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Discos de la semana: Bruno Mars contra Tito Ramírez, las dos caras del mismo baile

2026-03-06 - 03:33

Esta es la selección que han hecho los críticos de ABC de los discos que se han publicado esta semana. Nada nuevo. Así podemos empezar. El primer álbum de Bruno Mars en 10 años no innova, no sorprende, no arriesga y, aún así, se deja más que escuchar gracias a ritmos funky, Motown y hasta latinos pasados por la coctelera, amén de la voz privilegiada del hawaiano. Irónicamente, 'Arriesgarlo todo' ('Risk It All') es la canción que abre el disco, un medio tiempo escuchable y bonito cuyo único riesgo, realmente, es el que corre un artista así, que ha hecho carrera poniendo a bailar al mundo, arrancando con algo melódico. La cosa se anima a mitad del segundo tema y ya con la tercera pista, 'I Just Might', que fue el single adelanto, comienza definitivamente la sucesión de reminiscencias y pastiches de glorias anteriores. Es, de verdad, agradable de escuchar por la enorme calidad de la producción, los detallitos instrumentales y el portento que es Mars, pero si diez años después alguien esperaba un giro en su trayectoria, este no es. Se ha agarrado fuerte al 'si funciona, no lo toques' y, probablemente, no esté equivocado. 'Something Serious' hacia el final del disco, pasará a formar parte sin ninguna duda de su ya apreciable lista de clásicos, pese al bajón con el que cierra, 'Dance With Me', un derroche de voz, eso sí, en una balada que estoy segura de que ya habíamos escuchado antes. Buck Meek no se aparta ni un ápice de lo que mejor sabe hacer: es ese country-rock elegante pero con ese sabor deshilachado, deshecho, que tanto nos gusta. La recomendación de modernizar el sonido del productor del último trabajo de Big Thief —a la cual pertenece Meek como guitarrista— no cayó en saco roto. Se han añadido sintetizadores modulares y secuencias digitales pero no te los encuentras a simple vista, hay que desenmarañarlos de entre la maleza de guitarras eléctricas tan marca de la casa. Este nuevo disco va gustándote más y más a medida que lo escuchas una y otra vez. Canciones como 'Gasoline', 'Demon' o el propio 'The Mirror' pueden medirse con algunas de las mejores canciones del catálogo del cantante de Texas. Pero aún así, no sé percibe la frescura inmediata de su anterior trabajo: 'Haunted Mountain'. Ahí sí que estuvo fino el que fue expareja de la fuerza de la naturaleza Adrianne Lenker, líder de la banda antes citada. Este le ha salido un pelín pasteloso de más: «¿Seré yo o será ella quién diga 'te quiero' primero?». Pues chico, no lo sabemos, anímate. Por lo demás un disco más que disfrutable de un compositor con gracia. No había necesidad, pero era evidente que el shoegaze y la Generación Z estaban condenados a encontrarse, TikTok mediante. En plena era del perreo y el sandungueo, un tiempo claramente más de frotar que de flotar, un pequeño revival de guitarras saturadas y voces susurradas tan poco parecía tan mala idea como gesto de modesta reacción subterránea. Volver a mirarse un ratito los pies y no clavar los ojos en la entrepierna, por variar, aunque solo fuera un ratito, sin venirse abajo. Es una pena que bandas como Glixen, Glare y Midrift o fenómenos tan inexplicables como Wisp y Softcult (cinco estrelllitas en NME, duro duro el 'hype shoegrunge') sean tan poca cosa. Y tan soporíferos. Porque aunque sigas amando 'Souvlaki' como la primera vez que te rompieron el corazón o no se te ocurra abjurar de tu fe ciega en 'Loveless', es un hecho contrastado e incontestable que no hay género más insufrible e irritante si se replica con alma genérica. Por eso es imposible no coger un cariño incluso excesivo a bandas como Lucid Express. En su segundo disco, el quinteto de Hong Kong no duda en abrazar muchos de los tópicos del género, pero los recrea con un gusto exquisito, mostrando un palpitante corazoncito pop y desplegando un apreciable arsenal melódico que les aleja del sufrimiento de postureo para 'reels' y de las indigeribles bolas sónicas en versión facsímil que tratan de ocultar (así suena la nada) los más flagrantes déficits de talento. La lección se la saben. Si hay que darle bien a los pedales, se le da, como en el tema que cierra y da título al disco, pero también dejan colar la luz del dream pop etéreo y luminoso, dibujan atmósferas más cargadas y turbias, se arriman sin complejos al noise-pop o activan la varita mágica del indie adictivo. Aquí hay variaciones, matices, detalles, canciones... no solo el remedo de una actitud. En fin, no han inventado la rueda, pero consiguen que vuelva a girar sin chirriar y sin que tengas la sensación de que intentan atropellarte con ella a la que te descuides. Siempre se puede ir a peor, salvo cuando uno ha tocado fondo, y es ese suelo que representó 'TRON Ares', la fallida banda sonora de NIN para la tercera entrega de una serie cuyo canon establecieron Wendy Carlos y Daft Punk, desde donde el petardo coge vuelo y se alza como un cohete sanchista. 'Divergence' no es un álbum de remezclas, porque de donde no hay no se puede sacar, sino de reformas integrales, de martillo pilón y albañilería, y de bocadillo a media mañana. Nada de pladur. Borrón y cuenta nueva. Se parecen como un huevo a una castaña las versiones remodeladas que en esta insospechada corrección del original firman Lanark Artefax, demoledora en su primera acepción, Chilly Gonzalez, al piano, o Schwefelbeg, a lo suyo, en un disco que no solo sorprende, sino que logra transmitir la sensación de velocidad que en una película de carreras le faltó a NIN. «Arráncalo, Trent, por Dios», le decían. Y aquello no tiraba, gripado de fábrica. '¿Quién carajo es Sturgill Simpson?' Era el nombre de la última gira bajo la cual Sturgill y su banda, los Dark Clouds, han estado llenando estadios con conciertos de tres horas y la energía arrolladora de un tren a lo largo de EE.UU. y Europa Occidental –España excluida–. Después de lanzar cinco discos que se podrían catalogar en los confines del country bajo Sturgill Simpson, en 2024 creó un nuevo alter ego, Johnny Blue Skies, para traernos el excelente (¡excelente!) 'Passage du Désir', con un sonido más afín al rock que al bluegrass puro. Lo que está claro del cantante es que disfruta de reinventarse y de rehuir de las etiquetas, personificando el espíritu del 'outlaw', del que otros músicos desearían tener un átomo. En esta última entrega, que colgó sin previo aviso íntegra en YouTube (y que, salvo eso, solo estará disponible en formatos físicos), hace disco-funk subido de tono en el que todos los músicos brillan por la compenetración que solo puede dar tocar juntos, de gira, por más de 13 años. Algunas de las canciones se quedan un poco cortas por lo directas que son –tanto las políticas como las sexuales, hasta un punto casi cómico–, pero este es un disco para maravillarse de que en 2026 se haga rock norteamericano como Dios manda. Tercer disco del retromaníaco Ramírez, que con aquel primer gran LP, 'The Kink of Mambo' (2019), dejó patidifusos a bailongos y audiófilos a la vez. Una vuelta a tiempos del boogaloo, recreado con micrófonos e instrumentos de la época, un experimento genial y en mi opinión exitoso. El segundo, 'El Prince', algo más irregular pero con un lado B impresionante, y ahora este 'Sonido Conquistador' que se mantiene absolutamente fiel a la esencia de siempre. Es un bucle interesante: ¿cómo debe progresar y evolucionar en el tiempo un artista que se dedica a exprimir los modos del pasado?¿Cuál es su horizonte de mejora, ser cada vez más fiel y exacto en su recreación? Da un poco igual, pero contrasta con la forma que tenemos habitualmente de entender las nuevas publicaciones. 'Sonido Conquistador' no falla ni en sus chachachás ni en sus cumbiones, destaca en todo el cogollo central (desde 'Cachito de Cachopo' hasta 'Príncipe de la tiniebla', donde el coro hace gloriosamente «¡¡¡Latin!!!...¡¡¡Niebla!!»), con su característico humor entre el terror de serie B y los maestros timbaleros de orquesta. Puro disfrute que pide ser pinchado sin fin en estos tiempos grises y digitaloides. Desde principios de los 90 hasta mediados de los 2000, cuando se escondía bajo el nombre de Smog y hacía esos discos con una producción medio cutre y unas canciones casi perfectas, Bill Callahan era un enigma. El secreto mejor guardado del folk americano –con permiso de Will Oldham–. Retorcido en sus letras sobre tipos que vagaban solos por barrios oscuros, pero bello en sus melodías. Cerró aquella etapa con 'A River Ain't Too Much To Love', su cima creativa, para dejar entrar un poco de luz y consolidarse como una de las grandes figuras de la música popular norteamericana de las que no llenan estadios. Con el respeto ganado publica ahora este 'My Days Of 58' que no trae sorpresas ni se esperan. Arropado por esa voz de hombretón cariñoso, una de las más privilegiadas que nos llegan de aquellos lares, Callahan sigue demostrando su capacidad de emocionar sin cambiar demasiado. Ni siquiera de sello, Drag City, en el que permanece desde que publicó su debut en 1990. Como un pequeño artesano que se aleja conscientemente de la radiofórmula: ritmos a veces tortuosos que juegan ahora con más con violines, pianos y trombones que otras veces, para construir canciones que pueden superar en ocasiones los seis o siete minutos, como 'Pathol O.G.', 'Stepping Out For Air' o 'Why Do Men Sing'. El equilibrio perfecto entre sensibilidad y experimentación. Casi nada nuevo, todo en orden, aunque él se pregunte algo hastiado: «¿Por qué cantan los hombres?».

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