Drogas, sacrificios animales y rituales: la destructiva secta que la Policía ha desmantelado en Canarias
2026-03-01 - 08:33
No siempre las sectas aparentan serlo. Desde fuera, algunas parecen evidentes. Nos imaginamos trajes variopintos, cánticos inteligibles o rituales excéntricos y, claro, pensamos que sería imposible caer en eso. Pero si no existe un perfil de víctima de sectas es precisamente porque cualquier persona, en determinadas circunstancias, puede tropezarse en sus redes sin siquiera darse cuenta. Y las consecuencias son devastadoras. En el Templo Onise Iyanu todo parecía onírico. El grupo se hacía pasar por una comunidad espiritual vinculada a tradiciones de raíz africana y cubana. El objetivo, decían, era la sanación, la conexión y la búsqueda de la verdad. A priori, nada que temer, salvo por todo lo demás. Para llegar hasta las ceremonias en las que sacrificaban animales y consumían drogas hace falta un lento camino de manipulación que a menudo acaba en bancarrota y trauma. La secta operaba en Canarias. Ha sido desarticulada por la Policía Nacional tras un año de investigación y ahora está en fase judicial. El nivel de coerción era tal, que sus adeptos habían dejado su mundo atrás hasta verse incapaces de tomar sus propias decisiones. Su líder se hacía llamar Babalawo y él elegía con quién podían relacionarse. Rompió parejas, matrimonios, hasta intervino en custodias de menores. Varias de sus víctimas han necesitado tratamiento psiquiátrico para salir del círculo. En la operación policial se ha arrestado al cabecilla y hay al menos cinco detenidos. Están acusados de numerosos delitos que van desde la falsedad documental y asociación ilícita o estafa, hasta lesiones, maltrato animal y delitos contra la salud pública. El control psicológico era absoluto. Y para llegar a ese estado hace falta un camino lento de dominación. Las sectas a menudo son sutiles. Se enmascaran bajo falsa espiritualidad. Esas son las que consiguen la mayor parte de adeptos. Porque las víctimas no saben que lo están siendo, hasta que se ven envueltas en un delirio y ya no saben cómo dejarlo. Fueron algunos familiares, amigos y víctimas quienes dieron la voz de alarma. Además de controlar las relaciones personales, la secta ejercía el control económico que, al final, es su único y verdadero objetivo. Las mismas víctimas pagaban los rituales pensando que aquello los liberaría. Creían que esos pagos eran necesarios para seguir avanzando en la comunidad e incluso que se sanarían sus enfermedades. Esto ocurre porque las sectas no se aproximan de forma abrupta. Lo hacen lentamente, de forma estratégica, hasta calar en nuestro subconsciente. El proceso de captación es gradual, se lleva a cabo un lavado de cerebro progresivo a base de influencia y control. El primer paso consiste en identificar a personas en momentos de vulnerabilidad o fragilidad. Desde rupturas sentimentales, enfermedad, problemas económicos, conflictos familiares, laborales o soledad. El acercamiento, a menudo a modo de love bombing, busca generar un vínculo emocional para crear dependencia afectiva. Atención, cuidado, halago, refugio. Todo es falso, una fachada. La doctrina no es revelada enseguida. Primero se acude a actividades, tomas de contacto, debates. El grupo parece tener todas las respuestas. Poco a poco se introducen creencias más radicales hasta generar una disonancia cognitiva en la víctima: cuanto más dentro está, menos cuestiona las reglas del grupo, por muy excéntricas que comiencen a ser. Además de integrar la ideología, se procede a distanciar a la víctima de su entorno previo. Se desacredita la familia, amigos, el contacto externo se reduce y en ocasiones se ridiculiza, como si fuese impuro, como si “ellos no entendieran”. Pero la secta buscará la permanencia mediante el control y el miedo. Así comienzan las amenazas, la narrativa apocalíptica, la autoridad carismática del líder y la culpa o vergüenza. Detrás de estos pasos, claro, hay algo a cambio. Y es dinero. Se exige poco a poco, justificando cada pago, como si espiritualidad pudiese comprarse. Donaciones, control del patrimonio, estafas o coacciones. El abuso es psicológico, pero a menudo acaba siendo sexual. En el Templo Onise Iyanu las víctimas acabaron envueltas en un halo de manipulación que las despojó de sus raíces, de su identidad y de su dinero. El uso de las drogas es habitual en este tipo de grupos porque se consigue una mayor penetración mental. El resultado es una desconexión traumática de la realidad. El criminólogo Félix Ríos y la abogada Ruth Hernández Sancho trabajan en la acusación popular dando cobertura a las víctimas. En un estado de miedo y dependencia, donde el sentimiento de culpa agota y cuando no se tiene apoyo del exterior, salir se vuelve difícil. Pero es posible. El proceso es reversible. Estamos programados, también, para desaprender y reconectar con la propia identidad. Hay vuelta atrás.