóvenes de 7 a 17 años, atendidos por un equipo de coordinadores, educadores y auxiliares educativos. El objetivo es intentar que el ambiente sea "lo más parecido a un hogar" y que estos niños puedan crecer en un espacio que les proteja y supla, en la medida de lo posible, ese vacío que deja la ausencia familiar, según detalla el director del Programa de Jóvenes de Aldeas Infantiles, Juan José Cerviño. "Tengo muy buenos recuerdos de la Aldea, tanto de mi infancia como de adolescente. En mi segunda casa conecté mucho con una educadora, a la que prácticamente consideré mi segunda madre y con la que todavía mantengo la relación", relata Nissrin, o 'Nis', que es como se hace llamar. La joven madrileña rememora uno de sus mejores recuerdos, cuando esta educadora se llevó a ella y a su hermana de vacaciones durante un verano entero. "Con su propia familia, como si fuésemos una más", dice. Esta educadora fue una de las figuras de referencia que influyeron en el desarrollo y crecimiento como persona de Nissrin, que pudo hacer todo este camino de la mano de su hermana. "Que no nos separasen y que pudiese vivir con ella fue muy importante. Es mi gran apoyo, la persona más cercana y quien más sentía que me podía entender porque estábamos viviendo la misma situación", explica. Su historia es diferente a la de Fátima, que sí que tuvo que separarse durante un tiempo de sus dos hermanas pequeñas. "Entré a la Aldea con 10 años, porque mi padre un día se fue y mi madre no podía mantenernos a mí y a mis dos hermanas pequeñas, que tenían seis y tres años", explica la joven de 20 años. Antes de llegar ahí, estuvieron dos años en un centro de monjas de Pozuelo (Madrid). "Allí nos separaron porque no tenían la misma política". No fue hasta que llegó al segundo centro cuando pudo empezar a vivir como una niña de su edad. Un lujo que no había podido permitirse, pues ya con siete años cuidaba de sus hermanas pequeñas. "Yo, antes de llegar, era la madre de mis hermanas. Ahí pude tener esa infancia que nunca disfruté antes de entrar. Pude jugar, estudiar, hacer el deporte que más me gustaba, que es el atletismo, acabar la ESO, el Bachiller... ". De niñas a adultas de golpe Cumplidos los 18 años, Aldeas Infantiles ofrece varias opciones a los chavales. Hay algunos que deciden emprender su propio camino. Ella decidió seguir estudiando. Eso sí, siempre bajo unos requisitos, como ocurre también en las familias: aprobar los exámenes y contribuir en las tareas de casa. "Estoy estudiando un grado superior de administración y financias que me gusta bastante. De momento llevo muy buenas notas y tengo pensado seguir estudiando, lo más probable que un grado universitario", asegura Nissrin. Pero la seguridad con la que habla no siempre estuvo ahí. Cumplir la mayoría de edad fue uno de los cambios más difíciles que tuvo que afrontar. El sistema está hecho para los menores y normalmente una vez alcanzan los 18 años, los jóvenes acaban sumiéndose en una mayor desprotección que les aboca a tener que dejar los estudios para ponerse a trabajar. Aunque no es el caso de Aldeas Infantiles, que tiene un programa para adultos jóvenes, mediante esos "pisos de emancipación" que gestionan para facilitar la transición a la vida adulta. Tanto Fátima como Nissrin destacan esta etapa como la más dura. El silencio repentino, después de años rodeados de niños y educadores, es a lo que más les costó acostumbrarse. "Lo más difícil fue encontrarme sola. Es un cambio muy brusco, porque pasas de estar en la Aldea 24 horas acompañada, a un piso en el que ya eres adulto y te tienes que manejar tú solo. Es un gran choque pasar de eso a un silencio que anteriormente directamente ni existía", recuerda Nissrin. También Fátima describe ese año como complicado. Lo peor, dice, fue alejarse de sus hermanas. "También verme en una casa yo sola de repente", dice. Al cumplir los 18, ella no optó por uno de los "pisos de emancipación" de la ONG y decidió irse por su cuenta, alquilando una habitación. Era adulta. De golpe tuvo que aprender a hacer la compra, ir al médico sola, gestionar su dinero y organizarse el tiempo. "Al principio lo pasé bastante mal, pero luego me fui acostumbrando, poco a poco". "Tener una vida normal, por fin" Fátima estudia un grado universitario de Biología, aunque en realidad sueña con ser veterinaria y espera poder gestionarlo para cambiarse de carrera el año que viene. "Sacarme la carrera y tener un futuro feliz trabajando con perritos y gatos. No sé, tener una vida normal por fin, la verdad", confiesa. El haber sido capaces de superar esa fase es algo que, por otro lado, les ha dado fuerza a ambas para enfrentarse al mundo solas. "Ha habido días mejores y peores, pero he visto que soy capaz de desenvolverme, hacer una vida nueva, con nuevos amigos, nuevos estudios...", celebra Nissrin. También ella quiere seguir estudiando en la universidad. Quiere viajar, "hacer el Erasmus", y "conocer nuevos lugares". "Supongo que encontrar un buen trabajo e independizarme ya del todo de la aldea. No sé, lo normal, yo creo". Casi 52.000 menores en el sistema de protección Un total de 51.972 menores se encuentran viviendo bajo el sistema de protección en España, un 1,5% más que hace un año, según el último Boletín de datos estadísticos de medidas de protección a la infancia y la adolescencia, del Ministerio de Juventud e Infancia. Por tipo de acogimiento, están bastante repartidos entre el familiar (51%) y el residencial (49%), aunque el objetivo es que cada vez haya menos niños viviendo en centros. La Encuesta FEPA 2024, el principal observatorio estatal sobre juventud tutelada y extutelada en España, evidencia que la juventud tutelada y extutelada es la que más compagina estudios y empleos. La proporción de jóvenes extutelados que son "sísís" (porque trabajan y estudian), se ha triplicado en una década en España, pasando del 7,3% al 22,8%, situándose a más de seis puntos de la media estatal.