Crisis de la lectura
2026-03-06 - 18:33
En 1892, poco antes de morir, José Zorrilla escribió el poema 'La ignorancia'. Empieza: «Somos doce millones de españoles/ que no sabemos leer. ¡Dato inaudito!/ Si aún nos queda valor, honra y vergüenza,/ es menester probarlo o desmentirlo». España tenía entonces dieciocho millones de habitantes. Más del 65 por ciento sería analfabeta. Zorrilla pregunta sobre un país ignorante: «¿Qué han hecho en sesenta años de progreso/ y libertad maestros y ministros? [...]/ Creó el gobierno la instrucción primaria,/ reclamó el clero la instrucción del niño,/ centros y clubs la del obrero pobre,/ los sabios jesuitas la del rico,/ la del centro burgués los escolapios,/ y cientos de hermanitas y hermanitos,/ por santos institutos y conventos/ con objeto tan santo repartidos [...]. ¡Y aún hay doce millones de españoles/ que no sabemos leer! ... Pues... es un mito». Si tantos españoles no sabían leer, cabe preguntarse por la posibilidad de éxito de la literatura. Los profesores, ante una novela o un poema, prescindimos de quienes podrían o no leer los libros y jamás observamos cómo ciertas obras literarias se hicieron populares. Sin embargo, parece necesario explicar, por ejemplo, cómo leían quienes marcharon a explorar y conquistar las Indias. Irving Leonard, en 'Los libros del conquistador', subraya que aquellos hombres incrementaban su ardor recordando las aventuras de caballerías. ¿Si los distintos amadises encandilaban a los conquistadores, qué no sería escuchando los combates de sus camaradas frente a los araucanos, que poetizó Ercilla? Tal vez los capitanes de aquellas empresas supieran leer y escribir como Hernán Cortés (no sólo firmar), pero qué decir de sus jóvenes combatientes, primero forjados en las guerras de Granada o de Italia, luego en su mayoría ya mestizos, y pocos versados en letras unos y otros. Aquellas aventuras literarias las conocían de oídas porque se leían en voz alta. Cervantes, en 'El Quijote' daba una pista importante: «Cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí las fiestas muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno de estos libros en las manos y rodeámonos del más de treinta y estámosle escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas». Páginas después el cura leerá a los clientes de la venta 'El curioso impertinente'. Maxime Chevalier cita a Juan de Arce quien, el año 1560, afirmaba que «en Sevilla hay oficiales que, en las fiestas, a las tardes, llevan un libro desos a las Gradas y le leen, y muchos mozos y oficiales y trabajadores, que habían de jugar o reñir o estar en la taberna, se van a oír y, si fuese menester, pagarían a maravedí por que los dejasen». Duda el hispanista francés del testimonio, al no parecerle el exterior de la catedral lugar idóneo para seguir una lectura. Sin embargo, no es imposible que, en aquellas gradas donde esperaban el paso del tiempo desesperados, alzados, homicidas y jugadores, deseosos de acogerse al refugio y amparo de las Indias, no hubiera un aparte para escuchar a algún otro desgraciado una lectura emocionante que condujese a un mundo ideal. La lectura en voz alta para un grupo en su mayoría analfabeto era costumbre desde la antigüedad y por ella se explica la difusión de ciertas obras literarias. Las novelas de caballerías y las epopeyas no eran sólo del gusto de «hombres cultos y serios», porque eso no justificaría las numerosísimas novelas impresas ni el número de ediciones, muchas veces en ejemplares fácilmente portables. Leonard ofrece en su libro retazos de un panorama significativo. Rodríguez Lobo relata que un joven militar se defiende de quienes lo acusan de imprudente porque «no hice la mitad de lo que cada noche leéis de cualquier caballero de vuestro libro»; Melchor Cano se queja de que algunos imaginan las batallas «así como las leen y oyen...»; incluso en los barcos, durante la travesía, algunos viajeros, afirma Leonard, «leían en cualquier rincón; otros lo hacían en voz alta, entre un corro que seguía con interés». Sólo así se justifica que los libreros enviaran a América miles de volúmenes de todos los géneros, aunque se repita lo contrario. La afirmación de que los libros no religiosos no se difundían allí es desmentida por los albaranes de las librerías. La legislación era lapsa. En 1895, el drama de Joaquín Dicenta 'Juan José' se abre en una taberna donde un obrero, dificultosamente, lee a otro un periódico. En muchas fábricas no era raro que los trabajadores pagasen el salario de un lector que, mientras laboraban, les leyese. Fue habitual en las fábricas de tabaco cubanas y Ramiro de Maeztu , en su juventud, trabajó de lector en una de ellas. Hobsbawn escribió sobre la formación política de los zapateros, pues estos trabajadores, como los sastres, instituyeron el lector en sus talleres. Un senador socialista por Málaga en las primeras cámaras tras la dictadura recordaba que, siendo él niño, las muchachas de servicio bajaban a la portería del edificio, «tras terminar con la loza», donde el portero les leía el capítulo de la novela por entregas. En los años sesenta fui testigo de cómo, en un cortijo gaditano, al caer la noche, a la luz de un petromán, en la gañanía donde se alojaban los trabajadores temporeros, el capataz les leía una novela. También existen lecturas privadas. A Carlos V le gustaba que le leyeran novelas de caballerías. El secretario del cardenal sevillano Niño de Guevara le leía novelas, como las primeras versiones de 'El celoso extremeño' y 'Rinconete y Cortadillo'. Una novela moderna, 'La lectora', de Raymon Jean, sigue el trabajo de una mujer que lee a domicilio. En la misma línea está el drama de José Sanchis Sinisterra 'El lector por horas'. La lectura familiar se ha mantenido largamente. En países de mayoría protestante era costumbre que el padre leyera a la familia páginas de la Biblia. La lectura colectiva altera lo que se denominó «campo literario». Así, la cita de algún fragmento no puede constituir un rasgo de distinción. El panorama resulta hoy alarmante, escasa lectura individual y menos colectiva. Casi vencido el analfabetismo, existe un alfabetismo limitado a la lectura de anuncios o rótulos, y los teléfonos celulares crearon la dificultad de leer textos de más de 200 palabras. ¿Existirá un futuro sin lectura, tal vez la conocida distopía de Bradbury?