TheSpaineTime

Efecto Bouba-Kiki: los pollitos nacen conectando sonidos y formas

2026-03-10 - 16:34

Un pollito recién salido del cascarón, con apenas unas horas de vida, ya es capaz de hacer algo que durante décadas creímos profundamente ligado al lenguaje humano: asociar un sonido suave con una forma redondeada y uno más afilado con una figura puntiaguda. No ha ido al colegio, no ha escuchado cuentos, no ha tenido tiempo de aprender nada y, sin embargo, su cerebro ya conecta. El hallazgo, publicado en la revista Science por un equipo de la Universidad de Padua, Italia, confirma en pollos domésticos (Gallus gallus) el llamado efecto Bouba Kiki. Lo que hasta ahora se había estudiado sobre todo en humanos aparece también en animales que no poseen lenguaje. Qué es el test de Bouba y Kiki El efecto Bouba Kiki nace de un experimento clásico de psicología. Se muestran dos figuras, una redondeada y otra llena de picos. Después se pregunta cuál es ‘bouba’ y cuál es ‘kiki’, dos palabras inventadas. De manera abrumadora, personas de culturas, idiomas y sistemas de escritura muy distintos asignan bouba a la forma curva y kiki a la puntiaguda. Durante años se debatió si esa asociación era aprendida, fruto de crecer hablando una lengua concreta, o si respondía a algo más profundo. Otras investigaciones, realizadas en más de veinte idiomas, ya apuntaban a que no era una rareza cultural. Incluso el destacado neurólogo V. S. Ramachandran popularizó el fenómeno como pista sobre el origen del lenguaje, cuestionando la idea de que las palabras sean siempre arbitrarias. La clave está en la correspondencia intermodal, donde el cerebro vincula información de distintos sentidos. El sonido agudo y cortante de ‘kiki’ parece encajar con esquinas afiladas, mientras que la sonoridad redondeada de ‘bouba’, con curvas suaves. Pollitos de tres días, y de uno El equipo italiano entrenó primero a 42 pollitos de tres días para buscar comida tras una figura ambigua, a medio camino entre redonda y puntiaguda. Después, ya sin recompensa, los expusieron a dos nuevas figuras, una claramente curva y otra llena de picos, mientras un altavoz repetía bouba o kiki. Al oír ‘kiki’, los pollitos se dirigían hacia la figura puntiaguda, y con ‘bouba’, hacia la redondeada. Además, lo hacían sin refuerzo posterior y sin que la asociación se debilitara al no encontrar una recompensa. Para descartar cualquier aprendizaje previo, el experimento se repitió con pollitos de menos de 24 horas de vida, sin entrenamiento ni ningún tipo de premio. El patrón se mantuvo y estos animales vírgenes de experiencia ya mostraban la misma preferencia sonido-forma que la de un adulto humano. Mucho más que un juego de palabras Las aves y los mamíferos comparten un ancestro común de hace más de 300 millones de años. Que ambos grupos muestren este tipo de correspondencias sugiere que el fenómeno no depende de un cerebro ‘preparado para el lenguaje’, sino de un mecanismo más básico y antiguo de organización sensorial. El caso de los pollitos tampoco es un caso aislado. Estudios previos han encontrado correspondencias intermodales en perros, que asocian tonos agudos con movimientos elevados y los sonidos graves con desplazamientos bajos. Otras investigaciones del grupo del zoológo entomólogo Lars Chittka han mostrado capacidades similares en abejorros. Lo que dice sobre ellos y sobre nosotros Durante demasiado tiempo hemos interpretado fenómenos cognitivos complejos como patrimonio casi exclusivo de nuestra especie, pero cada nuevo trabajo en cognición animal nos recuerda que compartimos arquitectura mental con muchos otros habitantes del planeta. Si un pollito de un día ya conecta sonidos y formas sin aprendizaje previo, quizá el mundo está estructurado de tal manera que ciertas combinaciones sensoriales resultan adaptativas desde el inicio. Tal vez no se trate de que el lenguaje humano sea especial, sino de que descansa sobre cimientos biológicos comunes. Pensar que en el diminuto cerebro de un pollito late el mismo tipo de correspondencia que en el nuestro puede enternecernos, pero también obliga a replantearnos cómo entendemos la mente animal y, de paso, a mirarnos con un poco más de humildad. Referencia: Matching sounds to shapes: Evidence of the bouba-kiki effect in naïve baby chicks. María Loconsale, Silvia Benavides-Varela y Lucía Regolin. Science (2026) In search of meaning: The origins of language are not found in the bouba-kiki effect. Marcus Perlman y Bodo Winter. Science (2026)

Share this post: