De qué color ven el mundo los gatos: anatomía y ciencia tras la mirada felina
2026-03-21 - 07:40
Durante décadas se ha estado repitiendo que los gatos (y los perros) veían el mundo en blanco y negro, pero hoy sabemos que esa afirmación es falsa. Los gatos ven colores. Pero la cuestión interesante no es si los ven, sino cuáles y cómo. Si un gato levantara la vista hacia un arcoíris, no percibiría la misma gradación completa que nosotros distinguimos con facilidad y su experiencia cromática sería más reducida y menos intensa. Sin embargo, eso no significa que su mundo carezca de color, sino que está construido de manera distinta. Para comprenderlo es necesario adentrarse en la anatomía del ojo felino y en lo que la investigación científica ha podido demostrar, y también en lo que todavía intenta aclarar, sobre su percepción visual. La arquitectura de la retina La clave está en la retina, la capa de tejido nervioso situada en la parte posterior del ojo. Allí se encuentran los fotorreceptores, células especializadas que transforman la luz en señales eléctricas que el cerebro interpreta como imagen. Existen dos tipos principales: los conos, encargados de la visión diurna y la discriminación cromática, y los bastones, responsables de la detección de luz tenue y movimiento. Los seres humanos contamos con tres tipos funcionales de conos, lo que nos otorga una visión tricromática basada en la combinación de longitudes de onda asociadas al rojo, al verde y al azul. Gracias a esa triple vía sensorial podemos diferenciar una enorme variedad de tonalidades y matices. En cambio, la evidencia acumulada en estudios conductuales y anatómicos indica que el gato doméstico posee fundamentalmente dos tipos de conos funcionales. Su sistema visual es, por tanto, dicromático. Los experimentos clásicos de discriminación cromática y pruebas de ‘punto neutro’ realizados con gatos mostraron que pueden distinguir ciertas longitudes de onda, pero presentan dificultades cuando se trata de diferenciar colores dentro del espectro rojo-verde. Esto sitúa su percepción en un rango comparable al de las personas con daltonismo rojo-verde. La mayoría de especialistas coincide en que los gatos perciben con mayor claridad los azules y los amarillos, mientras que los rojos y verdes tienden a aparecer como tonos apagados o tirando al gris. A esta limitación se suma que los gatos tienen muchos menos conos que los humanos. No solo cuentan con menos tipos, sino también con menor densidad total de estas células, lo que reduce la riqueza y saturación de los colores que perciben. Dicho de otra forma, su mundo no es monocromo, pero sí menos vibrante. Nitidez y enfoque Pero la diferencia no se limita a la paleta cromática y también hay variaciones en la agudeza visual y en la capacidad de enfoque. En condiciones de buena iluminación, un humano con visión normal puede distinguir detalles a largas distancias con mayor nitidez que un gato. Se estima que un objeto que nosotros vemos con claridad a treinta metros puede resultar borroso para un felino hasta que se aproxima a unos seis metros. Paradójicamente, tampoco destacan en el enfoque cercano extremo. Cuando un juguete se coloca justo delante de su hocico, muchos gatos parecen ‘perderlo’ visualmente y recurren al olfato, al tacto de las vibrisas o al movimiento para localizarlo. Esta peculiaridad se explica por su rango óptimo de visión, que se sitúa en distancias intermedias. Desde nuestra perspectiva humana, podríamos concluir que su vista es menos precisa, pero esa sería una interpretación antropocéntrica. La anatomía ocular felina no está diseñada para leer letras pequeñas ni para contemplar paisajes lejanos con detalle, sino para detectar presas en movimiento en entornos de luz cambiante. Más bastones, más movimiento Si los gatos han ‘renunciado’ a parte de la riqueza cromática, lo han hecho para potenciar la sensibilidad a la luz y al movimiento. Su retina contiene entre seis y ocho veces más bastones que la retina humana, unas células extraordinariamente eficaces en condiciones de baja luminosidad y que permiten detectar desplazamientos mínimos a distancias considerables. Gracias a esa abundancia de bastones, los gatos necesitan aproximadamente una sexta parte de la luz que requiere un ser humano para orientarse con soltura. Esto explica su actividad crepuscular y su habilidad para moverse con seguridad al amanecer o al anochecer. No pueden ver en oscuridad absoluta, curiosamente ningún mamífero puede hacerlo, pero sí aprovechan de manera óptima la luz disponible. La sensibilidad al movimiento es, de hecho, uno de los rasgos más destacados de su visión. Un leve aleteo en la periferia de su campo visual puede activar de inmediato su atención, una capacidad que, evolutivamente, marcaba la diferencia entre capturar una presa o perderla. El tapetum lucidum y la pupila vertical La adaptación a la caza en condiciones de luz escasa no se limita a la retina y detrás de ella se encuentra el tapetum lucidum, una capa reflectante que actúa como un espejo biológico. Cuando la luz atraviesa la retina sin ser absorbida, el tapetum la refleja de nuevo hacia los fotorreceptores, otorgándoles una segunda oportunidad de captación. Este mecanismo incrementa la eficiencia lumínica y es el responsable del característico brillo de los ojos felinos en la oscuridad cuando reciben un destello. Además, las pupilas verticales y elípticas del gato pueden dilatarse enormemente, regulando con precisión