De la fusión de la vida con el arte en Ruth Asawa
2026-03-25 - 16:00
Ruth Asawa (1926-2013) en el Museo Guggenheim-Bilbao : primera retrospectiva de esta escultora en Europa, en coincidencia con su centenario. Cinco años de trabajo; organizada por el San Francisco Museum of Modern Art, presentada luego en el MoMA, en otoño finalizará su periplo en la Beyeler de Basilea. Con curadurías de Janet Bishop, de Clara Manes, y el apoyo de Geaninne Gutiérrez-Guimarães, del Guggenheim. Con esta ambiciosa muestra el museo bilbaíno continúa la saga de citas dedicadas a mujeres artistas de posguerra, cuyo epicentro es la aclamada 'Mujeres de la abstracción' (2021). Ruth Asawa, budista, es la escultora que creaba con una única línea –un alambre que va tejiendo– y afirmaba que todo está interconectado y forma parte de un 'continuum' en sus esculturas livianas e ingrávidas –siguiendo a Naum Gabo y a Calder, pero rompiendo definitivamente el vínculo entre lo escultórico y lo sólido y masivo–, traslúcidas, donde lo interior y lo exterior se manifiestan, se complementan y se confunden en una única forma. Y Asawa, madre de seis hijos –que tuvo a lo largo de los años cincuenta, los más prolíficos y ajetreados de su carrera–, el ejemplo de conciliación más fascinante que pueda darse, lleno de matices, sugerencias y consecuencias. Por ejemplo, mirando mi caricatura: ¿qué argumentará el –terrible– genio, que estalla cuando un mortal interrumpe su –sacra– concentración y su –volátil– inspiración, contemplando la obra maravillosa que esta artista realizó en su casa, mientras por allí retozaban seis niños? Es más sencillo: Asawa mezcla arte y vida. La historia que cuenta esta exposición, que sigue un orden cronológico estricto y le dedica una sala aparte a su casa-taller, comienza en el Black Mountain College (una institución mítica cuyo departamento de arte apostó por el ideario de la Bauhaus y contrató a Josef Albers, que fue maestro y amigo de Asawa), pero, en realidad, ella había aprendido a dibujar antes, nada menos que en la cárcel, donde fue a parar, aún adolescente, durante la Guerra a causa de su ascendencia japonesa en virtud de la Orden 066 y donde estaban igualmente presos algunos animadores de Disney. En estos primeros años –en los que trabaja como diseñadora– desarrolla su gusto por la geometría, los módulos, la repetición, el positivo y el negativo, la tinta y la caligrafía, y la papiroflexia, que luego enseñará a niños. Esta faceta docente la desarrollará a lo largo de toda su vida. También le interesaban los proyectos colaborativos, como se ve en su obra pública, por ejemplo, las fuentes que hizo para la ciudad de San Francisco. A raíz de un viaje a México, se interesa por la cestería y de ahí surge su vocabulario característico, el trenzado de alambres de diversos calibres para elaborar formas semejantes a vasijas o cestas que encierran otras piezas y que se combinan para conformar esculturas livianas con cierto regusto orgánico. Esta inspiración en las formas de la Naturaleza cristaliza en su madurez: las obras que reúne esta exposición, perfectamente iluminadas, son maravillosas, de una complejidad y una originalidad indiscutibles, pese a la humildad de los materiales. En los 50 expone recurrentemente y participa en la Bienal de Sao Paulo de 1955, pero en la década siguiente se aparta totalmente del circuito y se recluye para dedicarse a la experimentación, no volviendo a exponer nada menos que hasta 2000. Su obra última es una suerte de retorno al origen: esa dinámica expansiva, que la había llevado a romper las formas cerradas de las 'vasijas' y desarrollar estructuras abiertas, inspiradas en el mundo vegetal, cada vez más audaces e insólitas, se quiebra por alguna razón. Además, cae enferma y le resulta imposible trabajar el alambre –sus hijos han llamado la atención sobre la fortaleza de sus manos y la dureza de la labor–, pero realiza entonces unos dibujos igualmente maravillosos –y numerosos: de Asawa se ha destacado siempre su productividad febril– a partir de las flores que cultiva en su jardín. Es en cierto modo un procedimiento inverso: son las plantas las que se agrupan y se organizan para conformar esculturas más o menos esféricas. Y nótese lo esencial: todos sus dibujos, incluso los retratos de la sala dedicada a la casa, están hechos de un solo trazo. En definitiva, una retrospectiva impecable e irrepetible que reúne 250 piezas de esta artista maravillosa, se acompaña de un impresionante catálogo y que a lo largo de una decena de secciones –con sus correspondientes epígrafes especiales, como 'Los grabados de Tamarind', de 1965– nos presenta por primera vez la obra plenamente vigente de esta escultora.