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Discos de la semana: la medianía de The Dandy Warhols

2026-03-27 - 04:50

Esta es la selección que han hecho los críticos de ABC de los discos que se han publicado esta semana. Vaya por delante que es de valientes lanzar un álbum que únicamente contiene versiones a estas alturas de la vida, máxime cuando America, Dylan, Beatles, The Clash o The Cure son los elegidos para tomar prestados algunos de sus clásicos. Eso es lo que hacen los Dandy Warhols en este 'Pin Ups', un disco que, por su propuesta, genera infinita curiosidad pero que tras la primera escucha te deja así, como sin más. Arrancan con el mítico 'Cherry Bomb' de The Runaways y ya dejan clara su intención: no van a cambiar las estructuras, pero van a imprimir a cada tema su sello, voces compactadas, distorsiones y ese eco en todo tan característico de sus producciones. Y bueno, pues sí, pero meh. En general, todos los temas parecen haber perdido la energía original para sumirse en un halo pseudoelectrónico que resulta monotono y acaba por hacer las canciones similares, sin serlo ni por asomo. Pasa con 'Primary' (The Cure) o el 'Kiss Off' de los Violent Femmes, sin fuerza. A 'Blackbird', joya de McCartney con los Fab4, le añaden tanta floritura en su reinterpretación que es irreconocible (asumo que eso pretendían) y a 'Ripple', de Grateful Dead, le arrancan de golpe toda la dulzura. Se salvan, por contra, 'Sister Golden Hair' de America, el eterno 'Lay Lady Lay' de Dylan (que mola especialmente por las voces y porque se cortan de añadir mucho chisme) y 'The Beautiful People' de Marilyn Manson, donde la marca Warhols casa a la perfección y se descubre la clave: hacen suyos estos temas sin excesivas licencias y por eso funcionan. Lo que también hay que reconocer es que la elección de canciones a abordar refuerza la idea de su valentía. Es, al menos, un disco curioso de escuchar. ¿Cuánto tiempo llevamos sin comentar una portada? Muchos. Demasiados. Es una de tantas cosas que hemos dejado de lado, antaño elemento sustancial de unos álbumes cuya carpeta era una declaración de principios y de finales, dándole la vuelta, y también el soporte para que la avanzadilla del mundo del arte, del diseño y del grafismo llegase al gran público. Eso se acabó. Total, ¿para qué, para ver una estampa miniaturizada en la pantalla de un teléfono móvil? No vale la pena, sin pasar a mayores ni entrar en el debate de la gallina y el huevo. Lo dejamos estar; mejor no menearlo. Mejor meneársela con la portada que se ha marcado Phil Vincent para ilustrar -visibilizar en el argot de progreso- su falta de vergüenza. Una tía buena, y se acabó, con unos sencillos arreglos gráficos del lenguaje de las redes sociales, para despistar. La música que hace Vincent es lo de menos: rock duro, más viejo que el hilo negro, con acentos de Slade, Sweet, Van Halen, Queen o el AOR, con una versión de Black Sabbath y una pieza de nueve minutos, nada que ver con el nuevo metal que, hibridado, se despacha hoy. El disco es criminal, pero qué portada, señores. Aunque ya adolecía de una total falta de originalidad, 'The Future Is Our Way Out', el disco con el que esta banda de Chicago debutaba hace un par de años, tenía algo de entrañable con su descarado saqueo de la herencia de Morrissey y Roy Orbison, palabras mayores del romanticismo desaforado y tremendista. Los excesos vocales de Wes Leavins ya estaban ahí, como un dinosaurio gorgoreante al despertar, pero había cierta efervescencia sonora y una notable capacidad para despachar estribillos adhesivos que desmontaban cualquier resistencia crítica. Un dulce pop no le amarga a nadie, pero 'Irreversible' es el empacho. Donde antes parecía haber pasión amateur, ahora te atropella una sensación de cálculo que apunta sin ambages hacia los estadios. Es comprensible lo de intentar lanzarse a por un buen trozo del pastel, pero hacerlo de un modo tan descarado, salivando como un jabalí excitado con la cuchara en la mano, solo se tolera si se acompaña de un talento superlativo. O de canciones inapelables. O de un carisma desbordante. O de una singularidad definitoria. En realidad, puede que haga falta todo a la vez... y aquí no se cumple ni media premisa. Este sigue siendo un disco pegajoso que invita a abandonarse en la nostalgia y la indulgencia, pero previsible y rutinario como un discurso electoral o la siguiente técnica a Luka Doncic. No hay un segundo de atrevimiento ni de sorpresa en unas canciones que parecen ideadas por una IA de primera generación a la que hubieran pedido unir los puntos entre Moz, Elvis, The Killers, Muse, A-ha, Spandau Ballet, Gene, James, Fontaines D.C. y hasta un poquito de U2. Sí, un batiburrillo indie/new wave en toda regla, con sus efectivos picos expansivos a piñón fijo y sus deprimentes valles de épica engolada, con textos entre lo pretencioso y lo pueril. Lo que viene a ser masticar el pastel con la boca abierta. Que les aproveche. El inesperado regreso de Neurosis, que el viernes publicó sin avisar, sin filtraciones previas ni anzuelos comerciales –muy al estilo de los irrepetibles Lisabö–, su primer álbum en una década, nos cogió por sorpresa. Lo cierto es que dábamos al grupo por desaparecido y estábamos conformes con ello tras las desagradables noticias que rodeaban su silencio. Recordemos: en 2022 supimos que, tres años antes, la banda había expulsado a Scott Kelly, miembro fundador allá por 1985, tras conocer que había maltratado a su mujer e hijos de forma persistente. El cantante y guitarrista lo reconoció así en Facebook: «Me obsesioné con el control e intimidé, manipulé y amenacé con autolesionarme y suicidarme. También infligí daño a personas...». En otro comunicado, la banda reconoció que no lo hizo público antes por «petición expresa de su esposa, que no quería que su experiencia se convirtiera en chisme de las revistas musicales». Algunos seguidores descerebrados alabaron su sinceridad y mostraron cierta empatía con el monstruo. Ahora, años después de la conmoción, el grupo trata de cerrar la horrorosa página y seguir adelante sin muchos fuegos artificiales, con estas nuevas ocho canciones y más de una hora de música que han creado con un sustituto de lujo: nada menos que Aaron Turner, de Isis, mejor grupo que Neurosis en esto del metal experimental, aunque sin el reconocimiento merecido. El problema (estrictamente musical, ahora sí) es que este 'An Undying Love For A Burning World' no nos ofrece nada nuevo, más allá de la sorpresa. Es como si Neurosis, arrastrado por el trauma, hubiera borrado de su memoria estos diez años de barbecho artístico y el disco lo hubieran compuesto en 2016, pero con menos tino. Entre tanta oscuridad, encontramos algo de luz en temas como 'Blind', 'Seething and Scattered' y, sobre todo, en 'Last Light'. Los seguidores lo agradecerán, pero el 'shock' creativo tardarán más tiempo en superarlo.

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