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Educamos o sabemos

2026-03-19 - 05:20

Se desgarran insospechadas capas sociales cuando, mientras discutimos si bajar ratios mejora la educación, en Toledo quedan apenas 15 damasquinadores. Dos mundos que parecen lejanos —aulas y talleres— delatan lo mismo: qué sabemos hacer y qué estamos dejando perder. Para qué educamos y qué sabemos. Qué se nos viene encima y quién sobrevivirá. La educación en España vive en un ay, en una reforma constante. Cambian las leyes, las asignaturas, los discursos. Competencias, motivación, adaptar el aprendizaje. Pero vemos alumnos que se descuelgan, escuchamos un pensamiento cada vez más simple, la dificultad para sostener la atención aumenta. Tanto cambio, tan poca profundidad. Tanta burocracia, tan poco tiempo para todo. Mientras tanto, el damasquinado, ese incrustar hilos de oro sobre acero, por hablar de un oficio, exige justo lo contrario: tiempo, repetición, paciencia, transmisión directa. No se aprende rápido ni sin esfuerzo. ¿Es por eso por lo que se está extinguiendo? Formamos generaciones a las que les cuesta tolerar procesos largos, y luego nos sorprende que no haya relevo en oficios que dependen exactamente de eso. Queremos talento sin disciplina, sus resultados sin la espera, un legado y una cultura que se extinguen sin transmisión. ¿No son rentables? Depende. Cuando nadie puede aprender algo porque nadie ha aprendido a esforzarse, el fallo atraviesa lo educativo. Los nuevos estudios sobre la IA nos hablan de qué oficios serán insustituibles al menos de momento, porque se resistirán a una mera supervisión mecánica. Quizá el error ha sido adaptar la educación al ritmo del presente en lugar de oponerle cierta resistencia para sobrevivir al futuro. La educación implica detenerse, repetir, atravesar el tedio; porque el día que desaparezca el último damasquinador no solo perderemos una técnica, sino las condiciones que la hacían posible. Y eso se previene mucho antes: en cada aula donde dejamos de exigir lo que de verdad importa.

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