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Del luto al duelo

2026-01-29 - 05:50

Y allí aparecieron consternados, con la lección aprendida, dispuestos a dejarse fotografiar, a expresar unas palabras sentidas de condolencia. Saben que son juzgados por una masa social indolente y adicta a la morbidez de las imágenes, presta a extraer conclusiones de cualquier detalle. Tras el accidente ferroviario en Adamuz, al calor de eso que ahora se llama institucionalidad, posaron mirando al envés de una cámara, con gestos espontáneos o forzados, a sabiendas de que parte del escrutinio social consistiría en diseccionar su apariencia. Quien conoce la trastienda de la política se estremece cada vez que observa alguna de estas fotografías, porque algunos son profesionales de la impostura. Vestidos de negro, que como dijo Heller es un color sin color, alli estaban políticos sin política. Ya se sabe, comunicación, estúpidos, comunicación. La necropolítica en estado puro. La sentimentalización política del dolor adaptada a la estética contemporánea de las redes sociales. La muerte se ha colado con su guadaña en el gran leviatán de la tecnología de masas y ha descubierto que el dolor es un producto de consumo de primera necesidad política. Frente al luto oficial, existe un duelo digital, una mercadotecnia en red del dolor. Había, hasta hace pocas décadas, una ética íntima del dolor, intransferible, que formaba parte de nuestra propia identidad. Esa ética del dolor individual ha dado paso a una estética caníbal del sufrimiento, donde las comunidades de internet reproducen el dolor, lo desguazan como un producto desechable, hasta convertirlo en mercancía de uso político y, por consiguiente, de uso inmoral. El sufrimiento antes existía en los márgenes. Es más, quien hacía del dolor individual o colectivo una exaltación externa era condenado socialmente, porque hacía de algo íntimo y privado una hipérbole indecente. Ahora todos consumen el dolor ajeno, se apropian de él, lo canibalizan, al punto de que todos los políticos se alimentan de él, exprimiendo todos sus matices, porque cada uno de esos matices bien aprovechado es un voto más. Al fin y al cabo, la relación que tenemos con el dolor refleja el tipo de sociedad en la que vivimos. Y en ese reflejo sobre nuestra propia conciencia individual y colectiva, salimos convertidos en una deformidad. Mientras tanto, allí los tienes posando. Pero que sepan, entre fotografía y fotografía, que la muerte es el único final que iguala la vida de hombres y mujeres, reyes y papas, ricos y pobres sin diferencia alguna. Y que como en la secuencia final de El séptimo sello de Bergman, la muerte les guiará, como a todos nosotros, en una danza hacia el más allá. Algunos querrán revisar la foto de su propia muerte en la tumba. Al tiempo.

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