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Cuando el teatro inventó “luz de gas” y el cine lo popularizó

2026-03-02 - 08:53

Hoy en día hablamos de hacer “luz de gas”, o gaslighting, para describir relaciones tóxicas, manipulaciones o formas de control emocional. Sin embargo, el término no tiene su origen en un tratado de psicología ni en un congreso médico, sino en una obra de teatro de finales de los años 30 del siglo pasado. Antes de convertirse en un concepto clínico fue el título de una obra dramática, Gas Light. El novelista y dramaturgo británico Patrick Hamilton escribió la obra y la estrenó en Londres en 1938. Ambientada en la Inglaterra victoriana, la historia gira en torno a Bella Manningham, una mujer aislada y manipulada por su marido hasta hacerla dudar de su propia cordura. Pero sin duda, el detalle más curioso e inquietante es el que da nombre a la obra. Se refiere a la luz de gas del salón de la casa, cuya intensidad disminuía cuando el marido encendía otra lámpara en el piso de arriba. Era algo lógico en las casas de finales del XIX y principios del XX, donde encender varias lámparas a la vez provocaba una caída de la presión del gas y caídas de la intensidad e incluso parpadeos. Sin embargo, el marido negaba que ocurriera tal cosa, distorsionando la realidad, llegando a dudar a la propia Bella de la realidad. Hamilton construyó un thriller de éxito hasta el punto que la obra dio el salto al cine, primero con Luz de gas (Thorold Dickinson, 1940), protagonizada por Diana Wynyard y Anton Walbrook, sobre todo con su remake, Luz que agoniza (George Cukor, 1944). Aunque el título original de ambas era Gaslight, el título de la obra teatral se separaba en dos palabras, “Gas Light”. Esta última, protagonizada por Ingrid Bergman, Charles Boyer y Joseph Cotten, tuvo un enorme éxito que ayudó a consolidar el impacto creado de una atmósfera opresiva, magníficamente logrado mediante claroscuros que lo acercan al cine negro. Una magnífica actuación de Bergman que le valió el Oscar (el primero de los tres que logró) por su interpretación. Curiosidades El productor de la versión estadounidense adquirió también los derechos de la película británica por una oscura razón. Su intención era retirar las copias de la versión de Dickinson para evitar comparaciones ya que ambas adaptaciones se basan en la misma historia. Afortunadamente no lo logró y hoy podemos ver y comparar ambas películas. La obra original estrenada en Londres en 1940 se tituló Gas Light pero cuando saltó a Broadway un año después, se decidió cambiar el título por Angel Street, haciendo referencia a la calle donde se situaba la trama aunque se perdía el símbolo psicológico de la historia. Para prepararse para el papel, Ingrid Bergman visitó a pacientes de un hospital psiquiátrico para observar y comprender a mujeres que sufrían problemas mentales, aprendiendo de sus gestos y comportamientos de cara a su interpretación. La versión de 1940 es considerada más fiel al texto original de Hamilton que el remake de 1944. Dickinson empleó técnicas de rodaje que buscaban transmitir la tensión dramática de la obra teatral, filmando desde múltiples ángulos, mediante movimientos de cámara sobre escaleras o jugando con las sombras, recordando por momentos la atmósfera de suspense de Hitchcock. El “gaslight médico” El término “gaslight” comenzó a utilizarse coloquialmente en los años sesenta, pero su reconocimiento formal llegó en 1969, cuando los psiquiatras Russell Barton y J. A. Whitehead publicaron el artículo The Gas-Light Phenomenon en la revista médica británica The Lancet. En él describían casos de pacientes que padecían trastornos graves inducidos deliberadamente por sus parejas o familiares. Lo que Hamilton había dramatizado tres décadas antes era identificado ahora como patrón clínico cuyas características habituales eran la manipulación sistemática, aislamiento y negación reiterada de los hechos, erosionando la confianza de la víctima y creando una progresiva inseguridad mental. Aunque no ha habido nuevos remakes desde la producción de Cukor, el cine ha retomado con frecuencia un argumento similar. De diferentes formas se ha mostrado ese maltrato psicológico como en La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968) o Durmiendo con su enemigo (Joseph Ruben, 1991). Incluso en El hombre invisible (Leigh Whannell, 2020), la invisibilidad actúa como medio hasta hacer que nadie crea a la víctima. Más recientemente, en La apariencia de las cosas (Shari Springer Berman y Robert Pulcini, 2021), la manipulación hace que la mujer dude de los extraños sucesos que ocurren en su casa. Además en la película protagonizada por Amanda Seyfried incluye un guiño al término original, cuando uno de los espíritus se manifiesta con el olor a gas.

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