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Del extrarradio a las calles de Madrid: el chabolismo resurge con asentamientos estables en plena zona urbana de la capital

2026-01-26 - 05:14

Plásticos, cartones, telas; o madera y tiendas de campaña para los más sofisticados, son los materiales que hacen las veces de hogar para cientos de personas en Madrid. Hace años, las chabolas se concentraban a las afueras de la ciudad y en núcleos concentrados y ubicados. Ahora, tal vez no se les pueda denominar chabolas como tal, pero estos pequeños asentamientos o acampadas se aprecian prácticamente en cualquier calle de la capital. "Allá donde hay un pequeño solar o un pequeño espacio en cualquier distrito" se instalan, afirma Rocío García, directora territorial de la delegación madrileña de la Fundación Secretariado Gitano. Es difícil hacer estimaciones sobre la población madrileña que reside actualmente en chabolas o acampadas por la ciudad porque no hay datos públicos. De hecho, fuentes del área de Políticas Sociales afirman que "es complicado contabilizar los asentamientos porque son itinerantes o, a veces, se incrementan las personas que viven en ellos". Aun así, una cuestión es clara: ya no son tan grandes como antes, pero se han dispersado por toda la ciudad: "Son pequeños asentamientos itinerantes porque como las chabolas que se construyen son muy frágiles o si hay demasiado control se mueven de zona...", incide Rocío García. La sensación de que se ha incrementado el número de personas que vive en estas condiciones es común en los vecinos del entorno. Un jueves cualquiera, a las siete de la tarde, James y Ronnie se resguardan de la lluvia y las bajas temperaturas dentro de sus sacos de dormir bajo el Viaducto de Segovia, en pleno distrito Centro. Ambos son de Bangladesh: el primero solo alcanza a decir que ese lugar lleva dos años siendo su hogar; mientras que Ronnie relata que llegó hace una década a la capital a buscarse la vida. "No tengo papeles", cuenta, porque el problema con el que se encuentran muchas de estas personas es la burocracia. Aunque admiten que Samur Social ha pasado a visitarlos varias veces, prefieren vivir bajo el viaducto. "No me gustan los albergues porque hay mucho drogadicto. Aquí paso frío pero al menos vivo tranquilo", explica Ronnie. Se ganan la vida ayudando a aparcar en las zonas aledañas y, además, según cuenta Sebastián, vecino desde hace ocho años, los residentes les proporcionan comida y ropa: "Pobre gente, no molestan...". Alejandro Cantero llegó a este entorno hace tres años y coincide en que "no hacen nada aunque algunos olores sí que hay porque tienen que hacer sus necesidades". Desde entonces ha notado "que hay más gente" viviendo allí. Actualmente, según Ronnie, son una decena. A principios de enero, el alcalde de la capital, José Luis Martínez-Almeida, anunciaba que el Ayuntamiento iba a desmantelar el núcleo de chabolas junto a la M-30 en Ventas y "los diferentes asentamientos ilegales que hay en la ciudad". Aunque, mientras el Consistorio ultima la preparación de su plan de desmantelamientos, los núcleos de infraviviendas siguen proliferando por toda la ciudad. "Si nos echan, buscaríamos otro sitio", confiesa Ronnie. Es, precisamente, lo que hicieron quienes vivían en Ventas: el avance del cubrimiento de esta parte de la carretera hizo que algunos se instalaran al norte del puente y otros se dispersaran por Ciudad Lineal, según detectaron fuentes municipales. En ese mismo distrito, bajo la pasarela del tanatorio de la M-30, reside Mohammed desde hace tres años, cuando llegó en patera desde el Sáhara, y se encontró con el mismo problema: "No tengo papeles y no puedo trabajar", explica. Tardó tres días en llegar y asegura que no pagó para realizar el viaje hasta Canarias, sino que dio un coche de segunda mano. Come porque le "ayudan los supermercados" y trata de ganar algo de dinero vendiendo enseres. Lleva una caja con objetos diversos, desde sábanas hasta un ukelele: "Los encontré en la basura e intento venderlos", asegura. Junto a la cancha de baloncesto de Salvador Madariaga improvisa su particular rastro, donde le acompañan otras personas que viven al otro lado, atravesando la avenida de Badajoz. En las laderas bajo la torre Ilunion hay más de cinco chabolas. En este caso tratan de esconderse con los pequeños jardines que hay a los laterales de la autovía, como también ocurre en el parque de Ricardo Ortiz; en la zona verde pegada al Punto Limpio de Moratalaz, junto a la avenida de la Paz; y en el distrito de Retiro, bajo ‘El Pirulí’. Basta con conducir por los 32,5 kilómetros de longitud de la M-30 para apreciar a todas las personas que allí habitan. Sin embargo, ahora muchos de ellos residen en mitad de calles y parques de la ciudad. Es el caso del jardín de Palestina, junto a la parada de Metro de Palos de la Frontera, en Arganzuela. "¿Y dónde nos vamos?", se pregunta Bogdan, un búlgaro que lleva un par de años viviendo sobre las rejas del subterráneo madrileño que le proporcionan calor. A él y a las otras cinco personas que también viven ahí. "Somos de Rumanía, Lituania, África, Georgia, Argentina y Bulgaria", enumera Bogdan, quien admite: "No tengo familia, ellos lo son". Tras vivir medio año en el municipio madrileño de Parla, donde le robaron los documentos y el teléfono móvil, este emigrante búlgaro se dedica a pedir dinero en la calle para sobrevivir y se ducha en la Casa de Baños de Embajadores. "Me robaron la identidad", lamenta, pero a pesar de que durmiendo a la intemperie "se pasa mucho frío", asegura que "no iría a un albergue" porque ha escuchado "muchas cosas malas sobre ellos". En la época estival estaban sin tiendas de campaña, pero para resguardarse del frío, el equipo Dragones Fútbol Club de Lavapiés, de los que muchos de los que forman parte han dormido en Barajas aunque actualmente están todos acogidos, se las entregaron. A pocos metros, en la calle Villa del Prado, la de Pedro Bosch y próximos a las vías de la estación de Méndez Álvaro, cartones y colchones tendidos en el suelo hablan de vidas allí. Junto a las vías del tren de Delicias también habitan decenas de personas. Antonio, vecino de toda la vida de esta zona, le llama "la urbanización de Renfe". "Son unos 20 pero les desalojan y vuelven", asegura. A su lado, Gustavo corrobora su versión y recuerda cómo "antes de que pusieran el espacio de ocio había un poblado de 200 personas pero hubo un incendio y les echaron". Ahora, el número es menor y admiten la dificultad para moverles porque "no tienen dónde ir". También en la zona sur de la ciudad, en Puente de Vallecas, se amontonan tiendas de campaña y construcciones improvisadas. "Toda la vida", relata una vecina, llevan viviendo varias personas bajo el conocido como 'scalextric'. El problema, según coinciden todos, "es la suciedad". Muy cerca, en la calle Cerro Negro (barrio de Adelfas, distrito de Retiro), Maca cierra su hogar construido con cartones, telas y plásticos. Es un joven de 22 años que llegó hace diez meses de Mali "para vivir mejor". Actualmente, vive junto a otras nueve personas en este parque y trabaja "en un hotel ayudando". Dice que no gana lo suficiente pero su esperanza es "poder encontrar una casa" para dejar de descansar a la intemperie. Aun con la complejidad para obtener una cifra exacta de cuántas personas habitan de esta forma, los Equipos de Calle del Ayuntamiento de Madrid han detectado que, a finales de 2025, había 1.015 personas sin hogar, concentradas especialmente en los distritos de Centro, Arganzuela y Barajas. Con respecto a los asentamientos, se sigue un procedimiento ordinario, tal y como aseguran desde Políticas Sociales: "Se les hace un seguimiento, se les ofrece intervención social que en muchos casos es muy difícil que la acepten y, cuando se activan los protocolos, se realiza una intervención conjunta con Policía Municipal y el Servicio de Limpieza Urgente (Selur)" para desmantelarlos.

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