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De hombres lobo y de lobos hombre

2026-02-26 - 05:03

Hubo un tiempo no muy lejano en el que un grupo de intelectuales, encabezados por Alfred Jarry, constituyeron el Colegio de la Patafísica, una organización delirante que buscaba liberarse de la lógica y desafiar la racionalidad. Artistas como lonesco, Eco, Miró, Dalí o Cortázar rompieron los moldes de la realidad para parodiarla, dando la bienvenida a una suerte de ciencia del absurdo. Entre las soluciones imaginarias que propusieron, los animales y los hombres hibridaban en sus obras, fundiéndose en categorías fabulosas que deambulaban con apariencia de normalidad. En modo alguno pensaron que esa visión surrealista tuviera visos de materializarse en seres humanos disfrazados de bestias, berreando por las calles de cualquier ciudad. Ni en su más vasta imaginación pudieron entrever que un día llegarían los ‘therian’. Los therian no son una proyección relativista inspirada en una corriente de pensamiento estético, sino que son un subproducto de un infantilismo banal. Una de las construcciones imaginarias atribuidas a la Patafísica es el denominado "aniñamiento involuntario", una forma de regresión pueril. Pues bien, en este nuevo mundo de zoopatías y zoofilias, en el que todos los días son carnaval identitario, los therian desprecian la vieja mitología griega de los minotauros hasta convertirse en una ‘timología’ infantiloide. En clave satírica, el aragonés Javier Tomeo escribió algo más de cincuenta relatos sobre hombres animales. Algunas de esas creaciones delirantes están convencidas de que son auténticos animales mientras los demás se mofan de ellos (El hombre orangután o El hombre pingüino) y, al revés, otros apuestan por ser hombres a pesar de que la sociedad está convencida de que son animales (El hombre buitre o El hombre buey). Al igual que en la actualidad, los personajes de Tomeo desencadenan incomprensión y hasta violencia. Así, el hombre perro no llega a entenderse con el presidente de la comunidad de vecinos, el hombre cigüeña no es capaz de explicar cómo los niños vienen de París, o el hombre lobo, ante los primeros síntomas de su metamorfosis, es conminado por su interlocutor: "Tómese una aspirina. Eso es que anoche le sentó mal alguna cosa". Confieso que me gustan más los lobos hombre que los hombres lobo, muchos años antes de que La Unión descubriese el filón musical del licántropo Denis, producto de la imaginación del patafísico Vian. Con todo, propongo recorrer de nuevo el callejón de espejos cóncavos de Valle-Inclán para redescubrir los perfiles de lo grotesco y de lo subversivo. En ese tránsito hacia la distorsión no cabe el infantilismo cómico de los therian, la nada absurda que nunca debió salir del mundo del arte.

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