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Egoitz Bijueska: «En España hacen muchos 'skateparks' y caros, pero ninguno está bien hecho»

2026-03-17 - 03:53

A Egoitz Bijueska le tocaba cerrar el Mundial. Había llegado líder a la ronda de oro, reservada a los cinco mejores. Y desde la rampa de salida había escuchado la atronadora ovación del público del skatepark de Sao Paulo a su 'rider' local, Kalani Konig, tras arrebatarle ese primer puesto. Esa era la peliaguda situación a la que se enfrentaba este chaval de 15 años que empezó a dar que hablar el año pasado, tras convertirse en el patinador más joven en ganar una prueba de la Copa del Mundo. El resto, es historia. «En realidad, me motivó más que toda la grada estuviera en mi contra, apoyando al brasileño todo el rato», cuenta Egoitz a este periódico desde California. El vasco planchó una ronda descomunal en la que no solo recuperó la medalla de oro, sino que lo hizo igualando el mejor registro histórico en un Mundial: 95,83 puntos. -¿Pierde los nervios por algo? -No, que yo sepa. -¿Es trabajo mental o algo innato? -Yo creo que mi madre me ha enseñado desde pequeño a gestionar eso. - ¿De alguna manera en particular? -No lo sé exactamente. Egoitz es uno en el park y otro bien distinto fuera de él. Toda la timidez y prudencia con la que se enfrenta a las preguntas la transforma en energía desbordante con el monopatín bajo sus pies. Aún recuerda su primera vez. Fue en Plentzia, estando de vacaciones. Vio a un chico hacer un truco e insistió a sus padres para que lo apuntaran a una escuela. Tenía siete años. Desde entonces entrena en Berango bajo la supervisión a distancia de Travis Ward, uno de los grandes gurús estadounidenses de la especialidad. «Es el mejor entrenador que podría tener. Él me dice los trucos y maniobras que tengo que hacer. Yo los grabo en vídeo y se los mando. Así me corrige y seguimos avanzando». A pesar de que la exigencia cada vez sea mayor, asegura que el skate nunca ha dejado de divertirle. «Hay veces, cuando llevo mucho entrenando solo, que me he planteado incluso dejar el skate. Momentos de no poder más. Pero al final es un deporte que me encanta, y con el que me sigo divirtiendo». Entre las competiciones y los entrenamientos lo de ir al colegio se ha convertido en un imposible, pero ni mucho menos los estudios se han acabado para Egoitz. «Estudio a distancia y de momento voy bien. Echo de menos ir a clase con mis amigos, pero de esta forma es más fácil para mí». Su madre es quien lo acompaña por el mundo. Tuvo que pedir una excedencia en su trabajo, relacionado con la banca, mientras el padre, bombero, sigue las andanzas de su hijo desde Bilbao. Los viajes se le han empezado a acumular, porque entre otras cosas está obligado a salir al extranjero para entrenar en pistas homologadas. En España no hay ni una. «Dinero para skateparks hay de sobra, porque hacen un montón y mucho más caro que muchos que hay en el resto del mundo, pero es que ninguno está bien hecho». ¿Y qué significa que no estén bien hechos? «Pues los radios, las alturas... O simplemente la forma que tienen. No los diseñan gente con experiencia». Cuenta orgulloso que apenas necesitó veinte intentos para aterrizar su primer 900, el truco que lanzó a la fama a Tony Hawk a finales del siglo XX, aunque aún no se atreve a incorporarlo a sus rondas en los campeonatos por miedo. Egoitz, como el resto de 'riders', convive a diario con las caídas. Son una parte esencial de su trabajo. La que peor se lleva. «Después de una caída fuerte es normal que pasemos un tiempo sin hacer el truco que la ha provocado. El miedo se acaba superando, pero cuesta. Pero si algo me ha enseñado este deporte es que cuando te caes, te levantas». En Sao Paulo tampoco se libró. El día antes de la final, mientras entrenaba en el parque, sufrió un choque con otro competidor que lo mandó al hospital entre mareos y vómitos. Tuvo que someterse a tres TAC para descartar una conmoción cerebral que a la postre le hubiese impedido coronarse. El título mundial no solo engorda su palmarés. También le dará tranquilidad para afrontar el camino hacia los Juegos de Los Ángeles, a los que llegará aún sin alcanzar la mayoría de edad (cumplirá los 18 en noviembre de 2028). «Todavía no estoy clasificado ni nada, pero ese ha sido mi sueño siempre». Desde ya es uno de los favoritos, y también el referente de una generación extraordinaria que empezó a brillar en París, con el diploma olímpico en París de Naia Laso (ahora 17 años; entonces 15, como Egoitz), y el sexto puesto de Julia Benedetti (21 años) en el reciente Mundial.

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