Cuando curar enferma: el día a día al límite de los médicos de guardia
2026-02-27 - 09:43
Salió del hospital temprano, con el sol todavía bajo. En una guardia de 24 horas había dormido una hora. Una. Lo dice así, sin dramatizar. Cruzó un paso de cebra y casi la atropellan. «Desde entonces salgo de las guardias mucho más alerta, siendo consciente de que estás en un estado que parece que vas borracha, no tienes reflejos», cuenta Luciana Nechifor, médico residente de 26 años de edad. Otro día, recuerda, se cayó por las escaleras. «De todas las guardias se sale destruido. Te vas a casa, duermes, te levantas y discutes con todo el mundo. O lloras. Los ritmos circadianos, la comida... todo está afectado. Esto pasa varias veces al mes. En enero tuve seis guardias. Nunca te acabas de recuperar». El estudio Ikerburn , presentado por la Organización Médica Colegial, lo pone en cifras: el 93,9 por ciento de los médicos jóvenes encuestados muestra síntomas de desgaste profesional en al menos una dimensión, y más de la mitad cumple criterios de « burnout completo»: agotamiento emocional, despersonalización y baja realización personal. Dos de cada tres médicos jóvenes refieren insomnio o alteraciones del descanso; el 38 por ciento recurre a ansiolíticos, alcohol u otras sustancias como estrategia de afrontamiento; uno de cada cuatro ha necesitado una baja laboral vinculada al agotamiento. Y no son solo los jóvenes, por supuesto. Hay médicos veteranos que describen el desgaste como algo que se te instala sin pedir permiso. Ignacio Domínguez, jefe de sección de Cirugía Ortopédica y Traumatológica en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid, lo dice con una frase que duele precisamente porque suena cotidiana: «Me han dicho que tengo estrés crónico. Me han hablado de burnout , de cardiopatía isquémica, de hipertensión... y yo lo he normalizado». El médico que te opera con manos firmes puede estar sosteniéndose a sí mismo con alfileres. «Queremos sanar sin enfermar», dicen los profesionales movilizados contra el Estatuto Marco del ministerio. El lema, repetido en las protestas de facultativos, resume una denuncia: jornadas y ritmos de trabajo extremos que acaban enfermando a quienes deberían cuidar. Su empeño va más allá de una reivindicación laboral: defienden que la calidad asistencial depende de la salud del médico –«sin médicos no hay sanidad»– y que para atender bien hay que poder trabajar en condiciones dignas. Una encuesta de la OMS en Europa sitúa en España síntomas compatibles con depresión en alrededor de un 24 por ciento de los médicos y síntomas compatibles con ansiedad en torno a un 28 por ciento. Más del 10 por ciento ha tenido pensamientos de suicidio o autolesión. Para el paciente, muchas veces esto es invisible, hasta que deja de serlo. Cuando el médico no mira a la cara, obligado también por la carga burocrática que debe realizar durante la propia visita médica; cuando se equivoca; cuando parece distante, entonces el enfado del paciente cae donde cae: en quien tiene delante. «Si tú llegas a la consulta y me ves con una hora de retraso, te quejas. Pero no vas al ministro: te quejas al médico», admite Carmen Truyols, que, además, ha estado «en el otro lado» como familiar de un trasplantado. Y remata: «Cuando un médico hace cien horas semanales, es más fácil que se confunda. Eso es así. Y si esa confusión te toca a ti empeora tu tratamiento». Porque un sistema que empuja a sus médicos al límite acaba empujando al límite también a quienes van a curarse. Carmen Truyols, anestesióloga, lo resume en una anécdota que pudo acabar en tragedia: «Hay una escena que me persigue porque lo resume todo: salí de una guardia de 24 horas, cogí el coche y me quedé dormida en un semáforo en la Gran Vía. La gente me golpeaba la ventanilla. Lo primero que pensé fue 'la culpa es mía'. Y luego me pregunté: ¿quién me ayuda a mí si me obligan a trabajar así? Porque si yo cometo un error a las cinco de la mañana ese error lo pago yo –por dentro y también legalmente–, pero el cansancio no lo elijo yo».