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De gran provocador a pésimo ministro

2026-01-28 - 06:10

Muchos españoles dicen que ya no tienen fe, que la han ido perdiendo con el paso del tiempo. Sin embargo, cada día necesitamos tener más fe para poder sobrevivir y realizar determinadas actividades. Dígame usted, si no es así, cómo decide alguien viajar hoy día en los trenes que circulan por España. Necesitamos una sobredosis de confianza para comprar un billete y subirnos a un AVE o al ferrocarril que sea. Renfe es la operadora y es la que marca la diferencia con la gestión y explotación de los trenes; mientras que Adif es la empresa pública encargada de la infraestructura (vías, estaciones). A la hora de la verdad, tanto monta una como la otra, puestos a proteger y velar por la seguridad de los pasajeros. Y tanto una como la otra, pueden provocar -si no cumplen dignamente con su cometido profesional- que nuestras vidas descarrilen y se vayan al garete en menos que choca un tren. Óscar Puente dijo el lunes que aunque la vía de Adamuz hubiese sido inspeccionada el día antes no habría sido posible evitar el siniestro. Un mensaje de inquietud que deja a los viajeros más abatidos si cabe ante sus numerosos actos de fe, porque equivale a admitir la inutilidad de la prevención y de los exámenes técnicos. La fe en el ferrocarril hay que aplicarla al viajar y confiar que todo funcionará como es debido, pero ese no es el único acto de fe que se emplea con gran frecuencia. Hay una larga lista de habituales actos de fe que si nos paramos a pensar en ellos nos entran los temblores del “baile de sambito” al ser conscientes de la absoluta fragilidad que tiene el ser humano y su obligada (y resignada) confianza en el prójimo y en el funcionamiento del mundo tecnológico. España es un país moderno pero las infraestructuras empiezan a fallar por la falta de mantenimiento y por la falta de unos Presupuestos del Estado que avalen esas inversiones. Siempre confiamos que los trenes llegarán bien y a su hora, pero también hacemos un acto de fe cuando subimos a un avión, o a un barco, o incluso a un taxi, donde ponemos nuestra confianza en manos del conductor de turno, sin conocerle de nada, sin saber siquiera si tiene carné o si los frenos del coche funcionarán correctamente. Los actos cotidianos de fe nos persiguen por todas partes. Incluso cuando comemos en un restaurante o pedimos una ensaladilla rusa con cara de pocos amigos en el bar de la esquina. Es cierto que en la mayoría de los casos lo que nos anima no solo es la confianza, sino las estadísticas puras y duras que confirman que las cosas funcionan correctamente en la mayoría de las ocasiones. Pero siempre nos preocupa la excepción, y que nosotros formemos parte de lo extraordinario. Eso ya no es fe, sino simple temor al destino o a la inquietante vida que nos toca afrontar cada día. En cambio, el temor del Gobierno es muy distinto; siempre tan preocupado de su imagen y propaganda, su principal miedo es perder el relato, no controlar lo que dice la opinión pública ni los medios de comunicación. Al Ejecutivo las consecuencias políticas le agobian más que las posibles responsabilidades jurídicas, ya que estas no serán fáciles de establecer y, además, irán para largo debido a los dilatados y manoseados tiempos de la justicia. Lo peor de esta situación dramática que sufrimos no es solo necesitar fe para subirte a un tren; lo realmente amargo es que hemos perdido también la fe en el ministro/tuitero de Transportes. Óscar Puente lucha ahora no solo para salvar la imagen del Gobierno de Pedro Sánchez, sino para recuperar una credibilidad institucional que él mismo se ha encargado de dinamitar. El ministro Puente se ha quemado con sus propias “cerillas” y con su actitud de agitador-polemista, en lugar de ofrecer la imagen necesaria y deseable de un gestor consciente de sus obligaciones. La imagen de Óscar Puente siempre estará unida a sus mensajes incendiarios en las redes sociales y a la catástrofe de Adamuz. Serán la cara y la cruz de su amargo binomio ministerial. Cuanto más tiempo permanezca en el cargo, más salpicará a la imagen del Ejecutivo y del mismo presidente del Gobierno. Cada vez que él aparezca en televisión, se pondrá en marcha en la memoria del espectador la desacreditada fisonomía de un político que fue bueno como gran provocador, pero que como gestor fue un desastre y un pésimo ministro. Es el inconveniente de querer ser bombero de día y pirómano de noche.

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