Dominante o sumiso: qué dice realmente la ciencia sobre una etiqueta que confunde a muchos dueños de perros
2026-03-28 - 08:10
En el lenguaje cotidiano sobre perros abundan los términos tajantes. “Es un perro dominante”, o “es un perro sumiso”, o “solo quiere mandar”. Son expresiones que parecen claras, pero que simplifican fenómenos conductuales complejos y, en muchos casos, trasladan conceptos mal entendidos desde la etología al ámbito doméstico. Sin embargo, el problema no es solo semántico. Cuando se etiqueta a un perro como dominante o sumiso de manera permanente, se fija una identidad rígida que no refleja cómo funciona realmente la conducta social canina. Además, estas etiquetas pueden justificar intervenciones inadecuadas, desde forzar interacciones hasta aplicar técnicas coercitivas con la idea de ‘corregir jerarquías’. La investigación en comportamiento animal muestra que dominancia y sumisión no son rasgos de personalidad estables, sino descripciones de interacciones concretas entre individuos, en contextos específicos y normalmente vinculadas al acceso a recursos. Qué significa ‘dominancia’ en etología En el ámbito científico, la dominancia no equivale a agresividad ni a carácter fuerte. Se define, de forma operativa, como el acceso preferente a recursos dentro de una relación concreta. Es decir, quién obtiene primero comida, espacio, atención o un objeto determinado cuando existe competencia. Desde esta perspectiva, la dominancia no es una cualidad interna, sino una propiedad de la relación entre dos individuos. Un perro puede tener acceso prioritario a un juguete frente a uno de sus compañeros y, al mismo tiempo, ceder el paso en otra situación diferente. El rango no es absoluto ni inmutable, y puede variar según el contexto y la importancia del recurso en juego. Un estudio reciente analizó la relación entre cuestionarios de evaluación del tipo de rango que ocupaban en hogares con varios perros y el comportamiento observado en situaciones competitivas y no competitivas. Los resultados mostraron que ciertas conductas asociadas al acceso a recursos sí se correlacionaban con el rango descrito por los cuidadores. Sin embargo, esa manifestación dependía del escenario concreto y del tipo de interacción, lo que refuerza la idea de que el rango es relacional y contextual. ¿Compiten los perros por dominarnos? Una de las creencias más extendidas sostiene que los perros intentan escalar posiciones en una supuesta jerarquía familiar humana y que, si no se les ‘marca límites’ de forma contundente, asumirán el control del hogar. Sin embargo, la mayoría de los especialistas en comportamiento canino coinciden en que no existe ninguna evidencia de que los perros compitan con las personas por liderazgo en ese sentido. Investigadores de indudable renombre en la etología canina como James Serpell o Jessica Pierce han señalado que muchas de las interpretaciones populares sobre jerarquía canina derivan de los viejos y obsoletos estudios realizados con lobos en cautividad, cuyas dinámicas sociales no se corresponden necesariamente con las de perros domésticos ni con los lobos en libertad. Además, los perros no nos perciben como miembros de su especie, por lo que extrapolar dinámicas intraespecíficas a nuestra relación solo va a resultar problemático. Algunos autores, como el etólogo y director de la Canine Science Collaboratory de la Universidad Estatal de Arizona, Clive Wynne, han planteado que, dado que las personas controlan prácticamente todos los recursos relevantes de los perros, como la alimentación, el acceso al exterior, su descanso y el contacto social, la relación entre humanos y perros debe entenderse como inherentemente asimétrica. Sin embargo, esta asimetría no implica que el perro esté intentando desplazar al humano en una jerarquía, ni que sea necesario imponer autoridad física para mantener un supuesto orden. Dominancia no es agresión Otro foco de confusión frecuente es equiparar dominancia con agresividad. Desde la etología, las conductas de dominancia y sumisión se entienden como estrategias de negociación que permiten evitar el conflicto físico. Gruñir, estirarse para parecer más alto o interponer el cuerpo pueden formar parte de un repertorio comunicativo destinado a resolver disputas sin tener que llegar a una pelea. En las poblaciones de lobos en libertad se han descrito comportamientos de escalada y desescalada que facilitan la resolución de conflictos por recursos. En perros domésticos, el repertorio varía según la raza y el grado de desarrollo de esas habilidades sociales, pero el principio es similar y la comunicación siempre precede al enfrentamiento. La agresión, entendida como intención de causar daño físico, es un fenómeno distinto y muchísimo menos frecuente de lo que solemos pensar. En muchos casos, lo que se interpreta como ‘agresividad dominante’ solo es una respuesta por miedo, protección de recursos o falta de habilidades de regulación social. ¿Existen perros siempre sumisos o siempre dominantes? En hogares con varios perros es habitual observar que uno accede antes a determinados recursos o que otro adopta con más frecuencia posturas de apaciguamiento. Sin embargo, incluso en estos casos, el orden puede ser flexible y depender de variables como la motivación, la edad, la salud o la relevancia del recurso. Un mismo perro puede mostrar conductas de iniciativa en el juego y, en otro contexto, adoptar señales de evitación. Durante el juego, además, los roles pueden intercambiarse de forma fluida sin que ello implique un cambio estructural de rango. Describir a un perro como ‘siempre dominante’ o ‘siempre sumiso’ ignora esa variabilidad y simplifica una red de interacciones complejas, donde las conductas observables deben interpretarse como respuestas situacionales, no como rasgos inamovibles. El peso de las palabras en la convivencia Parte del debate actual gira en torno a los propios términos. Algunos investigadores proponen sustituirlo por expresiones menos cargadas de prejuicios, como control de acceso a recursos o comprensión social, para evitar malentendidos en el ámbito no académico. Lo que sí comparten las distintas corrientes es que interpretar cada gruñido, cada paso adelantado o cada vacilación como una lucha por el poder conduce a lecturas distorsionadas del comportamiento canino. La convivencia con perros se desarrolla en un entorno claramente organizado por humanos, pero eso no equivale a una batalla jerárquica constante. Hablar de dominancia en términos científicos exige contexto, precisión y atención a la relación concreta entre individuos. Convertirlo en una etiqueta fija aplicada a la identidad de un perro puede alejar la interpretación del comportamiento real y dificultar intervenciones ajustadas a cada caso. Referencia: Many faces of dominance: the manifestation of cohabiting companion dogs’ rank in competitive and non-competitive scenarios. Kata Vékony y Péter Pongrácz. Animal Cognition (2024)