Discos de la semana: el genuino corta y pega digital de Elvis Presley
2026-02-27 - 03:13
Esta es la selección que han hecho los críticos de ABC de los últimos discos que se han publicado. 'EPIC' es el acrónimo de 'Elvis Presley In Concert', pieza de laboratorio creada por Baz Luhrmann -eso dice al menos el realizador australiano, sepa Dios- a partir del montaje audiovisual de viejas grabaciones inéditas, corta y pega que en una era condicionada por la inteligencia artificial resulta algo retrógrada e incluso inverosímil, pero por cuya genuina naturaleza, en todo caso salida de un taller, tampoco nos vamos a pelear. Verdad o mentira, el resultado es asombroso por lo que tiene de desafío a la idea, generalizada entre el común de los mortales, al que no pertenecía Elvis, de que su etapa en Las Vegas fue su acabose. Quien reaparece en 'EPIC' no es la estrella caída y decadente que figura en los manuales de historia, sino un cantante vigoroso, soberbio, crecido y con ganas. Con alguna remezcla intercalada y grata, valga este ensayo, verdadero o falso, para levantar la imagen postrera de un ídolo que aquí renace, rehabilitado, de su particular y amarga mitología. El segundo disco en un año de los chicos del banjo parece el enésimo intento de Mumford y compañía de afianzarse, sellar la gloria, dar un golpe en la mesa. Pero, pese a los esfuerzos, no termina de encontrar la contundencia deseada. Desde la primera canción, 'Here', el trío deja claro que su misión principal, amén de consolidarse, es reivindicar su estado de paz mental que, tras años de altibajos, parecen hallar en las cosas cotidianas como es hacer canciones. Así, esta primera pista es una suerte de confesión para redimirse: «Aquí están los errores que cometí, las llamadas que no hice». Bien, empieza bien. Su folk, el siempre diferencial abrigo de las mandolinas, las voces, son suficientes para atraparte. Pero según avanza el disco y a pesar de las colaboraciones (incluida Brandi Carlile en la sombra compositiva), la sensación de no poder diferenciar entre una canción y otra va naciendo y, con la fórmula del estribillo popero buscahits, una tiene la sensación de estar escuchando la banda sonora de 'This is Us', 'Anatomía de Grey' o [inserte aquí una serie que sustente en temas de otros sus momentos más épicos]. Bien, continúa bien, pero parece quedarse siempre a un paso de explotar. Es un sí, pero. Es para un rato, lo cual no es incompatible con tener nuevos posibles clásicos del universo Mumford: 'Begin Again' seguro lo será. Todo lo que el 'LUX' pudo ser y nunca fue. Experimentación, está vez sí, real. Ganas de raspar un poquito a ver que hay del otro lado. Disculparán la comparación evidente —comparación por otro lado inevitable— y es que el quejío aireado de las dos catalanas por instantes se vuelve indistinguible. Y, sin embargo, María Arnal encuentra un reino propio que gobernar. Uno en el que su voz es 'polivaliente' y lo mismo te canta un verso certero, que te sirve de violín o de sintetizador futurista. Ahí, en la construcción de futuro, es donde las manos de los productores Pau Riutort y Alizzz se hacen evidentes. Con las manos del científico acercan esta nueva etapa a sonoridades que recuerdan más a investigaciones errantes del pasado reciente, como las del 'Cant de la Sibil·la', que a pretéritos hits melódicos, como 'Tú que vienes a rondarme'. 'AMA' es un trabajo que nace de la tragedia. 13 son las canciones que lo componen, tantos como años tenía la cantante cuando su prima de 15 años murió de sida (contrajo la enfermedad por la leche materna siendo un bebé). Su «primera herida», un silencio familiar que se ha conjurado 26 años después en forma de homenaje indeleble, de constatación indiscutible de la capacidad de Arnal de transfigurar la emoción en música que merece la pena ser grabada. Que Moby baje el tono, cada vez más, hasta tocar fondo y forma, no sorprende a nadie. La curiosidad de este 'Future Quiet' está en su etiquetado comercial: BMG y no Deutsche Grammophon, sello para el que el compositor neoyorquino, ya sexagenario, grabó algún que otro trabajo de intensidad moderada, pero nunca tan reposado y calmo como este, impecable para quienes disfruten -no resulta difícil- con la elegancia sintética y acústica de un autor que aquí se reivindica como maestro de la serenidad, propia o expropiada (Brian Eno en 'The Opposite of Fear', que cierra el disco), y que en su camino hacia el neoclasicismo más ortodoxo entrega algunas piezas destacables, 'La vie' o 'Tallinn', y que toca techo con 'Estrella de mar', oración a la Virgen del Carmen a la que pone voz Elise Serenelle. Parafraseando a los Pet Shop Boys de 'Discoteca', ¿hay una iglesia por aquí? Todas las piezas apuntan hacia uno de los más prometedores futuros que recuerdo para una banda así, y su insultante juventud los hace aún más extraordinarios. Este disco no es perfecto en absoluto: varias canciones inexplicablemente se quedan cortísimas —imagino que eso es hasta buena señal— y no todas las letras funcionan con la misma profundidad. Lo más parecido a un single es 'Dinero', el resto es más escurridizo (no hay 'Joven ciudad' ni 'Términos y condiciones', que podían haber metido en el disco y han decidido dejar en el panteón de los singles). Y todo eso da un poco igual, porque es como ver nacer lentamente —ya segundo disco— un gran acto musical para nuestro país. Hablamos de presencia, de genuinidad, de ser reconocibles, naturales. Y adictivos ('Pisa fuerte', vaya pasada, cuántas reproducciones). Lo tienen. En lo musical, nada de virtuosismos pero a cambio buen gusto e imaginación: riffs perfectos para lo que son, dibujos juguetones pero que tienen claro que lo importante es la voz. Porque lo es, esto es el mundo del pop rock y hay que aprovechar los talentos. Y de todos los que hay, el de la voz es el que más escasea. Y las letras... estos chavales son una rareza, parece que tienen recuerdos no vividos, parece que hablan de la generación anterior, como si en sus jóvenes memorias hubiera vidas mucho más largas que las suyas, con sus tristezas reposadas, sus euforias de apenas un instante, y alguna gamberrada indolente y sin sentido. No es un disco perfecto, es el refinamiento de un estilo que tiene brillantes porvenires. Vamos a dejarlo claro desde el principio: The Messthetics no son Fugazi, por mucho que en sus filas figure la mitad del icónico grupo de Washington D.C. que redefinió la música independiente y el hardcore. Tampoco quieren. Es cierto que Joe Lally y Brendan Canty –junto al guitarrista Anthony Pirog– recurrieron a la discografía de su excompi Ian MacKaye (Dischord) para publicar sus dos primeros trabajos, pero cuando reclutaron al saxofonista James Brandon Lewis y el mítico sello de jazz Impulse! se interesó por ellos, no lo dudaron. Al fin y al cabo, ese es el terreno en el que se mueve este cuarteto tortuoso y más cercano de lo que me gustaría a corrientes nacidas hace 70 u 80 años. Es su pequeño pecado: en ocasiones suena más tradicional de la cuenta. Sin embargo, esto es jazz, no punk, y como artilugio de jazz, funciona a la perfección. Mejor aún, a medida que el disco avanza, gana en originalidad con temas como 'Universal Security', 'Clutch' y 'Serpent Tongue (Slight Return)', demostrando una capacidad de mutación increíble en un mar tan ajeno. Menos Black Flag, más Charlie Parker. Menos Bad Brains, más Dexter Gordon. Ni rastro de Fugazi.