Desmontando un mito urbano: los gatos no son buenos cazadores de ratas
2026-02-18 - 06:53
La imagen del gato como paladín que se enfrenta a las ratas está tan arraigada en la cultura que es casi imposible cuestionarla. Graneros protegidos por felinos, bodegas libres de roedores, ciudades medievales infestadas tras la desaparición de los gatos... El relato, ficticio y exagerado la mayoría de las veces, se repite desde hace siglos y ha sobrevivido a cambios sociales, avances científicos y transformaciones urbanas profundas. Aún hoy, en pleno siglo XXI, sigue utilizándose como argumento para justificar la presencia de gatos en las calles, naves industriales o solares abandonados con la expectativa de que ‘harán su trabajo’. Sin embargo, una cosa es el símbolo y otra muy distinta la realidad biológica. Porque cuando se analiza con lupa qué ocurre realmente cuando gatos y ratas comparten espacio, la imagen del implacable felino cazador se resquebraja. Y no porque los gatos no sean depredadores eficaces, lo son y mucho, sino porque las ratas no son el tipo de presa para el que están especialmente adaptados. Además, bajo el término de ‘roedores’ se agrupan animales muy distintos. No es lo mismo una rata parda adulta, que un ratón, una musaraña o un topillo. Confundirlos ha alimentado durante siglos la idea errónea de que cualquier pequeño mamífero que corre y se esconde entra en el menú habitual del gato con la misma facilidad. Las ratas no son ratones Desde el punto de vista ecológico y conductual, las ratas urbanas, principalmente la rata gris o parda (Rattus norvegicus) y la rata negra (Rattus rattus) son animales grandes, inteligentes y con altas capacidades de defensa. Un ejemplar adulto puede superar con facilidad los 400 gramos de peso, diez veces más que un ratón doméstico, y dispone de una dentadura capaz de infligir graves heridas. Dicho de otra forma, no son presas pasivas ni fáciles de someter. Por otro lado, los gatos domésticos están extraordinariamente bien adaptados para cazar presas pequeñas, rápidas y relativamente indefensas, como artrópodos, ratones o aves. Su estrategia de caza (acecho, salto rápido y mordida cervical) funciona peor cuando la presa es grande, planta cara y puede responder con mordiscos. Los estudios de comportamiento coinciden en que cuando un gato se encuentra con una rata adulta, lo más habitual no es el ataque directo, sino la evitación mutua o una interacción tensa que rara vez termina en captura. Qué dicen los estudios Uno de los trabajos más citados en este ámbito se realizó en Brooklyn, en una instalación de gestión de residuos con una colonia estable de ratas y presencia constante de gatos callejeros. Durante 79 días, un equipo liderado por el biólogo Michael H. Parsons, de la Universidad de Fordham, registró más de 300 vídeos mediante cámaras de movimiento. Lo que pudieron observar es que en todo ese periodo, los gatos solo intentaron cazar ratas en 20 ocasiones y solo lograron matarlas dos veces. Las imágenes muestran escenas muy reveladoras con acechos que se interrumpen, persecuciones vacilantes y un patrón recurrente de ‘baile’ entre gato y rata, en la que ambos animales se observan, se detienen y se evalúan sin llegar al enfrentamiento. La rata no huye despavorida y el gato no se lanza con decisión. Pero este comportamiento no es una anomalía local. Estudios previos en Baltimore habían descrito dinámicas muy similares, con gatos mostrando extremada cautela ante ratas grandes y una tasa de capturas incapaz de afectar a la población. Incluso cuando se documentaron muertes de ratas, la mayoría correspondían a individuos jóvenes y de menor tamaño, muy lejos de los adultos reproductores que sostienen la dinámica poblacional. El caso de Chicago y el ‘efecto invisibilidad’ Un enfoque diferente, pero igualmente destacable, lo aporta el proyecto Chicago Rat Project, dirigido por la ecóloga de enfermedades Maureen Murray desde el parque zoológico Lincoln. El objetivo inicial de su investigación no era medir la eficacia de los gatos como cazadores, sino evaluar si estos animales estaban en riesgo de intoxicarse al consumir ratas expuestas a rodenticidas anticoagulantes. El resultado fue inesperado ya que de 57 gatos analizados, solo un 7% presentaba trazas de veneno en sangre, y en concentraciones muy inferiores a las detectadas en otras especies urbanas. La conclusión que se volvía a extraer es que los gatos apenas comen ratas. Sin embargo, sí se observó otro fenómeno relevante para entender la persistencia del mito. La presencia de gatos modificaba el comportamiento de las ratas, que reducían su actividad visible y permanecían más tiempo ocultas. De hecho, un pequeño aumento en la presencia felina hacía que fuera hasta cien veces menos probable que una rata activara las cámaras de seguimiento. Es decir, con presencia de gatos, las ratas no desaparecen, pero dejan de verse. El problema persiste, pero se vuelve menos evidente. La persistencia del mito La respuesta a por qué seguimos creyendo que los gatos son eficaces para controlar la población de ratas es, en realidad, tan humana como poco científica. Si tras la llegada de un gato se dejan de ver ratas, la conclusión inmediata es que el gato las ha eliminado. Pocas personas se plantean que el cambio sea conductual y no demográfico. Y menos aún que la población de ratas pueda mantenerse estable, alimentándose de los mismos residuos de siempre, pero moviéndose en horarios y espacios distintos. A esto se suma un sesgo histórico. Durante siglos, la humanidad ha asociado la presencia de animales ratoneros a la protección de espacios humanos, aunque en la práctica fueron sobre todo los perros, y no los gatos, los seleccionados para esa tarea. Mucho símbolo pero poca eficacia Nada de esto significa que un gato no pueda matar una rata, puede ocurrir, y ocurre. Pero la cuestión no se centra en lo anecdótico, sino en lo cuantitativo. En ciudades con millones de ratas, como Nueva York, Londres o Roma, las capturas documentadas por gatos son insignificantes a escala poblacional y no aparecen ni siquiera como un componente relevante en los estudios de dieta de los gatos comunitarios y callejeros. Las revisiones científicas coinciden en que las ratas representan una fracción mínima de las presas de los gatos, muy por detrás de las aves, reptiles y pequeños mamíferos. La idea, en conclusión, de que los gatos controlan la población de ratas no se sostiene ni en cifras, ni en comportamiento, ni en historia evolutiva. Referencias: Temporal and Space-Use Changes by Rats in Response to Predation by Feral Cats in an Urban Ecosystem. Michael H. Parsons et al. Frontiers (2018) Surveillance of Anticoagulant Rodenticides in Free-Roaming Outdoor Cats (Felis catus) in Chicago, Illinois, USA. Maureen H. Murray et al. Journal of Wildlife Diseases (2025)