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Destruyen las mentiras (franquistas y republicanas) más extendidas sobre el final de la Guerra Civil

2026-02-16 - 02:15

«El final de la Guerra Civil española no fue una cuestión militar, fue el resultado de una gigantesca operación de inteligencia orquestada por las secciones de información». Gutmaro Gómez Bravo sabe que su tesis es valiente y que rompe con la historiografía tradicional, pero responde a ABC con la tranquilidad del que tiene la documentación de su lado. El catedrático de Historia de la Universidad Complutense de Madrid sostiene a golpe de informes inéditos y datos escondidos bajo la alfombra que las máximas del imparable avance militar de Francisco Franco hasta Barcelona por un lado, y de la resistencia convencida de los republicanos por otro, están huecas de verdad. No es la única leyenda de cartón contra la que arremete Gómez en ' Cómo terminó la Guerra Civil española ' (Crítica), su nuevo ensayo histórico. Su particular Santísima Trinidad es que la negociación que puso fin a la contienda fue en realidad una puesta en escena –las condiciones estaban pactadas de antemano–; que las divisiones internas republicanas fueron explotadas por la inteligencia franquista y que los servicios de información de Burgos, sede del gobierno rebelde, colaboraron en secreto con altos oficiales gubernamentales hartos de que se perpetuara el conflicto. «Fue el resultado de una operación moderna de 'guerra total' parecida a las más modernas», completa el autor. La última clave es que nada fue casual, nada fue improvisado, y que todo se hizo con la mente puesta en acortar el conflicto; algo que, en palabras de Gómez, evitó llenar más ataúdes. «Lo dijo el Consejo Asesor franquista: la idea detrás de acabar la guerra cuanto antes también era salvar vidas», sentencia Gómez. En total, ese ahorro podría haber ascendido a cientos de miles de almas, las mismas que defendían los últimos territorios de la Segunda República antes del fin de las hostilidades. Que hablen los archivos, sostiene Gutmaro, y que lo hagan alto para ensordecer los ecos de los mitos que repetimos desde hace ocho décadas. Dice el experto que el origen de esta colosal operación arrancó a finales de 1937. En noviembre, Franco fusionó diferentes organismos policiales y otras tantas agencias de espionaje para alumbrar a cambio el Servicio de Información y Policía Militar (SIPM). «Al frente del mismo puso al coronel José Ungría, que concentró el poder basándose en el modelo nacionalsocialista alemán. Cuando llegó a Burgos, el militar creó un servicio de información y contrainformación moderno que canalizó todo el flujo de datos», señala Gómez. Este movimiento trajo una mirada nueva, coordinada y más integral de la guerra. Algo que no tenían sus enemigos. Lo dijo Ungría, su misión era «ganar la guerra y asegurar la victoria», y para ello desplegó unos ardides propios de servicios de espionaje modernos. En marzo de 1938, el SIPM, ya con una estructura jerárquica completa, empezó a penetrar en el aparato de inteligencia republicano. Para otoño, inutilizó a sus homólogos gubernamentales y, poco después, en noviembre, detuvo los intentos del Vaticano de mediar en favor de una tregua. Franco no quería que el conflicto se congelara durante meses cuando ya tocaba con los dedos la victoria, y tampoco que la República le impusiera condiciones en la derrota. Aunque cuando adquirió verdadero protagonismo el SIPM fue tras la ofensiva sobre Cataluña del ejército sublevado, el 23 de diciembre de 1938. Tras la caída de Barcelona, en enero de 1939, el SIPM movió ficha de nuevo y ayudó a alumbrar el Partido Único, un apéndice cuya máxima era gestionar la derrota del enemigo dentro del mismo territorio republicano. Ya no eran días de batallas. El resto de sus objetivos, explica Gómez, eran forzar la rendición gubernamental sin paliativos, preparar la toma final de Madrid y neutralizar las diferencias que existían en el corazón del bando sublevado. «En último término, también pretendían convertirse en una pantalla unificada para negociar con los republicanos», desvela el experto a ABC. En Madrid, su cara visible fue un Consejo Asesor al frente del cual se hallaba José María Taboada Lago, adscrito a Acción Católica. Unos y otros, los otros y los unos, fueron los encargados de acercarse a diferentes miembros del ejército y del gobierno para acabar con la República desde dentro. Gómez está convencido de que los miembros del SIPM se dirigieron a sus homólogos militares y les demostraron que la idea del presidente Juan Negrín de retrasar el final de la contienda en espera de socorro internacional era absurda. «Les convencieron de que las democracias internacionales no les iban a ayudar y de que debían colaborar con ellos para favorecer la derrota», sentencia. A partir de entonces, añade, «hubo un trasvase de gentes que, en general, formaban parte de las élites militares republicanas» y que comprendieron que todo estaba perdido. No fue una traición, ni un tema ideológico, fue asumir que la solución era acortar los plazos de la rendición para evitar una sangría. Los nombres de aquellos dobles agentes se conocen gracias a la documentación estudiada por Gómez, y sus cargos fueron claves dentro del Estado Mayor gubernamental: Félix Muedra, Antonio Garijo, Manuel Matallana... «Hubo muchos más que le dijeron a Negrín que la República no debía continuar con la guerra y que, cuando este se conjuró a continuar con la lucha, dieron un paso adelante y dirigieron todos sus esfuerzos hacia una rendición ordenada», señala el autor. Sus acciones fueron de todo tipo, aunque lo más habitual era que pasaran información a los franquistas. «En enero de 1939, por ejemplo, el general Vicente Rojo planeó una maniobra de distracción en Extremadura para alargar el conflicto. La sección de información republicana notificó todo a Burgos», sentencia. –¿Estaba Negrín solo desde el punto de vista político? Fue un personaje aislado desde el punto de vista político y que, en la práctica, no tenía aparato de Estado. Su debilidad era máxima... hasta le intervinieron los cables. Cuando te acercas a su figura al final de la guerra, te das cuenta de que su diagnóstico era una huida hacia delante y de que no disponía de información veraz. La captación de generales republicanos no fue la única arma para acortar la guerra. Durante los asedios a ciudades como Madrid, el SIPM y el Consejo Asesor utilizaron el hambre en lugar de las ofensivas militares. Estaban convencidos de que, si empeoraban las condiciones de vida de los civiles, estos se alzarían contra el gobierno. Así, Burgos se dedicó a bombardear objetivos específicos para evitar el avituallamiento de las urbes mientras que, a la vez, utilizaban su gigantesco aparato de propaganda para convencer a la población de que la culpa del desabastecimiento era de Negrín. Incluso llegaron a lanzar pasquines metidos en pan blanco para demostrar la abundancia en el bando franquista. Todo ello, afirma Gómez, se hizo bajo el paraguas y el espaldarazo de la diplomacia gala; frentepopulista en teoría, pero obsesionada con no intervenir en la Guerra Civil y con que el conflicto no se internacionalizara. «Decir que jugaban a dos bandas es quedarse corto. He tenido acceso a la documentación del agregado militar en España, un tipo que, por un lado, ayudó a Ungría a huir hasta Burgos y que, por otro, aconsejaba a Vicente Rojo», advierte. El experto tiene claro el porqué de su doble juego y el porqué terminaron arrimándose al franquismo: «No querían acoger a los 300.000 refugiados que llegaron al sur del país tras la derrota de la República». Gómez dispara también contra el relato que atribuye la caída de la República al golpe de Estado del coronel Segismundo Casado . Para el autor, esta maniobra no quebró algo sólido, sino que aceleró un proceso de descomposición que ya había arrancado mucho antes de la mano de la inteligencia franquista. «Esta idea es una construcción historiográfica posterior, pero no fue más que otra forma de justificar la derrota desde el exilio», señala. La rendición, añade, ya era inevitable, y sin condiciones por parte de los últimos representantes del gobierno. A su vez, el autor sostiene que el Servicio Exterior –la rama del SIPM que operaba en territorio enemigo– se reunió con Casado hasta en cinco ocasiones en febrero de 1939 para fomentar sus disputas internas. Ese fue uno de los muchos relatos que se forjó de forma artificial tras la guerra. El más repetido, no obstante, fue ese que confirmaba que la victoria se materializó tras la ofensiva sobre Cataluña. La realidad, incómoda para ambos, fue que inteligencia y diplomacia fueron los pilares sobre los que se alzó la victoria. Franco ganó, pero recibió un país devastado que tuvo que absorber a diez millones de republicanos y, para ello, necesitaba jugar a todas las bandas. «Buscaba que Francia y el Reino Unido le reconocieran, pero, a la vez, quería mantener buenas relaciones con Alemania, con la que había firmado el pacto Antikomintern», finaliza Gómez.

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