¿De dónde vendrán los niños? Ni de papá ni de mámá. Llega la biología artificial
2026-03-27 - 09:40
Sam Altman, el hombre que puso ChatGPT en tu teléfono, tuvo su primer hijo en febrero de 2025. Un niño prematuro, nacido por gestación subrogada, que pasó sus primeras semanas en una incubadora. «Nunca había sentido un amor así», escribió el CEO de OpenAI en sus redes sociales. Lo que no cuenta es que está financiando un puñado de empresas cuyo objetivo es hacer que la forma en la que ese niño llegó al mundo nos parezca anticuada. Porque Altman no solo fabrica inteligencia artificial ; también invierte en 'biología artificial'. Ha puesto dinero en Conception, una start-up de Berkeley que trabaja en crear óvulos humanos a partir de un trozo de piel del brazo: toman esas células, las reprograman en el laboratorio y las convierten en óvulos funcionales. Y en Genomic Prediction, una empresa que permite a los padres que recurren a la fecundación in vitro seleccionar el 'mejor' embrión según su perfil genético. Y, más recientemente, en Preventive, que quiere editar directamente el ADN de embriones humanos para eliminar enfermedades hereditarias antes de nacer. Preventive ha recaudado 30 millones de dólares. Entre sus inversores, además de Altman y su marido, Oliver Mulherin, está Brian Armstrong, el jefe de Coinbase, que según personas cercanas «consideró la posibilidad de trabajar en secreto y presentar un bebé genéticamente modificado para sorprender a la comunidad científica antes de que pudiera objetar». Como quien saca un iPhone nuevo. Un detalle: como modificar embriones para crear bebés está prohibido en Estados Unidos y la mayoría de los países occidentales, Preventive evalúa hacer sus pruebas en Emiratos Árabes Unidos , donde la regulación es más flexible. Fyodor Urnov, director del Instituto de Genómica Innovadora de Berkeley, no se anda con rodeos: «O mienten, o están delirando, o ambas cosas. Estas personas, armadas con sacos de dinero malgastado, están empeñadas en fabricar bebés a la carta». Pero la ambición de estos multimillonarios no se limita a un solo frente. Lo que está ocurriendo es una convergencia de tecnologías que dibujan un horizonte en el que la reproducción humana se desacopla por completo del cuerpo. De cualquier cuerpo: masculino, femenino, fértil, infértil, joven, viejo. La reproducción deja de ser algo que exige dos personas, sexo, embarazo. Y se convierte en un proceso de laboratorio con un menú de opciones: color de ojos, riesgo de enfermedades, cociente intelectual. Empecemos por lo más básico. Para hacer un bebé, necesitas un óvulo y un espermatozoide. Eso ha sido así desde que existimos como especie, pero varios laboratorios del mundo están trabajando para que deje de serlo. La técnica se llama gametogénesis in vitro , o IVG por sus siglas en inglés. Consiste en tomar una célula cualquiera de tu cuerpo y, mediante una serie de manipulaciones en laboratorio, 'retrocederla' hasta convertirla en una célula madre, que es ese tipo de célula polivalente capaz de transformarse en casi cualquier tipo de tejido. Una vez que tienes esa célula madre, la vuelves a especializar, pero esta vez en otra dirección: la conviertes en un óvulo o en un espermatozoide. Gametos artificiales, creados sin ovarios ni testículos. Es lo que hace Conception, la empresa de Altman, aunque no es la única. En ratones ya funciona. En 2023, el equipo del profesor Katsuhiko Hayashi, en la Universidad de Osaka, consiguió crear ratones a partir de dos padres machos. Y, en septiembre de 2025, investigadores de Oregón dieron el siguiente salto: lograron crear óvulos humanos a partir de células de piel adulta. Ojo: todavía son óvulos imperfectos, con anomalías genéticas que impiden su uso clínico, pero la prueba de concepto está ahí. Las implicaciones son vertiginosas. Cuando se perfeccione la técnica, una mujer de 60 años podría tener hijos biológicos propios. Una pareja de hombres podría tener un hijo genéticamente emparentado con ambos. Y lo más radical: alguien podría generar cientos o miles de embriones a partir de unas pocas células de piel, seleccionar el que tenga mejor perfil genético, y descartar el resto. Mientras unos trabajan en fabricar los ingredientes (los gametos), otros se centran en mejorar la receta. Porque uno de los grandes cuellos de botella de la reproducción humana, natural o asistida, sigue siendo la implantación: ese momento crítico en el que el embrión, con apenas seis días de vida y unas 200 células, tiene que anclarse a la pared del útero y empezar a desarrollarse. En la mayoría de los casos fracasa. En la fecundación in vitro, el 70 por ciento de las transferencias de embriones no llega a buen puerto. Casi cincuenta años después del nacimiento de Louise Brown, el primer bebé probeta, esa tasa apenas ha mejorado. El problema es que nadie había podido ver qué ocurre exactamente durante la implantación. Las ecografías de tu ginecólogo lo que te muestran es al feto ya desarrollado, pero esto sucede mucho antes, cuando aún no hay embarazo detectable. Y sucede en la oscuridad, sin testigos. Hasta ahora. A principios de año, dos equipos de investigación independientes –uno chino y otro británico– publicaron unos resultados en la revista científica Cell que sacudieron el campo de la medicina reproductiva: habían logrado implantar embriones humanos en un revestimiento uterino artificial, cultivado en laboratorio a partir de células madre. Dicho de otro modo: crearon un útero en miniatura dentro de una placa de Petri y filmaron, por primera vez, cómo un embrión humano se ancla a la pared uterina. El equipo británico, dirigido por el biólogo Peter Rugg-Gunn en Cambridge, extrajo células del útero de voluntarias y las cultivó con una mezcla de nutrientes, factores de crecimiento y hormonas sexuales hasta que el tejido empezó a comportarse como un útero real: formó estructuras glandulares y comenzó a secretar proteínas protectoras. El útero artificial se estaba 'preparando' para un embarazo. Cuando depositaron los embriones con una pipeta, se produjo un intenso diálogo bioquímico entre ambos. Es un intercambio de mensajes moleculares que decide si el embrión prospera o se pierde. Pero es en Pekín donde se ha dado el paso más audaz. Han logrado crear minúsculos organoides uterinos sobre un chip del tamaño de un sello de correos, y los fabricaron a partir de células de mujeres con problemas de fertilidad que habían fracasado en varios intentos de fecundación in vitro. Era, literalmente, una réplica de su útero, con sus defectos incluidos. Por primera vez podían identificar qué impedía la implantación. Y no solo eso: probaron al azar más de mil sustancias farmacéuticas sobre esos organoides y encontraron algunas que mejoraban la tasa de implantación. Es decir: esos chips uterinos podrían funcionar como plataformas para probar medicamentos contra la infertilidad a escala industrial. Un mercado potencialmente multimillonario. Y si podemos fabricar los ingredientes y mejorar la receta, ¿por qué no sustituir también el horno? Eso es, en esencia, lo que buscan los úteros artificiales. En 2017, investigadores del Hospital Infantil de Filadelfia presentaron un dispositivo llamado Extend (en inglés 'entorno extrauterino para el desarrollo neonatal'). Las fotos dieron la vuelta al mundo: corderos prematuros flotando dentro de lo que parecían bolsas de plástico gigantes, con los ojos cerrados, el corazón latiendo. El dispositivo los mantenía sumergidos en líquido amniótico sintético mientras un circuito conectado a su cordón umbilical les suministraba oxígeno. Los pulmones, demasiado inmaduros para respirar, seguían desarrollándose como si el parto no hubiera ocurrido. Los corderos sobrevivieron hasta 28 días. Hoy, esa tecnología está lista para dar el salto a bebés humanos. El objetivo no es, al menos por ahora, sustituir la gestación. Es salvar la vida de los bebés extremadamente prematuros, los que nacen entre las semanas 22 y 24. Niños que se enfrentan a tasas de mortalidad y secuelas devastadoras porque sus pulmones aún no están listos para respirar. El Extend les daría unas semanas más de desarrollo protegido. En 2023, la FDA americana convocó a un comité para evaluar los ensayos en humanos. Vitara Biomedical, la empresa que licenció la tecnología, ha recaudado más de 125 millones de dólares. No están solos. En Holanda, AquaWomb desarrolla un tanque con una bolsa de doble capa diseñada para resistir las patadas del bebé. En Japón y en Toronto, otros equipos trabajan en lo mismo. Hoy, estos dispositivos están diseñados para prematuros extremos, un uso médico difícil de cuestionar. Pero la nueva tecnología no viene con un manual de instrucciones morales. Si un útero artificial puede sostener a un feto de 22 semanas, ¿por qué no de 18? ¿De 12? ¿O desde el principio? Es lo que los expertos llaman 'ectogénesis completa': gestación íntegra fuera del cuerpo, de la fecundación al parto. Imagina un futuro en el que alguien dona una muestra de piel. De esas células se obtienen óvulos y espermatozoides artificiales. Se fecundan en un laboratorio. Los embriones resultantes se analizan genéticamente, se selecciona el mejor perfil, se corrigen los genes problemáticos y se implanta el embrión elegido en un útero artificial donde se desarrollará durante nueve meses. Un bebé humano, sano, 'optimizado'. Sin padre y sin madre, en el sentido biológico clásico del término. ¿Cuánto falta? Depende de a quién preguntes. Los científicos más prudentes hablan de décadas. Los inversores de Silicon Valley, de años. Hay quien ya cruzó todas las líneas éticas. Se llama He Jiankui, tiene 41 años, es chino y en 2018 hizo lo que nadie se había atrevido a hacer: editó el ADN de embriones humanos y los implantó antes de que nacieran. Lo hizo en secreto, sin informar a los padres de los riesgos, y usando una versión de CRISPR que otros científicos consideraban prematura y chapucera. Nacieron tres niñas. El mundo se enteró después. La condena fue unánime. China lo encarceló tres años. Parecía que su historia había terminado. No es así. Desde que salió de prisión en 2022, He Jiankui no ha parado. Su nuevo proyecto: editar embriones humanos para prevenir el alzhéimer. La motivación, dice, es personal. Su madre tiene la enfermedad y ya no lo reconoce. De momento, asegura que solo experimentará con ratones, monos y embriones humanos no viables. Pero negocia con empresarios de Sudáfrica –que en 2024 se declaró abierta al «potencial significativo» de la edición genética– para futuros ensayos con humanos. ¿Y las tres niñas nacidas de su experimento de 2018? Sus identidades siguen siendo secretas. He Jiankui dice que están sanas. El año pasado insistía: «Solo me disculparé si las niñas tienen algún problema de salud».