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'El arquitecto', un viaje de película a los 80 para recuperar el espíritu de la Europa que soñaba el futuro

2026-03-12 - 15:13

Antes de que el siglo XXI pareciera traer el fin de la historia, antes de que el populismo, la posverdad y otras enfermedades se volvieran sistémicas, antes de todo este presente hubo un pasado en el que los políticos parecían estadistas y los sueños de una Europa fuerte parecían plausibles. Era un tiempo en el que se miraba al ayer no para reconstruirlo sino para entenderlo. Y uno de esos tiempos fue 1989, cuando Francia quería celebrar el 200 aniversario de su Revolución proyectándose en el mañana. A esa época se va el director Stéphane Demoustier con 'El arquitecto' , una sólida película en la que recrea cómo un desconocido danés ganó el concurso público para levantar el Gran Arco de La Défense, en París, símbolo de lo que debería ser el porvenir. Ese edificio, concebido bajo el mandato de François Mitterrand, representó un hito arquitectónico y, también, un símbolo que todavía brilla desde los Campos Elíseos. Demoustier lo resume así: «Esa obra no fue solo crucial para Mitterrand o para Francia, también para España y para toda Europa. Fue un proyecto totalmente europeo». Lanzado por un presidente francés, el concurso lo ganó un danés y el edificio se construyó con mármol italiano de Carrara. «Lo que quiero decir con esto es que en los años 80 existía el ideal europeo, se creía en el ideal europeo... Hoy en Europa hay una guerra...», deja en el aire Demoustier, quien creció en esa época y sabe que Mitterrand y tantos otros «creían en un edificio llamado Europa». «Ya no hay en Europa esa idea de destino común, de que todos debíamos pertenecer a lo mismo», remata el director y guionista, al que en España conocemos por ' La chica del brazalete ' o ' Borgo '. El filme se centra en Otto von Spreckelsen, un hasta entonces desconocido arquitecto danés que, a los 53 años, ganó el concurso internacional para diseñar el Arco de La Défense, que proyectó como un cubo monumental en el eje histórico de París. Un tipo que hasta entonces solo había firmado su propia casa y tres iglesias y que, sin embargo, se puso al frente de la gran obra que debía inaugurarse para el 200 aniversario de la Revolución Francesa. Un danés que, de pronto, acaba chocando con toda la burocracia francesa y docenas de regulaciones entre absurdas y, en apariencia, innecesarias. Un extranjero que se ve de golpe paseando por los palacios parisinos de los altos dirigentes en mitad de una guerra de poder y egos en la que el suyo también quiere quedar para la posteridad de su cubo acristalado. Pero Demoustier da la vuelta a esa crítica de una forma que hoy parece contracultural: «Creo, sinceramente, que sin esa burocracia no hay democracia», asegura. «Sí, la burocracia es lenta, es pesada... Implica mucho papeleo... Pero mira, por ejemplo el sistema de las ayudas al cine en Francia, que se regula con un aparato administrativo muy complejo pero de lo más eficaz. Al final, la burocracia y los tecnócratas hacen posible la creación», remata. Tampoco santifica a Mitterrand. «Se ve en la película que, a veces, sobrepasa sus funciones. También deja que el aparato administrativo cobre demasiada importancia. Tenía sus fallos, desde luego, pero es el último presidente romántico que hubo en Francia». Es un personaje de «grandes contrastes», remata. Demoustier, que creció en los ochenta, confiesa que le divertía «regresar a esa época». La nostalgia, de nuevo, llevada a la gran pantalla. Y todo a través de algo en apariencia poco cinematográfico como la arquitectura. «Es un campo lo suficientemente amplio como para justificar una película», justifica. Y si el bueno de Otto von Spreckelsen (al que interpreta Claes Bang, ganador del EFA a Mejor Actor por 'The Square') tuvo que enfrentarse a la burocracia, qué no verá un director francés a la hora de buscar financiación pública, por mucho que Demoustier la defienda. «Cuando haces una película llega un momento en el que debe uno enfrentarse a la realidad. Se empieza con una idea, la idea se convierte en guión, pero ese guión, esa idea, debe luego tener todo un recorrido para hacerse realidad. Las dificultades pueden ser humanas, pueden ser técnicas, económicas, financieras, pero son parte del proceso», explica, y pone un ejemplo sobre el rodaje en Carrara: «En un momento dado, ya nos habíamos pasado del presupuesto y no teníamos para ir a rodar en Carrara; pero expliqué que necesitaba esas escenas para cambiar, digamos, de paisaje, de ritmo. Necesitaba ese entorno italiano, así que al final tardamos 31 días en rodar la película, lo que es realmente muy poco tiempo para este tipo de película, pero a cambio conseguimos rodar en unos decorados realmente increíbles. Así que la realidad, en cierto modo, te da una cosas a cambio de otras». Como la arquitectura.

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